Mons. Sebastián Chico toma posesión de la diócesis de Jaén

Este sábado 27 de noviembre toma posesión de la diócesis de Jaén Mons. Sebastián Chico Martínez, que ha comenzado su episcopado con una Eucaristía solemne en la Santa Iglesia Catedral de la Asunción de la Virgen, a las once de la mañana.

En el inicio de su Ministerio Episcopal en la Diócesis de Jaén, Monseñor Chico Martínez ha estado arropado por más de 1500 fieles, de la provincia y también llegados desde Murcia, que ya han confirmado su presencia, así como el presbiterio diocesano y casi una treintena de Obispos, Arzobispos y Cardenales llegados desde distintos lugares de la geografía española.

El Nuncio de Su Santidad en España, Monseñor Bernardito Cleopas Auza, también acompañaba en esta acogida e inicio episcopal en la Diócesis de Jaén a Monseñor Chico.

Como estaba previsto, desde el Obispado hasta la Puerta del Perdón de la Catedral de Vandelvira han lleguedo en procesión los purpurados. En la Puerta del Perdón, Mons. Auza presentaba a Don Sebastián al Consejo de Consultores y al Cabildo Catedralicio. Allí, el Presidente Deán del Cabildo, D. Francisco Juan Martínez Rojas, daba a besar al Obispo electo el “Lignum Crucis”, y le ofrecía agua bendita con la que Mons. Chico Martínez se hará la señal de la Cruz y asperjará a los presentes.

Tras esta breve recepción, entraban en procesión hasta el presbiterio, donde ya se encuentran el resto de los sacerdotes concelebrantes.

 

Rito de la toma de Posesión de la Cátedra

Ya en el altar, el hasta ahora Obispo de la Diócesis, Mons. Amadeo Rodríguez Magro, ha pronunciado una breve alocución. Le sucedía el Nuncio Apostólico en el uso de la palabra. Tras la alocución de Monseñor Auza, éste solicitaba al Secretario -Canciller del Obispado que presente y lea la Bula del Nombramiento de Mons. Sebastián Chico Martínez como Obispo de la Diócesis de Jaén, firmada por el Santo Padre Francisco. Una vez leída, el Nuncio Apostólico de Su Santidad invitaba al Obispo electo a sentarse en la cátedra. Al pie de la misma, se dan ambos la paz y el nuevo Obispo se sienta en ella con mitra. El Nuncio le entrega entonces el báculo, simbolizando así la sucesión apostólica y la continuidad pastoral. De este modo el nuevo Obispo toma posesión de la Diócesis. Las campanas de la Catedral  repicarán anunciando, entonces, que Jaén tiene un nuevo Pastor en su Iglesia diocesana.

A continuación, se celebra una misa solemne, presidida ya por el nuevo Obispo.

Al final de la misma, los Obispos y Arzobispos serán llevados hasta la Sala Capitular donde firmarán, como testigos,  el acta de la toma de posesión de Monseñor Chico Martínez como Obispo de Jaén.

El acto está siendo retransmitido en directo por TRECE y Radio María.

 

 

 

Saludo del Nuncio Mons. Auza

Saludo del Nuncio Apostólico Mons. Bernardito Auza en en la toma de posesión de Mons. Sebastián Chico Martínez, obispo de Jaén.

Eminentísimos señores Cardenales,

Excelentísimos señores Arzobispos y Obispos,

Queridos Sacerdotes concelebrantes,

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades,

Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

En estos solemnes momentos, deseo manifestar, a la querida Diócesis de Jaén, el afecto del Santo Padre el Papa Francisco, a quien tengo el honor de representar en España. Jaén, que ve en la lontananza el origen de su vida cristiana venerando en San Eufrasio al primer Obispo, Varón Apostólico del siglo I, y que, más cercano en el tiempo, recibió el cuidado del patrono del Clero secular español, San Juan de Ávila, con su vida eximia y alta doctrina para toda la Iglesia universal.

De parte del Santo Padre, me es grato expresar sentimientos de reconocimiento al Excelentísimo Monseñor Amadeo Rodríguez Magro, por los cuidados y desvelos, ofrecidos en el ejercicio de su tarea pastoral. Asimismo, un afectuoso saludo a Mons. Ramón del Hoyo López, obispo emérito de esta Sede, que nos acompaña.

