Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Expectación – III

Cuando nos fijamos en la expectación profunda que hay en el Adviento, damos por supuesto, que éste es una llamada a moverse, a cambiar mirando hacia el futuro esperado.

Hablábamos de que el primer paso de este movimiento es darse cuenta del mal real y, por tanto, de la necesidad de salvación. Para ello hay que escuchar la voz profética. Esa voz es la del profeta que resuena en Adviento, Juan Bautista. Su mensaje es como un bisturí en manos del cirujano, a veces tan necesario como temido. Pone al descubierto el mal, denuncia, corta, “como un hacha dispuesta a cortar lo que está enfermo o muerto”. Hay que escucharle y obedecerle con buen temple.

Dios, en su sabia pedagogía, previó otra voz, que también resuena en Adviento: la voz cantarina de María. Para nosotros es aún más potente que la del Bautista. Porque el movimiento, el cambio, que espera Dios de nosotros no solo se logra mediante la denuncia, sino también, sobre todo, mediante la seducción del bien y la alegría de la alabanza.

María también es auténtica profeta. Porque en realidad, la profecía no es solo denuncia, sino también anuncio gozoso. Así, la visión del bien prometido, además de la alegría que nos produce, nos lleva a movernos y caminar.

María, como buena judía, descubrió el bien seductor de Dios en el pasado del pueblo de Israel, en su propia vida pasada y su presente (en su embarazo). Al asumirlo por la fe, previó el futuro llena de Juan Bautista. En este sentido resulta muy interesante meditar el uso de los tiempos verbales en el Magníficat de María:

– Hoy proclama mi alma la grandeza de Dios… se alegra mi espíritu. Hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios, enaltece a los humildes

– En mi vida me ha colmado de bienes… Ha mirado la humildad de su sierva… Se acordó de su Alianza a favor de Abraham…

– Me felicitarán todas las generaciones…

Una buena meditación del Magníficat puede ser una excelente base para orar y vivir el Adviento. Sobre todo para experimentar la alegría de la esperanza cristiana. “Porque me has amado y me amas, espero confiada que mañana me seguirás amando”.

Es más, “espero que me seguirás amando, como me has amado, con el mismo amor, con tus formas y a tu estilo”. Y esta es el alma de la esperanza de Adviento. Porque no basta con decir que en el Adviento recuperamos la esperanza. Hay muchas clases de esperanza… Están las que aseguran un futuro lleno de éxitos, fruto de nuestras buenas capacidades y buenas gestiones… La esperanza que es propia del Adviento, la esperanza que canta María en el Magníficat, no es sino la confianza en la continuidad del amor fiel de Dios. El futuro que le esperaba a María no podría calificarse de “exitoso”, según lo que entendemos por tal (como por ejemplo el que desea generalmente una madre para su hijo).

Si entráramos en el corazón de María, descubriríamos que ella representa la auténtica expectación. Seguramente, ella no podría prever en detalle cuál sería su futuro. El de su Hijo permanecía bajo la sospecha de conflictos y sufrimientos. Así mismo el suyo propio, según la profecía del anciano Simeón. En esto consiste la verdadera expectación: esperar abandonándose a las manos de Dios, pase lo que pase, con la firme convicción de que la historia está en sus manos.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.