Carta pastoral del Cardenal Ricardo Blázquez: Iglesia en camino

En los últimos meses hemos oído muchas veces las siguientes palabras: Sínodo, Asamblea sinodal, Camino sinodal, Iglesia sinodal, etc. Serán también innumerables veces repetidas y escuchadas en el futuro. Si no queremos que la repetición desgaste y hasta convierta en triviales estas bellas y ricas expresiones, conviene que tengamos presente su significado que podemos percibir también por la etimología. La palabra sínodo procede del griego “syn-odos”, que se compone de la preposición “syn” = “con” y el sustantivo “odos” = “camino”. Significa, por tanto, hacer camino juntos, caminar unidos. La proposición “con” es utilizada en el Nuevo Testamento para indicar que por el bautismo estamos como injertados e incorporados a Jesucristo muerto y resucitado. La palabra camino tiene un desarrollo abundante y variado: Jesús se define a sí mismo como “Camino” que nos enseña cómo andar por la vida (cf. Jn. 14, 6); los fieles de la comunidad cristiana son también “seguidores del Camino” que es Jesús en persona (Act. 9, 2); cada uno de nosotros es un caminante (a veces el hombre es llamado en latín “viator”, es decir, viajero hacia la patria y la meta); la Iglesia, consiguientemente, es pueblo en camino, que recuerda a Israel que peregrinó desde la esclavitud de Egipto por el desierto hasta el descanso en la tierra de promisión (cf. Heb. 4, 1-11). Pues bien, en la palabra “sínodo” se unen tanto la comunidad cristiana como el itinerario por la vida. Marchamos unidos, somos Iglesia en camino.

Con este trasfondo, que tiene una historia desde los orígenes de la Iglesia, el Papa Francisco nos ha convocado a hacer un camino sinodal; el domingo día 17 de octubre comenzamos la fase diocesana del Sínodo, que concluirá en el mes de octubre de 2023. Es un camino largo en que deseamos aprender “sinodalmente”, es decir, participando los cristianos en la marcha hasta la Asamblea conclusiva de los Obispos, lo que es y significa “Iglesia sinodal”, Aprendemos a caminar caminando. Con este método de participación comunitaria estamos llamados a descubrir más hondamente la Iglesia como familia, como convocación de lo que somos los cristianos, a saber, hermanos corresponsables en la misión encomendada por Jesús a la Iglesia. La palabra “ecclesia” significa “asamblea de los fieles”, convocación de los llamados por la fe y el bautismo. Conviene que tengamos vivo en la conciencia que el ser hijos de Dios y el ser cristianos (= ungidos) miembros del Ungido por excelencia que es Jesucristo, implican ser hermanos en la Iglesia, y por ello, llamados a trabajar por la fraternidad de todos los hombres. Si Jesús es el Maestro, todos somos condiscípulos en su escuela (Mt 23, 8-12).

La convocatoria del Papa Francisco a caminar sinodalmente tiende a una renovación personal y eclesial para que formando una comunión en Jesucristo y con Jesucristo participemos en la misión de la Iglesia. La palabra comunión eucarística está también en la fuente de la comunión que es la Iglesia, de la comunión de todos nosotros. Este Sínodo es una oportunidad preciosa que se nos ofrece para profundizar en nuestra vocación de cristianos, para un despertar evangélico y para asumir nuestra radical condición de misioneros. Nadie en la Iglesia debe estar ocioso; hay trabajo para todos según las diversas vocaciones y situaciones de la vida. Nadie es imprescindible y todos somos necesarios. No perdamos esta ocasión a que el Papa nos invita para reavivar la unidad y el ardor por la evangelización en esta hora de la historia con tantas encrucijadas.

El Sínodo de los Obispos es una institución erigida por el Papa Pablo VI y asumida por el Concilio en el decreto sobre los obispos titulado “Christus Dominus” (n. 5). Ya entonces se preveía que el Sínodo de los Obispos fuera actualizándose y madurando con la experiencia del tiempo y de las mismas Asambleas. En los últimos años ha tenido lugar un cambio muy importante que consiste en pasar de ser un acontecimiento de aproximadamente un mes de duración, a configurarse como un proceso con un largo primer tramo en que son llamados a participar todos, con una cumbre que es la Asamblea de Obispos y con un tiempo de recepción y asimilación de lo aprobado por los obispos y hecho público por el Papa con su autoridad. Actualmente estamos en los inicios del primer tiempo sinodal.

En el Sínodo 2021-2023 estamos llamados todos a incorporados en este proceso: Obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y consagrados, laicos adultos y jóvenes, participantes habituales en la vida de la Iglesia y cristianos ocasionales, son invitados también los que han marcado distancias en relación con la Iglesia y hasta los alejados. Todos estamos llamados a escucharnos con respeto y a hablar con libertad. Confiamos que a través de las intervenciones perciba también la Iglesia lo que el Espíritu quiera comunicar (Cf. Apoc. 2-4) en este tiempo para discernir los caminos de Dios. Todos podemos enseñar algo y tenemos mucho que aprender. Aunque todos estemos invitados a participar, un Sínodo no es una asamblea confusa sino diferenciada, no es amorfa sino articulada; debemos participar cada uno según el carisma, la vocación, la misión, la experiencia, la situación concreta. La Iglesia es una comunidad de participantes, aunque no sea una democracia según los modelos políticos.

Debemos participar los ministros de la Iglesia escuchando con humildad, sin convertir la autoridad sacramental en “poder mundano”, como repite el Papa. Deben participar los religiosos y consagrados, también los de vida contemplativa, que han recibido el precioso carisma de ser en el corazón de la Iglesia como el amor que impulsa todas las vocaciones (Santa Teresa del Niño Jesús); los laicos en las diversas situaciones en que se desarrolla su vida; los dedicados particularmente al servicio de los pobres y a la vida pública y política; los enfermos y ancianos; los jóvenes y los adultos. Señalar las vías para tomar parte es un quehacer de cada Diócesis que debe concretar con flexibilidad. Precisamente el día 7 celebramos el Día de la Iglesia diocesana.

 ¡Que nadie se inhiba de participar ni se eche al lado ni se desentienda! ¡Que todos nos embarquemos en esta aventura de la fe vivida en la Iglesia y transmitida al mundo!

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)