Carta pastoral de Mons. José María Yanguas: “El nombre de las cosas”

Queridos diocesanos:

Cada cosa y, desde luego, cada persona tiene su nombre propio. No existe cosa alguna que carezca de nombre por el que es reconocida; tampoco hay persona que no posea su nombre propio; una persona sin nombre que la defina en su singularidad es como una persona sin rostro. Todos respondemos con un gesto, con una palabra, con un movimiento cuando somos llamados por el propio nombre. El nombre nos identifica. Nos presentamos a los demás pronunciando nuestro nombre. Este es mucho más que un simple sonido. Lo mismo ocurre con los objetos, con las cosas: se las identifica por el nombre. No es que sean su nombre, pero el nombre nos dice lo que son. Un objeto sin nombre es algo todavía no bien conocido.

Quizás esta breve reflexión nos haga comprender mejor el episodio que se narra en el libro del Génesis. Allí se nos dice: “Entonces el Señor Dios modeló de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo, y se los presentó a Adán para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que Adán le pusiera” (2, 19). Adán, en efecto, puso nombre a todos los seres: ganados, pájaros y bestias del campo. También a la criatura que sacó el Señor de su costilla, según la narración del libro sagrado, la llamó Adán con su nombre: “Su nombre será mujer” (2, 23). Todo lo creado es lo que Dios ha decidido que sea; esa es su verdad. Y Dios ha querido que Adán las llamara con el nombre que corresponde a su realidad, a su verdad.

La importancia del nombre es evidente en la Escritura. Cuando un ángel se aparece a José en sueños para anunciarle que María espera un niño, le indica el nombre que, como padre según la ley, le debe poner: “Le pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1, 21). Y cuando Andrés lleva a su hermano Simón a Jesús, este, dice el Evangelio, “se le quedó mirando y le dijo, tú eres Simón el hijo de Juan; tú te llamará Cefas (que se traduce: Pedro)” (Jn 1, 42). En estos casos, como en los de Abrahán o Jacob y tantos otros en el Antiguo Testamento, el nombre distingue, identifica, precisa la persona de quien se trata y la misión que se le confía. De alguna manera el nombre es la persona misma.

Lo que llevamos dicho nos hace comprender la relevancia que tiene el nombre de las personas y de las cosas, la importancia que reviste llamarlas por su verdadero nombre y, en cambio, la confusión a que se da lugar cuando las palabras ya no responden a la realidad. Así lo pone de manifiesto la misma Sagrada Escritura cuando comienza la narración del episodio de la torre de Babel con estas palabras: “Toda la tierra hablaba una misma lengua con las mismas palabras” (Gen 11, 1). La confusión de la lengua, su corrupción, está en el origen de la dispersión y la división de los hombres: “Allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra, y desde allí los dispersó el Señor por la superficie de la tierra” (ibídem 11, 9).

No es indiferente, pues, llamar a las cosas de una manera u otra. Con frecuencia, al hacerlo, se está modificando la realidad misma. Cuando en estos días se habla de celebrar las fiestas en vez de celebrar la Navidad, en realidad se está vaciando de su realidad la celebración. Cuando se habla de muerte digna, en lugar de eutanasia, lo que se pretende es blanquear le malicia de esta. Tres cuartos de lo mismo sucede cuando se dice interrupción del embarazo en sustitución de aborto, o cuando se habla de bautismo o de primera comunión laicos. Los ejemplos podrían multiplicarse. No se puede pasar por alto la importancia que tiene el nacimiento de un lenguaje nuevo en el intento de dar lugar a  un mundo u orden nuevo muy distinto, y aun contrario, al creado por Dios.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).