El arzobispo de Sevilla clausura la XLIII Semana Social de España

Esta mañana del sábado 27 de noviembre se han clausurado en la Facultad de Teología San Isidoro de Sevilla la XLIII Semana Social de España, que comenzaba el pasado sábado día 25 en el Real Alcázar.

«La regeneración de la vida pública. Una llamada al bien común y a la participación» ha sido el tema central que ha reunido en Sevilla a expertos de la política, la economía y la solidaridad.

Hoy, tras conocer las conclusiones del encuentro, se ha procedido a su clausura con las palabras del arzobispo de Sevilla, Mons. José Ángel Saiz Meneses.

 

Clausura de la Semana Social de España

Palabras de clausura de la XLIII Semana Social de España pronunciadas por Mons. José Ángel Saiz Meneses, arzobispo de Sevilla

 

Con sumo agradecimiento clausuro esta XLIII Semana Social de España, reconociendo la contribución generosa de los responsables de la organización de la Semana en Sevilla, de la Junta Nacional, de los conferenciantes y de los portavoces y representantes de las Semanas Sociales diocesanas. La Junta Nacional de Semanas Sociales eligió la ciudad de Sevilla, lugar de encuentro, de profundas convicciones religiosas y de fe. Sevilla es una ciudad favorecida por la historia, al atesorar sabiduría, conocimiento y arraigo de la fe en una sociedad secularizada.

 

1. Las semanas sociales a lo largo de la historia

Fue en los primeros días de mayo de 1906 cuando, con el apoyo del Papa san Pío X y de los obispos españoles, se celebró en Madrid el primer Curso de cuestiones sociales, más tarde considerado como la primera Semana Social de España. Desde entonces, las “Semanas Sociales” han supuesto, en su trayectoria, una gran cátedra de enseñanza del magisterio social pontificio y “representan un importante ejemplo de institución formativa que el Magisterio siempre ha animado. Éstas constituyen un lugar cualificado de expresión y crecimiento de los fieles laicos, capaz de promover, a alto nivel, su contribución específica a la renovación del orden temporal. La iniciativa, experimentada desde hace muchos años en diversos países, es un verdadero taller cultural en el que se comunican y confrontan reflexiones y experiencias, se estudian los problemas emergentes y se buscan nuevas orientaciones operativas” (Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 532).

Son notas propias de la historia y del presente de las Semanas Sociales, no solo, su profundización en las cuestiones sociales más relevantes; sino, sobre todo, la capacidad para gestar pensamiento social y político, en el sentido más integral de la palabra. Por ello, se manifiestan como un verdadero taller, en el que los interlocutores provienen de los centros culturales, de las universidades, de la política, la empresa, los sindicatos y de las instituciones comprometidas en una auténtica cultura del encuentro. Ahora bien, las Semanas Sociales no deberían contentarse con meros planteamientos teóricos o con debates técnicos o políticos de la vida pública; sino que han de afrontar una concreción histórica y evangelizadora en sus propuestas, puesto que, únicamente desde la verdad de los hechos, podemos avanzar en la mutua comprensión y en la convivencia social. Así ha ocurrido, de hecho, durante más de un siglo, en el quelas Semanas Sociales celebradas en España han reflexionado, a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia, acerca de los temas más acuciantes para la vida social de los españoles: el problema agrario, la cuestión obrera, el trabajo de la mujer, la familia, la educación, la democracia, las migraciones, el salario y el derecho a la vida, los retos de la tecnología y la comunicación, entre otras muchas.