Un saludo muy particular al Excelentísimo Mons. Sebastián Chico Martínez, a quien el Papa Francisco ha nombrado Obispo de Jaén. A través de los pastores se vislumbra la imagen de Cristo, verdadero y único Pastor.

Querido D. Sebastián, me congratula vivamente que, al hacerse público su nombramiento, pidiera a sus diocesanos: “Os ruego que recéis por mí para que cada día refleje con más claridad en mi vida el “Santo Rostro” de Cristo… para que sea el buen pastor que necesitáis”. Este Santo Rostro de Nuestro Señor Jesucristo, cuyos rasgos venera Jaén, se reproducen en el interior del corazón del Obispo con la fisonomía de las Bienaventuranzas.

El Papa Francisco, el pasado lunes, día 22, entregaba a la Asamblea General Extraordinaria de los Obispos italianos, inaugurada en Roma, una tarjeta con el Buen Pastor y el comentario que aplica a la vida del Obispo el espíritu de las bienaventuranzas. La dicha del Obispo está:

(1) en hacer “compartir su estilo de vida, con su testimonio”;

(2) En llorar “los dolores de la gente y la fatiga de los sacerdotes”;

(3) en hacer de la “mansedumbre su fuerza…llevando a todos en el propio corazón”;

(4) Es feliz el obispo que, desde la oración diaria, sabe ver la luz para “luchar junto al hombre por el sueño de la justicia de Dios”

(5) el que, misericordioso, tiene ante sí la experiencia de su propia debilidad y del “perdón” recibido en la “mirada de Cristo crucificado y resucitado” para “no escandalizarse por el pecado y la fragilidad de los demás”;

(6) Es dichoso el Obispo que no se deja vencer por la ambigüedad y sabe “alegrarse con el rostro de Dios, encontrando su reflejo en cada charco”.

Señala el Papa, que es (7) “Bienaventurado el Obispo que obra la paz, que acompaña los caminos de la reconciliación, que siembra la semilla de la comunión en el corazón del presbiterio, que acompaña a una sociedad dividida en el camino de la reconciliación, que lleva de la mano a todo hombre y mujer de buena voluntad para construir la fraternidad: Dios lo reconocerá como su hijo”;

(8) Que es “Dichoso el Obispo que por el Evangelio no teme ir contracorriente, volviendo su rostro “duro” como el de Cristo (Cf. Is 50, 7) dirigiéndose a Jerusalén, sin dejarse frenar por las incomprensiones y los obstáculos porque sabe que el Reino de Dios avanza en la contradicción del mundo”.

Con este espíritu de las bienaventuranzas, que se discierne bien mirando el Santo Rostro, podrá hacer realidad, en esta querida Diócesis de Jaén, su manifestada voluntad de “ser – aquí – un pastor según el corazón de Cristo, un hombre de esperanza”.

Cuente para ello con nuestras humildes oraciones; por esta nueva etapa de su vida en la que el Señor le confía, particularmente, el cuidado de los fieles de la diócesis de Jaén cuando la Iglesia Universal, respondiendo a la llamada del Sucesor de Pedro, vive en sinodalidad la comunión, la participación y la misión.

En las manos de la Santísima Virgen María, bajo su querida advocación de la Cabeza, ponemos esta intención, para que, con la ayuda eficaz de la misma Madre de Dios y del valimiento de los santos Eufrasio, Juan de Ávila y de tantos otros mártires beatos y santos que han dado testimonio de Cristo en esta Iglesia particular y que tanto la ilustran, pueda recorrer el itinerario de su tarea pastoral dando abundantes frutos para el bien de las almas y la gloria de Dios.

Que el Señor les bendiga.

+ Bernardito Cleopas Auza
Nuncio de Su Santidad en España

 

 

Saludo del Obispo Administrador Apostólico, Mons. Rodríguez Magro

Palabras de bienvenida y saludo de Don Amadeo al Obispo Sebastián

Con mis últimas palabras como Pastor de la muy amada Diócesis del Santo Reino de Jaén, me dirijo a nuestro Obispo electo Don Sebastián, que en esta celebración Eucarística tomará posesión de esta Sede Episcopal como el 76 sucesor de San Eufrasio. Con él está el Nuncio de Su Santidad, portador de la Bula Pontificia, que ratifica su elección y nombramiento; le acompañan un nutrido grupo de arzobispos y obispos, encabezados por el Señor Arzobispo de Granada, nuestro metropolita, y por el Señor Obispo de Cartagena, Don José Manuel Lorca Planes, del que Don Sebastián ha sido Obispo Auxiliar. Le hablo en nombre de este pueblo de Dios, hoy presente masivamente, en una muy amplia representación, en la Santa Iglesia Catedral de la Asunción de la Virgen, relicario del Santo Rostro de Jesús.

