Carta pastoral del Cardenal Antonio Cañizares: Escuela y enseñanza religiosa (I)

Una vez más me voy a referir a la gran cuestión de la enseñanza, sobre todo teniendo presente la Ley Celáa a la que no me atrevo a llamar de “educación”, porque, entre otras cosas, ni siquiera menciona los términos “padre, “o madre o padres”, sin los que no cabe la educación, y los sustituye por los términos de “progenitor o progenitores”. Con lo que bien podríamos denominar no “ley de educación”, sino “ley de adoctrinamiento”. Me voy a basar en mi reflexión en la Encíclica “Fides et Ratio” (FR) de Juan Pablo II y su incidencia en la educación. La hago en unos momentos interpelados fuertemente por una emergencia educativa y por el anuncio o promulgación de leyes que nos hace plantearnos, una vez más, la cuestión de la enseñanza escolar, del papel de la enseñanza, de la libertad de enseñanza, de la enseñanza de la religión en el ámbito escolar: cuestiones que han salido nuevamente a la palestra. Tendré muy presente, de manera prevalente, la enseñanza religiosa escolar, porque desde ahí podremos abordar otras cuestiones relacionadas con la enseñanza sobre las que arroja luz (FR5).

En cumplimiento de su razón de ser y de la naturaleza escolar de la enseñanza religiosa, la Enseñanza religiosa escolar, la escuela misma en su tarea de educación tendrá muy en cuenta que, para cumplir con su misión, ha de ayudar a niños, adolescentes y jóvenes a que se encuentren a sí mismos y puedan lograr la “identidad” de su personalidad mediante una adecuada orientación a un significado último y total de sus vidas: ha de ayudar a formar y liberar la personalidad de niños, adolescentes y jóvenes en una dirección; es decir, ha de ayudar a los educandos a que hallen un sentido último a sus vidas y la orienten conforme a él en libertad. Para ello, a través de las posibilidades propiamente escolares, que son todas, la Enseñanza religiosa en la escuela habrá de transmitir el “saber o verdad” de la comunidad religiosa a la que pertenecen los alumnos, en toda su originalidad y peculiaridad, en su propia manera de pensar, de querer y actuar, visión de la vida humana y del mundo, en toda su fuerza de provocación, en todo lo que tiene de interpelante y de donación de sentido, y con todo el máximo respeto a la libertad de los alumnos.

Es éste un aspecto fundamentalísimo y una aportación clave, me atrevo a decir que imprescindible, de la enseñanza religiosa católica a la escuela: el dar respuesta a “las preguntas de fondo que caracterizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy?,¿de dónde vengo y a dónde voy?,¿por qué existe el mal?, ¿qué hay después de esta vida?… Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre: de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existencia” (FR 1). El hombre tiene necesidad de una base sobre la que construir la existencia personal y social: Aquí está el quicio de la educación; y aquí está el núcleo de la enseñanza religiosa ahora y en el futuro. Esta exigencia profunda e insoslayable del corazón humano a la que ha de dar cumplida respuesta la educación, en general, y la enseñanza religiosa, de manera muy particular y específica, se siente todavía más, o de una manera más notable, cuando, como sucede hoy, el hombre de nuestro tiempo se ve obligado a “constatar el carácter parcial de propuestas que elevan lo efímero a rango de valor, creando ilusiones sobre la posibilidad de alcanzar el verdadero sentido de la existencia” (FR 5), lo cual conduce, como se puede comprobar en la sociedad actual, a que muchos lleven “una vida casi hasta el límite de la ruina, sin saber lo que les espera” (FR 6): reflejo, precisamente, de la ausencia de una auténtica educación o de carencias fundamentales en ella.

No es descubrir nada nuevo, ni condenar nada ni a nadie, sino constatar simplemente los hechos, el afirmar que la escuela y el sistema educativo vigente, fiel reflejo de una cultura dominante en nuestros días, presenta una visión unilateral del hombre y “parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo trasciende” (FR 5). Las consecuencias prácticas de esto quedan en evidencia: acaba comprometiendo el futuro del hombre; “su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica” (FR 5); se va extendiendo, o incluso imponiendo, una mentalidad positivista que no sólo se aleja de cualquier referencia a la visión cristiana del mundo, sino que, y principalmente, olvida toda relación con la visión metafísica y moral (Cf. FR 46). Sin la referencia ética, y con la conciencia de las “potencialidades inherentes al progreso técnico”, parece que haya que ceder a la “tentación de un poder demiúrgico sobre la naturaleza y sobre el ser humano mismo” (Cfr. FR 46), y aceptar sin más una mentalidad cientifista que lleva a que “muchos acepten la idea según la cual lo que es técnicamente realizable llega a ser por ello moralmente admisible” (FR 88). Así se conduce hacia un pragmatismo.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014