Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Expectación – IV

Sabemos que el espíritu del Adviento nos estimula a vivir expectantes, sea por la vía de la denuncia profética de Juan el Bautista, sea por el encanto de María que pone ante nuestra mirada el futuro de la verdadera felicidad.

En su conjunto, la esperanza de Adviento nos hace soñar con los “atrios de la casa del Señor”, como canta el salmo 83(84).

“¡Qué hermoso es tu santuario,

Señor todopoderoso!

¡Con qué ansia y fervor

deseo estar en los atrios de tu templo!

¡Con todo el corazón

canto alegre al Dios de la vida!

Aun el gorrión y la golondrina

hallan lugar cerca de tus altares…”

Deberíamos volver una y otra vez a rezar (cantar) este bellísimo salmo y muy especialmente en tiempo de Adviento, cuando centra nuestra atención la virtud de la esperanza.

El anhelo es de disfrutar de la belleza del templo de Dios. No por el atractivo de la construcción, sino porque en él habita Dios. Es Él quien da la belleza al lugar donde se hace presente: la humanidad de Jesucristo, María, la Iglesia, la Escritura, los sacramentos, los hermanos, etc. Es Él quien hace bella y amable la vida. Él es el objeto de nuestra esperanza.

Pero, como afectado por una cierta timidez ante el lugar sagrado, el orante del salmo expresa su deseo de estar al menos en los atrios del templo (hasta con una cierta envidia de los gorriones y las golondrinas). En realidad, nuestro anhelo es vivir en la casa donde habita el Señor, estar con Él. Pero sabemos que aquí, en nuestra historia, no podemos aspirar, sino a estar en sus atrios. La Iglesia de aquí, que la tradición denominaba “militante”, es justamente un atrio del templo donde Dios habita, la Iglesia del cielo.

La esperanza de Adviento revive aquella expectación que sentían los israelitas piadosos en tiempo de Jesús (como el anciano Simeón y la profetisa Ana): ver, escuchar, palpar al Mesías. Una vez que Jesús se presenta, de manera tan sorprendentemente humana, cualquiera podía reconocer que todavía estamos en los atrios del templo. Nuestra esperanza no se acaba aquí. El propio Jesús nos dirá en el Evangelio de San Juan que sostengamos la esperanza porque nos preparará sitio, en las estancias de la gloria donde Él habita en la casa del Padre.

Pero con el salmista nos sentimos legitimados para desear los atrios, la cercanía, la presencia real de Dios, aunque solo sea a través de realidades humanas.

Navidad es el inicio de la presencia real de Dios en realidades humanas. Lo cual es ya mucho más de lo que podía soñar Israel, que siguió escandalizándose de que el Dios altísimo se presentara tan humano. El Templo de Jerusalén no era más que un signo, un lugar que el pueblo de Israel dedicaba al encuentro orante con el Dios Todopoderoso, que no cabe en el cielo ni en la tierra.

Nosotros en cambio reconocemos que ese mismo Dios, por amor, “se ha encerrado” en la humanidad de Jesús, para ofrecerse al mundo. Y llegar hasta ahí ya es una gracia inmensa. La alegría esperada de la Navidad es justamente disfrutar de ese don.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.