Somos la Iglesia que camina en las ciudades y pueblos de esta histórica Diócesis, situada en un mar de olivos y entre bellos paisajes, y que hoy recibe, con gratitud al Santo Padre, a su nuevo Pastor. Somos un pueblo cristiano en marcha, siempre ilusionado y siempre disponible; así me lo encontré, guiado entonces por mi predecesor, Mons. Ramón del Hoyo, y así se lo encontrará usted, si he sabido administrar, colaborando con el Espíritu Santo, este precioso capital humano y espiritual que me fue encomendado. Durante estos poco más de cinco años hemos sido una Iglesia sinodal y ahora se la encontrará activamente participando en el Sínodo al que nos ha convocado el Papa Francisco, en el que se nos invita a afianzarnos en nuestra identidad de Iglesia caminante y en salida. Le puedo asegurar que la participación activa, creativa e ilusionada en el sínodo universal está plenamente encauzada.

El laicado, los consagrados y consagradas, los diáconos y el presbiterio diocesano constituyen una Iglesia viva que ha ido renovándose tanto en su pastoral ordinaria, como en otras muchas iniciativas y acciones, todas orientadas en comunión y evangelización. Hemos caminado con una Plan Diocesano de Pastoral que, en sintonía con Evangellii Gaudium, nos ha alentado en un sueño misionero, el de llegar a todos con una pastoral claramente de anuncio activo del Evangelio de Jesucristo.

  • Sin perder el rumbo de hacer bien y situar adecuadamente el camino ordinario de la fe y de la vida cristiana de nuestras comunidades, hemos entrado a fondo en la vida en comunión de nuestra Diócesis, consolidando el espíritu sinodal en las instituciones, tanto diocesanas como arciprestales y parroquiales, para que todo nos llevara a caminar con una participación responsable en la vida de nuestra Iglesia, que ha querido ser casa común en esta sociedad jiennense.
  • Hicimos el firme propósito de ponernos en estado permanente de misión, y le puedo asegurar que, poco a poco, se ha ido modificando la concepción de la fe y la vida cristiana de muchos, sobre todo al descubrir que cada bautizado es una misión en el mundo.
  • Nuestro Plan de Pastoral nos ha llevado a una profunda reflexión sobre la vida sacramental y eucarística de nuestras comunidades, nos ha situado en la escucha de la Palabra, en la oración y en el aliento de promover y cuidar todo lo que ayude a cada cristiano a consolidar su vida en santidad.
  • La caridad, que siempre ha sido una virtud bien cultivada entre nosotros en actitudes y en realidades institucionales, nos hizo entrar en todas las marginaciones, de las que se está ocupando la misión social y caritativa de la Iglesia en esta tierra.

En torno a la comunión, la evangelización, el culto, la espiritualidad y servicio de la caridad, ha girado nuestro itinerario como Iglesia en todas sus instituciones: curia diocesana, arciprestazgos, parroquias, movimientos y grupos. Viene usted, por tanto, no a una Iglesia perfecta, pero sí a una Iglesia soñadora de caminos que la lleven a mostrar el rostro de Cristo a todos y en especial a los más heridos en su vida interior y en sus situaciones humanas y sociales. Se encontrará usted en Jaén con un humus religioso, bien favorecido por un rico universo de devociones y advocaciones cristológicas, marianas, y de tantos santos y mártires como se veneran en esta Iglesia.

Como la Diócesis de Jaén tiene como Madre y Patrona a la Virgen de la Cabeza, a ella que le pedimos que le proteja en su ministerio entre nosotros. ¡Dios guarde siempre a nuestro Obispo Sebastián!

