Carta pastoral de Mons. Salvador Cristau: La verdadera alegría

En este tercer domingo de Adviento la Iglesia nos invita a dejarnos llenar de la alegría de Dios. Hoy es el domingo que conocemos como el domingo de la alegría.

Pero, ¿es que en Dios hay alegría? Pues sí, Dios es alegría y gozo. De hecho, éstos son frutos del Espíritu Santo: «los frutos del Espíritu son: amor, gozo, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, dulzura y dominio de uno mismo» (Gal. 5, 22).

En la primera lectura de este domingo escuchamos la voz de Dios que habla por medio del profeta Sofonías: «¡Grita de gozo, ciudad de Sión!» “¡Clama bien fuerte, pueblo de Israel! ¡Alégrate y celébralo de todo corazón, Jerusalén! El Señor ha revocado tu condena, ha alejado a tus enemigos. El Señor, rey de Israel, está dentro de ti: nunca tendrás que temer ningún mal” (Sof. 3, 14-15). Sí, éste es el motivo de nuestra alegría, de la verdadera alegría.

¿Pensamos que los cristianos de hoy en día damos testimonio de alegría? ¿Los que no creen en Dios, los alejados de la fe, los seres humanos de hoy en general, creyentes o no, pueden vernos como personas alegres? ¿Podemos imaginar a María, que se preparaba para ser la madre de Jesús triste y de mal humor? ¿Por qué los cristianos no somos más alegres? Puede ser porque no acabamos de creer en serio, quizá.

Nos lo recuerda también San Pablo: “¡Vivid siempre contentos en el Señor! Lo repito: ¡vivid contentos! Que todo el mundo os conozca como gente de buen trato. El Señor está cerca. No os inquietéis por nada. En toda ocasión acudid a la oración y la súplica y presentad a Dios vuestras peticiones acompañadas de acción de gracias” (Fil. 4, 4-6).

He conocido cristianos que han dado este testimonio de fe y de alegría y que cuando, pasando problemas y dificultades, sus amigos y compañeros de trabajo les decían: ¿cómo es que con tantos problemas como tienes estás contento?, ellos han dado como respuesta que su alegría la tenían porque vivían con Jesús, porque el Señor es misericordioso, nos ama y ha venido a salvarnos.

Los hombres de hoy no verán en persona a Cristo estas Navidades. Pero sí que verán a la Iglesia, nos verán a nosotros. ¿Habrá más luz, más amor, más alegría, más esperanza reflejada en nuestra vida para que puedan creer en Él?

Él viene como el médico que cura nuestras más profundas enfermedades. Viene con la medicina, el remedio para nuestra tristeza. Él es el fundamento de nuestra alegría porque sabemos que nos ama.

+ Salvador Cristau Coll

Administrador diocesano de Terrassa