 

2. La regeneración de la vida pública. Una llamada al bien común y a la participación

A lo largo de su historia, ha sido extraordinaria la participación del pueblo cristiano, especialmente de los laicos; como notable ha sido también la presencia en ellas de destacados expertos en los diversos campos de las ciencias sociales y de la misma Doctrina Social de la Iglesia. En este año, ha quedado patente además el valor sinodal de las Semanas Sociales diocesanas, como la que hemos celebrado en Sevilla, y su relación con el último Congreso de los laicos (2019). En las diócesis participantes, se han manifestado, a través de sus trabajos y debates, el espíritu de diálogo y la búsqueda del encuentro, tanto con la Iglesia como con la sociedad. De esta manera, el diálogo comparece como un camino para nosotros, como Iglesia sinodal: diálogo con el mundo de la política, de la economía, de la cultura, de la sociedad civil; diálogo desde los pobres. Estos núcleos de estudio y de trabajo se han convertido, por medio de la escucha común, en un signo vivo de la espiritualidad de la comunión, que demanda “dar espacio” al hermano, aceptando mutuamente la carga de los otros (cf. Gál 6,2) y, al mismo tiempo, rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias (cf. Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 43).

En este contexto, cobra sentido además la gran relevancia del tema elegido para esta Semana Social: “la regeneración de la vida pública. Una llamada al bien común y a la participación”. Este argumento entronca con el itinerario y los objetivos propuestos por la Conferencia Episcopal Española para los próximos años. Una de sus líneas es, de hecho, la presencia misionera y el compromiso de trasformación evangélica de la realidad, pues la redención de Cristo tiene un sentido social. Dios no redime solamente la persona individual, sino también las relaciones sociales entre los hombres (cf.EG, 178). Según el Papa Francisco, “el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes…, por eso nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo” (Gaudete et Exsultate,6). Se trata así de recuperar el sentido humanizador del Evangelio, que brota de la conversión y, al mismo tiempo, de experimentar la alegría de comunicar el Evangelio en esta sociedad, porque el Evangelio tiene mucho que decir al hombre y a la mujer de hoy. Se trata, en definitiva, de amar a Dios que reina en el mundo con una caridad repleta de consecuencias sociales.

Estar atentos a los signos de los tiempos nos lleva necesariamente a partir de una actitud misionera, de Iglesia en salida, que evangeliza saliendo a las periferias, y desde las periferias. No cabe duda de que una de las periferias más urgentes hoy es la vida pública, el lugar en el que se debaten las leyes, se fijan las condiciones de vida para tantas personas, el lugar del que queda también excluida tanta gente por muchas razones: ideas, convicciones, creencias, nacionalidad, pobreza, etc. Una Iglesia que no asuma este compromiso tiene el riesgo de desvirtuar y no hacer creíble el Evangelio que anuncia, porque, si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos, los excluidos de todos los tiempos, con los que él mismo ha querido identificarse: “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber; fui forastero y me hospedasteis; estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme” (Mt 25,35-36). Esta página no es una simple invitación al asistencialismo, sino que es, ante todo, una lección de cristología, que ilumina el misterio de Cristo. “Sobre esta página –nos recordaba san Juan Pablo II–, la Iglesia comprueba su fidelidad como Esposa de Cristo, no menos que sobre el ámbito de la ortodoxia” (Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 49).

 

 

3. Fecundidad social del mensaje cristiano para el bien común

Precisamente por ello, la realidad social exige al Pueblo de Dios propiciar un dinamismo de encuentro y de dialogo con las condiciones humanas y sociales de nuestro tiempo. La atención al dinamismo de la sociedad queda patente, de un modo particular, en el magisterio pontificio de doctrina social. Desde Rerum novarum, los Romanos Pontífices han atendido siempre el frenético ritmo de desarrollo de la realidad socioeconómica que, sobre todo a raíz de la revolución industrial, se extendió en todas las direcciones. La doctrina social de la Iglesia no se limita a repetir lo que llega del pasado, sino que presenta la fidelidad a la tradición en su significado más genuino: “la situación actual del mundo, vista a la luz de la fe, nos invita a volver al núcleo mismo del mensaje cristiano, creando en nosotros la íntima conciencia de su verdadero sentido y de sus urgentes exigencias” (Sínodo de los Obispos, La justicia en el mundo (1971), II,1).