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo Administrador Apostólico

 

 

Primera homilía como obispo de Jaén de Mons. Chico

Homilía en el inicio de mi episcopado como Obispo de Jaén

Excmos. Sres. Arzobispos y obispos, gracias por vuestra cercanía y vuestra oración, y por el esfuerzo que han realizado para acompañarme en este momento. Vuestra presencia es un signo visible de la comunión en la iglesia que me alienta y conforta ante la misión que inicio esta mañana.

Excmo. Sr. Nuncio, Mons. Auza, gracias por las palabras de cariño y ánimo que me ha dirigido. Nuevamente, le pido que transmita al Santo Padre, el Papa Francisco, mi total comunión y fidelidad a su persona y a su Magisterio.

Saludo a D. Amadeo, mi antecesor, y agradezco, también, las palabras con las que nos ha presentado el rostro de mi esposa, la Iglesia que camina en esta hermosa tierra, el Santo Reino de Jaén. ¡Gracias por sus palabras de acogida y bienvenida!

Sacerdotes que habéis venido desde los distintos puntos de nuestra Diócesis y los que habéis llegado desde fuera para acompañarme, de una manera especial, D. José Manuel, el obispo de mi querida Diócesis de Cartagena, ha sido para mí un padre, un hermano y un maestro.

Cabildo catedralicio, religiosos, seminaristas ¡Gracias por vuestra acogida!

Excmas. e Ilmas. autoridades civiles, académicas, militares y judiciales, agradezco su presencia en este acontecimiento tan importante de nuestra Iglesia jienense. Nuevamente, les manifiesto mi disponibilidad, mi servicio y colaboración en todo aquello que les pueda ser necesario para el bien de nuestro pueblo.

Saludo, especialmente, a todos los ancianos, enfermos y amigos que nos estáis siguiendo por la Cadena Cope, Radio María, así como a los que nos estáis viendo por Trece TV y Popular TV.

Queridos feligreses, familia y amigos.

Nuevamente, como Pedro, he vuelto a escuchar de la boca del Señor esa pregunta que llega hasta lo más hondo de nuestro corazón: “¿me amas?” y, ante mi respuesta de amor, Él me ha dicho: “¡Sígueme!”.  Lo dijo de una manera especial cuando me llamó al ministerio sacerdotal, y acepté; por segunda vez lo dijo cuando me llamó al ministerio episcopal, como obispo auxiliar de la diócesis de Cartagena, y acepté; y por tercera vez, ante esta nueva llamada que me hace para que pastoree a ésta Diócesis de Jaén, como sucesor de los Apóstoles, me lo ha dicho y he vuelto a aceptar, y siempre con el deseo de “amarle con todo mi corazón, con todo mi ser y con toda mi mente” (Cfr. Mt. 22, 38) y entregarme, confiadamente, a Su voluntad.

Doy gracias a Dios por la gran misericordia que siempre ha tenido conmigo, por el don de su Espíritu, con el que me ha enriquecido, y le pido que me ayude a vivir la santidad, “porque tengo que servir a la Iglesia como maestro, santificador y guía… Y, configurado con Cristo, amarla con el amor de Cristo esposo y ser ministro de unidad, haciendo de ella un pueblo convocado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Cfr. Pastores Gregis n. 13)

Hoy vivimos un momento importante en el devenir de nuestra Iglesia diocesana. Vivimos el proceso de la Sucesión Apostólica, donde cambiamos las personas, pero permanece el ministerio y el servicio al pueblo santo de Dios. Desde aquellos primeros tiempos apostólicos, la Iglesia del Señor continúa y crece por obra del Espíritu Santo, que nos envió el Resucitado, por medio de la Palabra y el ministerio de los Apóstoles. Demos gracias a Dios, en este día, por cómo nos está cuidando.

Desde los tiempos de San Eufrasio, uno de los siete Varones Apostólicos que llegaron a nuestras tierras hispánicas, Cristo preside, vivifica y dinamiza a esta Iglesia. Aquí está viva su Palabra como permanente revelación del amor de Dios y de nuestra salvación; aquí se hace presente en cada altar mediante el Sacramento de la Eucaristía, fuente de vida que emana hasta la vida eterna; aquí encontramos su perdón, el consuelo de nuestras heridas y la fuerza para ponernos en pie y seguir caminando; aquí está el poder de Dios transformando nuestros corazones, haciéndonos una gran familia: sus hijos, y abriéndonos camino para alcanzar la plenitud de su Gloria y, por tanto, viviendo en esperanza; y desde aquí, desde esta Iglesia peregrina, Iglesia en salida, Iglesia samaritana, emana la fuente de Caridad, que brota del Corazón abierto de Cristo, que se ofrece para curar, sanar y salvar al hombre.

