Los católicos chinos comienzan el año del tigre con una Misa en Nuestra Señora de la Soledad

Solo hay cuatro palabras en la Misa en chino que un español al uso en el barrio de Usera es capaz de entender: MaríaaleluyaCarlos (por el cardenal Osoro) y amén. Pero la catolicidad de la Iglesia entra por los poros desde Usera, el Chinatown de Madrid. En plenas celebraciones del año nuevo chino –este 2022 el del tigre–, la parroquia Nuestra Señora de la Soledad ha acogido este martes, 1 de febrero, a los fieles chinos que viven en la zona en una Eucaristía de comienzo de año.

A los residentes en Usera o a quienes, como Sergio –Yanlong Lin en su nombre chino–, el responsable de los jóvenes, se han trasladado ya a otras zonas de Madrid, pero siguen teniendo allí su vida. Podría ir a Santa Rita, en Gaztambide, la otra parroquia que cuenta con Misas en chino. Allí reside el vicario parroquial de la Soledad, Pablo Meng, agustino recoleto que lleva cuatro años en España y que en la homilía les ha trasladado los deseos de paz y bendiciones para este año (en la imagen principal, a la conclusión de la Eucaristía a los pies de Nuestra Señora China).

Junto a él, concelebrando, el párroco, Gonzalo González, de Usera de toda la vida aunque entre medias estuvo diez años como misionero en Costa de Marfil. «La realidad –reconoce– es que esto es también zona de misión». Y se refiere no solo a la comunidad china, una sociedad en general con un «vacío religioso» por todo lo que históricamente han vivido, sino por otras realidades iberoamericanas y españolas presentes en el territorio parroquial.

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En el caso de los chinos, la tarea es «hacer parroquia con ellos y que sean parroquiales, que estén integrados». Y para eso, él, además de «quererlos mucho», está, se hace «presente como párroco». El idioma condiciona, así que cuenta con la ayuda de una monja china que lleva las catequesis y de otros responsables que también hablan español. Además de Sergio, Elena, –aunque ella prefiere Yan Li–, Rui, la encargada del coro, o José, que se ocupa de la parte económica. Algunos, además, forman parte del consejo pastoral.

De no ser por la pandemia, después de la Misa hubiera llegado la mesa: una comida de celebración en uno de los muchos restaurantes que hay por la zona. El padre Gonzalo recuerda cuando todos estos locales, siendo niño, eran la lechería, la mercería… Comercios que durante muchos años permanecieron cerrados y que la comunidad china instalada en el barrio han devuelto a la vida: peluquerías, videotecas, inmobiliarias, bares, tiendas de ultramarinos. En ellos trabajan la mayoría de los fieles chinos de la parroquia, y a ellos se deben los siete días de la semana. «Los domingos salen volando después de la Misa», y este martes se ha notado la ausencia de algunos, por ser día de diario.

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Son más de un centenar los chinos que forman la comunidad parroquial. La mayoría, católicos de origen; otros, conversos, –«el año pasado tuvimos cinco o seis bautizos»– o que han completado con las unciones el Bautismo, recibido en su país de manos de alguna religiosa; y en algunos casos, provenientes de la fe evangélica. «Su religiosidad es grande; se les nota que son gente muy fina», asegura el párroco. Alberto López, el diácono permanente, subraya cómo respetan ellos «la presencia de lo sagrado»; también los niños, que lo aprenden desde pequeños.

Farolillos rojos y número doce

Para los chinos comienzan este martes siete días de celebraciones en las que se hacen visitas a las casas de los familiares, se organizan comidas, y los más pequeños piden a sus mayores dinero entregándoles unos sobres rojos, que viene a ser como el aguinaldo navideño. El padre Meng cuenta que antiguamente lo solicitaban de rodillas como muestra de respeto. La tradición se relaja y ahora ya piden directamente que «les rellenen el sobre».

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El rojo es el color que prevalece en estos días: en los farillos, en los dragones, en los adornos de las casas. En las puertas cuelgan la letra china que representa la palabra felicidad del revés, lo que significa, cuenta Yan Li, que «llega la felicidad». La noche previa al año nuevo se cena en familia y los jóvenes tienen fiesta de fin de año. «Nos hemos tenido que levantar pronto para venir a Misa», se queja medio en broma Yan.

En cuanto a que cada año se identifique con un animal de forma rotatoria, explican que esto viene de sus ancestros, cuando era la manera que tenían de identificar cada mes y cada año. Doce animales, doce meses: doce, el número de la perfección. Las celebraciones no podrían ser tal sin las tracas de petardos y cohetes. «Anoche ya se oían, y continuarán esta semana», concluye el párroco.

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(Archidiócesis de Madrid)