El mensaje cristiano continúa siendo, también en la complejidad de nuestro mundo actual, una fuente inagotable que manifiesta su fecundidad en contacto con las coordenadas variables del espacio y del tiempo. De ahí que la situación del trabajo, la situación familiar, el desafío cultural, económico y social que ofrece nuestra sociedad nos obliguen a contar con la realidad humana en la que hoy hemos de acoger, vivir y comunicar la Buena Noticia de Jesucristo. Son muchas en nuestros días las necesidades que interpelan la sensibilidad cristiana y exigen profundizar de un modo crítico, con la ayuda de las ciencias, la realidad que habitamos. Nuestra sociedad está cargada de las contradicciones de un desarrollo económico, cultural, tecnológico, que deja a tantas personas al margen del progreso y los relega a vivir en condiciones de vida muy por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana. De hecho, el panorama de la pobreza podría extenderse indefinidamente, si a las antiguas añadimos las nuevas pobrezas, que afectan a menudo a ambientes y grupos no carentes de recursos económicos, pero expuestos a la desesperación del sin sentido, a la insidia de la droga, al abandono en la edad avanzada o en la enfermedad, a la marginación o a la discriminación social.

 

 

4. Participación: de la nueva imaginación de la caridad a la amistad social

Frente a esas nuevas pobrezas, “es la hora de un nueva «imaginación de la caridad», que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno” (NMI, 50), que nace de la amistad social. Es esta caridad social la que ilumina el conocimiento, al tiempo que obra la renovación delas estructuras económicas y permite emprender con determinación nuevos medios de participación en la vida pública para el bien común. La Iglesia, y especialmente el laicado, debe dar un paso más en este sentido: tiene que ser protagonista en la vida pública. Porque “la fe –como apunta en Evangelii gaudium el papa Francisco– no se puede relegar a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos: ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de [santa] Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos” (EG, 183).

La “nueva imaginación de la caridad” nos impulsa precisamente a ir más allá de los grupos de afines y a construir la auténtica amistad social, tan necesaria para la buena convivencia, que permite reencontrarnos especialmente con los más pobres y vulnerables, los que se hallan en las periferias. Anclados en la amistad social, podremos alejarnos de los populismos que explotan la angustia del pueblo sin dar soluciones proponiendo una mística que no resuelve nada y huir de la enemistad social que solo destruye y salir de la “polarización”. Y esto no siempre es fácil, especialmente hoy cuando una parte de la política, la sociedad y los medios se empeñan en crear enemigos para derrotarlos en un juego de poder. Es verdad que el empobrecimiento moral ha alcanzado amplios sectores de la sociedad española y que su superación no es sencilla, ya que requiere una conciencia renovada de que es posible crecer en el valor de nuestras relaciones y, por ello, en el bien común que forja la convivencia social. Frente al muro de la indiferencia, hoy sigue siendo fundamental la disposición de la Iglesia al servicio y al encuentro, porque no hay áreas sociales que queden al margen de la preocupación de la comunidad cristiana. Esta vertiente ético-social se propone como una dimensión imprescindible del testimonio cristiano, de manera que el diálogo continúa siendo el camino para mirar la realidad de una manera nueva, para vivir con pasión los desafíos de la construcción del bien común. Es muy actual a este respecto la enseñanza del Concilio Vaticano II: “el mensaje cristiano, no aparta los hombres de la tarea de la construcción el mundo, ni les impulsa a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que les obliga más a llevar a cabo esto como un deber” (GS, 34).

Reitero, una vez más, mi agradecimiento, en nombre de la Archidiócesis de Sevilla, por haber podido contribuir, desde aquí, a que la Iglesia que peregrina en España sea también la Iglesia de la esperanza y del testimonio de la fe en un mundo necesitado de amistad social. Muchas gracias.

 

 

(Conferencia Episcopal Española)

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