Juntos, queridos hijos, iniciamos esta nueva etapa. Vengo con el único programa de unirme a vosotros y caminar juntos, como vuestro servidor, de todos, pero de forma especial de los pobres, los débiles, los enfermos, los que no tienen hogar, los migrantes…,  con el emblemático “encargo de predicar, dando solemne testimonio de que Dios ha constituido a Cristo juez de vivos y muertos” (Cfr. Hch 10,42) También, me uno a vosotros como vuestro hermano en la fe, con el deseo de sentir el calor fraternal que brota de nuestro bautismo y nos hace ser comunidad, familia, Iglesia, ayudándoos a crecer en la fe y a vivir en el amor de Dios y del prójimo.

Soy consciente de mis debilidades y limitaciones, pero os puedo asegurar que llego con pleno deseo de entregarme por entero a Cristo para dar mi vida al servicio de su Reino y al servicio de todos vosotros. Pues, “el buen pastor da su vida por sus ovejas” (Jn 15, 3)

Sé que cuento con la Gracia de Dios, pues así se ha manifestado a lo largo de toda mi historia, pero, también, os pido vuestra ayuda para ser un buen obispo, signo del Buen Pastor, Siervo, Esposo y Maestro de la Iglesia; un pastor según el corazón de Cristo, de quien un día se pueda decir: “pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10, 38)

Juntos, viviendo la comunión, la participación y la misión, es decir, en sinodalidad, continuaremos la misión que el Señor nos encomendó: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 15), con el realismo y la profundidad que esto significa e implica. Es cierto que no son pocos los obstáculos que nos encontramos, en este momento de nuestra historia, y que incluso nos pueden estar afectando en nuestra vida cristiana y en nuestra vocación, pero sabemos que vivimos el tiempo de Dios. Él nos ayudará a superarlos a través de nuestros dones, de las iniciativas comunitarias y, sobre todo, con su Gracia, haciéndonos crecer en calidad y cantidad para el servicio del Evangelio y de su Pueblo.

Vengo en un momento espléndido para escuchar el latir de vuestro corazón y el deseo que el Espíritu Santo nos quiere sugerir para nuestra peregrinación como Iglesia, ante la reflexión que el Papa Francisco nos pide para la preparación del Sínodo de los Obispos, en este momento concreto de nuestra historia, pero pensando en los hombres  y mujeres que han de recibir y vivir el testigo de nuestra fe.

Acabo de llegar a esta Diócesis, y ya me siento estrechamente unido a vosotros, mis hermanos sacerdotes, primeros colaboradores del obispo, que lleváis la gran responsabilidad del servicio al pueblo de Dios y del anuncio del evangelio en las parroquias y en los distintos oficios que desempeñáis. Os felicito por el “Sí” que un día disteis, por vuestra entrega y por vuestra fraternidad sacramental a la que desde hoy me incorporo. Desde ahora me pongo enteramente a vuestro servicio. Manifiesto mi cercanía y oración a los sacerdotes mayores y enfermos, a los que estáis en la misión o estudiando fuera de la diócesis. A todos, os aseguro, que vengo ilusionado y con gran deseo de empezar a trabajar juntos, viviendo en fidelidad al amor de Dios y al amor al pueblo santo que tenemos que servir en su nombre. A aquellos que desempeñáis responsabilidades diocesanas, a partir de este momento, os renuevo vuestra responsabilidad y deseo contar con vuestra ayuda. ¡Os voy a necesitar!

