Carta pastoral de Mons. Salvador Cristau: El milagro de la vida ordinaria

Hemos terminado ya las celebraciones del tiempo de Navidad, Jesús niño se ha manifestado al mundo en unos magos venidos de Oriente, y también al pueblo de Israel al ser bautizado por Juan en el río Jordán: “El cielo se abrió, y Jesús vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. Y una voz dijo desde el cielo: Éste es mi Hijo, mi amado, en quien me he complacido” (Mt. 3, 16-17) .

Pero al empezar este tiempo litúrgico que llamamos “tiempo ordinario”,  se nos presenta una nueva Epifanía, manifestación, de la divinidad de Jesucristo. Un Jesús ya adulto ha sido invitado a una boda en el pueblo de Caná de Galilea, relativamente cerca de Nazaret. Y fueron también invitados sus discípulos y María su madre.

Y se produce el milagro: faltaba el vino, tenían agua pero carecían de vino. Y el agua se convirtió en vino. Un milagro discreto, que posiblemente sólo captaron aquellos que intervinieron, pero un milagro que manifiesta su poder, su divinidad. Y también la fe de su madre, María. Su fe y su actitud maternal, atenta siempre a las necesidades de los demás y que cuando sabe que ella no puede solucionarlo, sabe sin embargo acudir a quien sí lo puede solucionar. Sólo le dice a su Hijo: «No tienen vino»… Y después dijo a los servidores: «Haced todo lo que él os diga» (Jn 2, 5).

Así, al principio de un nuevo año y también de este “tiempo ordinario”, esta manifestación de Jesús en Canà nos enseña que es en la vida ordinaria, la vida de cada día, donde debemos seguir al Señor, donde debemos encontrarlo. Con todas nuestras limitaciones, pero con la fe de María, con su disponibilidad de servicio a los demás, con su capacidad de atención a las necesidades de todos los que nos rodean.

El texto de San Juan acaba diciendo “Así empezó Jesús sus signos prodigiosos en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él” (Jn 2, 11).

Sólo así sabremos descubrir la presencia del Señor en nuestra vida. Sólo así podremos descubrir sus milagros casi siempre discretos pero reales. Solo nos falta tener más fe.

 

+ Salvador Cristau Coll

Administrador diocesano de Terrassa