Carta pastoral del Cardenal Ricardo Blázquez: ¡Ven, Señor Jesús!

La palabra “adviento” es síncopa, es decir, acortamiento, de “advenimiento”, como “navidad” lo es de “natividad”, porque se han suprimido unas letras en el interior de los vocablos. Adviento significa venida o llegada; es un tiempo litúrgico de preparación a la celebración del nacimiento de Jesús en Belén. El Salvador llega, se hace presente el Esperado. El Adviento es recuerdo de la primera venida del Salvador del mundo Nuestro Señor Jesucristo y espera de su segunda venida al final de los tiempos.

La celebración litúrgica del tiempo de Adviento acontece según el calendario litúrgico este año desde el día 27 de noviembre hasta el día 24 de diciembre. Adviento es también actual y lo celebramos entre la memoria y la esperanza. Acontece hoy en la vida de la Iglesia y de cada uno de nosotros. Las cuatro semanas litúrgicas del Adviento se actualizan en nuestra existencia. Estamos llamados a preguntarnos desde nuestra situación concreta: ¿Quién viene? ¿Quién lo envía? ¿Para qué viene? ¿Cómo lo esperamos y le abrimos las puertas de nuestra vida? Es un tiempo litúrgico que conecta con aspiraciones personales y con indigencias de la hora presente de nuestra historia. ¿No deseamos salir del marasmo, de la confusión y de las inquietudes que nos envuelven? ¿No necesitamos ver luz en nuestras tinieblas? ¿No queremos vislumbrar un horizonte abierto en medio de nuestras incertidumbres?

En el primer Adviento de la presencia del Salvador hubo dos figuras excepcionales, que con su ejemplo nos guían para prepararnos en el Adviento de este año; son María la Madre virginal de Jesús y Juan el Precursor o el Bautista. Sus actitudes y palabras tanto en los textos bíblicos como su proclamación en la Liturgia nos van acompañando. De la mano de María hallamos a Dios; la voz potente de Juan nos despierta del sopor para salir al encuentro del Mesías que llega.

1) En el tiempo del Adviento celebramos la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, el 8 de diciembre, y además la memoria litúrgica de nuestra Señora de la Esperanza, propia del Rito Hispano-Mozárabe, tiene lugar el día 18; estas celebraciones marianas son hitos que nos animan en el camino del Adviento. En la hora culminante de la historia María respondió al anuncio del ángel: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc. 1, 38). María dijo sí a Dios a través de su mensajero. Se puso incondicionalmente a disposición del Señor y de sus designios. Unió su vida a la del Hijo del Altísimo a quien concibió virginalmente, esperó con inefable amor de Madre, lo dio a luz en Belén y acompañó siempre. En el nacimiento vio luz de este mundo el Niño gestado en María y la humanidad fue iluminada por el Sol nacido de lo alto. María fue la Madre de Jesús recibiéndolo en su vientre y en su corazón (cf. Lc. 1, 45; 8, 19-21; 11, 27-28). El desconcierto que pudo experimentar ante las palabras y gestos de Jesús fue meditado con fe reflexiva e iluminado por Dios (cf. Lc. 2, 19.51). ¡Que el espíritu de María, su ánimo y paciencia en la esperanza, residan en nosotros como actitud y comportamiento en el Adviento de este año 2021!

Hay unas oraciones de la Liturgia que son tan bellas como alentadoras para nosotros siempre y particularmente en el tiempo de Adviento. “Madre del Redentor, virgen fecunda, puerta de cielo siempre abierta, estrella del mar, ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse”. “Salve, Reina de los cielos y Señora de los ángeles; salve, raíz; salve, puerta, que dio paso a nuestra luz”. “Muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”. María que esperó “cuando todos vacilaban el triunfo de Jesús sobre la muerte”, sostendrá nuestra débil esperanza. María concibió y dio a luz a Jesús, que es “Dios-con-nosotros” (Mt. 1, 23).
2) El segundo personaje, que a través de las lecturas litúrgicas del Adviento nos ayuda e impulsa con su palabra y su vida entera, es Juan el Precursor de Jesús. Juan aparece en los evangelios sobre todo en los primeros capítulos, precediendo a Jesús en su nacimiento y en su predicación, presentándolo como el Salvador esperado y echándose al lado para que ocupe el lugar que le corresponde. Juan supo ponerse en su sitio: Él era el Precursor, no el Precedido; era la voz que clama en el desierto llamando a preparar los caminos del Mesías, la Palabra venida del seno del Padre. No se apropió ni de ser el Precursor ni el Prometido por Dios. Incluso cuando estuvo en la cumbre del favor del pueblo reconoció admirablemente que él no era el Mesías y que era solo voz invitando a la conversión; que Jesús debía crecer y él menguar (cf. Lc. 3,4, 4-6; 4, 15-16; Jn. 1, 6-9; 1, 19-28; 3, 30). Según el anuncio de su padre Zacarías, el recién nacido Juan “irá delante del Señor a preparar sus caminos anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Cf. Lc. 1, 76-79). Juan el Bautista, así llamado porque bautizaba como signo de conversión de los oyentes ante el Mesías que estaba a punto de manifestarse, vivió como Precursor que dio paso al Importante (cf. Act. 13, 23-25), no huyó de la misión confiada por Dios ni usurpó la misión de Jesús; no se inhibió ni se colocó en el lugar, que debe ocupar el Mesías. Si se me permite la alusión al itinerario sinodal, podemos hacer la siguiente aplicación: Participar sinodalmente en la Iglesia significa tanto asumir la responsabilidad que cada uno tenemos en la Iglesia, como no desentendernos de ella. La armonía sinodal significa que todos participamos y cada uno según su vocación y misión; ni desertar ni trepar; ni aspiración al poder ni confusión en el caos.

Adviento es un tiempo lleno de atracción litúrgica y existencial, de preparación y de aliento para nuestra esperanza; nos conducirá hasta Navidad en que será anunciada la paz por los ángeles junto a la cuna de Jesús. Vivamos intensamente este tiempo litúrgico, en que todo empuja a mirar adelante. ¡Que María y Juan nos enseñen a ser testigos de esperanza!

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)