Nos tenemos que ayudar mutuamente para estar siempre alejados de la mediocridad. El Papa Francisco nos decía, a todos los cristianos, en una de sus homilías que: “Hay un sueño peligroso: el sueño de la mediocridad. Llega cuando olvidamos nuestro primer amor y seguimos adelante por inercia, preocupándonos sólo por tener una vida tranquila. Pero sin impulsos de amor a Dios, sin esperar su novedad, nos volvemos mediocres, tibios, mundanos. Y esto carcome la fe, porque la fe es lo opuesto a la mediocridad: es el ardiente deseo de Dios, es la valentía perseverante para convertirse, es valor para amar, es salir siempre adelante” (Hom. Adv. 29-11-2020)

De una manera especial, os manifiesto mi compromiso de ayuda y cercanía a todos vosotros, queridos seminaristas, pues sois nuestro “corazón diocesano”. He vivido intensamente durante años, con gran inquietud y entrega, la misión de la formación sacerdotal, tan necesaria hoy en nuestra Iglesia. Doy gracias a Dios por nuestro Seminario y manifiesto mi alegría por el grupo de seminaristas que lo formáis, pero también comparto mi preocupación por la pastoral vocacional y el celo por una buena formación de los futuros presbíteros, que nos pide la Iglesia Universal.

Expreso mi cariño y mi afecto a todos los religiosos y religiosas de nuestra Diócesis, a los Institutos Religiosos, a las Asociaciones de Vida Religiosa y Vírgenes Consagradas, que servís a esta Iglesia con vuestra entrega, enriqueciéndola espiritualmente con vuestro testimonio y siendo herramientas eficaces de trabajo y de recursos humanos al servicio de nuestros hermanos en las distintas realidades apostólicas que desempeñáis. Os saludo a todos y os agradezco vuestra entrega y vuestra fidelidad, así como vuestra oración por nuestra Diócesis y, de una manera especial, por mí en estos primeros pasos.

Queridos fieles, me siento ganado por vuestro afecto y por la acogida que estoy recibiendo. Vosotros: familias, jóvenes, ancianos, niños… sois junto a todos nosotros, sacerdotes y religiosos, la carne de Cristo, el rostro de mi esposa, la Iglesia, a la que deseo amar como esposo, padre y hermano. Desde el primer momento de mi nombramiento me han hablado con mucho cariño de vosotros, contándome que sois abiertos, cercanos, sencillos, bondadosos, agradecidos, una Iglesia muy viva.

Os deseo conocer personalmente, escuchar vuestras inquietudes y atender las necesidades propias, de vuestra familia o de vuestra realidad eclesial, pero también os necesito para la tarea que Dios me encomienda y para que me ayudéis, desde vuestra cercanía y la frescura de vuestra sinceridad, a ser el pastor que Dios desea para vosotros.  Os tengo muy presentes en mi oración, sobre todo a los enfermos y a los que están sufriendo por alguna circunstancia.  Pienso, de manera especial, en los pobres y necesitados, en las familias en dificultad, en las personas que no tiene vivienda, en los maltratados, en los presos, en los que no tienen trabajo y viven en precariedad económica, sobre todo pienso en el gran número de jóvenes que están viviendo en esta circunstancia, en los temporeros que no son tratados con dignidad, en los que sufrís las consecuencias directas o indirectas de esta pandemia… a todos vosotros, sabed que contáis con el amor preferencial de Dios. Sois las llagas abiertas de Cristo que tenemos que besar con nuestra atención, cercanía y ternura.

Del mismo modo, tengo presentes, a los que no creen, a quienes piensan diferente a nosotros, a los que no conocen a Jesús, ellos, también, son nuestros hermanos, y un reto de caridad en nuestra misión evangelizadora. Desde lo más profundo de su corazón nos están gritando, como a Felipe: “queremos ver a Jesús” (Jn 12, 21). El desconocimiento del Señor nos debe pesar como le pesa a Jesús, (nuestro Hermano Mayor), lo que debe avivar nuestra inquietud y “nuestro poner al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido” (1 Pe 4, 10), manifestando con nuestra vida que “la Iglesia es la casa de la alegría” (EG) y aquella pobreza que nos hace vivir en libertad.

A todos los que habéis participado en esta celebración (un nutrido número sois de mi Diócesis materna) y a los que la habéis hecho posible, preparando hasta los últimos detalles, ¡GRACIAS!

Encomiendo a toda nuestra Diócesis a la Virgen María, Nuestra Sra. de la Cabeza, Patrona de Jaén y en su maternidad pongo mi ministerio, para que me ayude a cuidar de la grey, a cuyo servicio hoy me pone el Espíritu Santo, para pastorear a esta Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen represento en la Asamblea; en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejerzo, y en el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia de Cristo y fortalece nuestra debilidad. Que Ella nos bendiga y nos proteja en esta etapa que comenzamos.

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

(Diócesis de Jaén)

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