Carta pastoral de Mons. Francisco Pérez: La santidad no es comparable al buenismo

Estamos en noviembre mes en el que festejamos a aquellos que han adquirido la santidad. Un mes donde podemos reflexionar y meditar sobre aquello que más nos ayuda e influye sobre nuestra vida para crecer en la madurez espiritual. Se ha puesto de moda -en la cultura y en el modo de pensar- que todo es bueno y ¡aquí no pasa nada! El buenismo es una actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia. También se puede decir que el buenismo se identifica con el postureo que es una actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción. Cuando por lo contrario se afirma que somos pecadores y frágiles la respuesta inmediata se convierte en: “Eso era antes y estás pasado de moda. El pecado no existe”. Y se afirma con tal altivez de convencimiento que hasta se llega a pensar que es cierto.
El buenismo es como un masaje que por mucho que te lo des nunca puede quitar las arrugas existenciales: la fragilidad, la debilidad, la limitación, la caída que provoca el pecado. Sin embargo la fuerza del Evangelio nos recuerda: “Bienaventurados cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo” (Mt 5, 12). Se reirán y hasta te excluirán pero nadie podrá desterrar lo que significa la perfección del amor que es la santidad.

El buenismo se convence que en el mal entendido progreso, todo vale. Nos han quitado a Dios: Dios a la sacristía… y no pasa nada. Nos han quitado los “valores cristianos”… y no pasa nada. Nos han quitado la libertad personal… y no pasa nada. Nos han quitado las “virtudes cristianas”… y no pasa nada. Nos han quitado la familia…y no pasa nada. Nos han convencido de que el aborto es libre y justo… y no pasa nada. Nos han dicho que la eutanasia es buena y digna… y no pasa nada. Y la culpa es de los cristianos rancios que están anticuados y no progresan. Y siguen afirmando que lo cristiano es una marca que a nadie favorece porque es algo que sucedió y hoy no tiene sentido porque ha pasado de moda.

El buenismo se enaltece y considera que todo es válido mientras las ideologías relativistas así lo afirmen. La santidad, por el contrario, se amolda y vive de la ley de Dios que muy bien afirma y confirma el decálogo (los diez Mandamientos). “No pongáis vuestra esperanza en los príncipes, en un hijo de hombre que no puede salvar, que exhala el espíritu, vuelve al polvo, y en ese mismo días fenecen sus pensamientos” (Sal 145,3-4) ¡Cuidado con tocar y ponerse por encima de Dios! Las consecuencias son muy graves.

El buenismo ridiculiza la bondad y para bueno sólo existe la suma Bondad que es Dios. Cuando el ser humano detenta y solapadamente se convierte en el “dios de sí mismo”, se cae en la destrucción del auténtico humanismo. Corren tiempos especiales que aumentan la desilusión, la amargura existencial, la falta de perspectivas, la violencia en sus diferentes modos, la mentira como blanqueo de la verdad… Es la Torre de Babel que nos recuerda metafóricamente cómo quieren edificar una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue hasta el cielo (Cfr. Gn 11, 4). Posiblemente en este relato nos vemos reflejados los seres humanos de todos los tiempos en algo que llevamos dentro: el orgullo y la soberbia.

Ya San Agustín afirmaba: “Mas, ¿qué iba a hacer la vana presunción de los hombres? Por más que levantaran una mole de piedra hacia el cielo y contra Dios, ¿cuándo transcendería los montes? ¿Cuándo escaparía al espacio de este aire terrestre? ¿En qué puede dañar a Dios cualquier elevación de cuerpo o espíritu por grande que sea? El camino verdadero y seguro para llegar al cielo es la humildad. Ella levanta el corazón en alto hacia el Señor, no contra el Señor” (De civitate Dei 16, 4). La Biblia, al narrar la historia de Babel, señala que el orgullo es algo capaz de poner de acuerdo a los hombres, al menos momentáneamente. Allí donde hay una “ganancia orgullosa” parece que hay un principio de acuerdo. Pero dura poco y si va contra Dios se convierte en confusión y la torre se cae.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).