Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: En el atrio

Aquella pregunta sobre quiénes somos “nosotros”, cuando hablamos de la Iglesia en Sínodo, no deja de inquietarnos. ¿Quiénes somos los que formamos la Iglesia, esos que, estando en comunión, han de participar de la vida eclesial y compartir la misma misión?; ¿quiénes han de hablar e intervenir en el Sínodo? ¿Cualquiera que lo desee, aunque no tenga criterios no evangélicos?

Estas reflexiones nos conducen a evocar tantas personas que conocemos y que seguramente están a mitad de camino, reconociéndolo o no, hacia la fe. Recordamos el sufrimiento en amigos, padres, creyentes sinceros, que ven allegados suyos que han perdido la fe, o que no saben si creen, o que les es indiferente creer o no o que no quieren hablar de ello, o que no “necesitan creer” para ser felices… ¿Forman parte del “nosotros”, en comunión, participación, misión?

Al menos, con gusto queremos escucharles, si quieren hablar. Pero, ¿qué peso tendrá su palabra? Como siempre, habrá que discernir… Un caso es el de quienes no quieren saber nada y otro el de quienes buscan sinceramente.

La memoria nos trae algunas felices sugerencias, como aquella del Papa Ratzinger, que promovía “el atrio de los gentiles”, espacio de diálogo entre la fe y el mundo de los que se ven lejos de ella. O como aquellos diálogos libres y luminosos del propio pontífice con representantes de la cultura moderna… Así mismo recordamos figuras que se quedaron en el “umbral” de la fe y de la Iglesia. Por ejemplo, los testimonios de la escritora Simone Weil, y del inmenso autor Charles Péguy, verdaderos protagonistas del “habitar en el umbral de la fe”. No podrán ser representantes de la indiferencia, porque, si algo les caracterizaba, era ser apasionados buscadores de la verdad de la vida. Nos preguntamos si estos, y otros muchos semejantes, en caso de que desearan hablar, deberían ser escuchados por una Iglesia en Sínodo.

Permanece el interrogante de si ellos aceptarían ser considerados dentro del “nosotros” de la Iglesia. Hoy muchos no lo aceptarían. Pero, por supuesto, les escucharíamos solícitamente, no porque sus palabras fueran sin más oráculos de la verdad, sino porque eran buscadores honrados, auténticos, competentes. ¡Cómo desearíamos que nuestros amigos ateos, agnósticos, indiferentes, fueran como ellos! No pocas veces nos hemos preguntado si aquellos habitantes del umbral, en cierto modo atormentados por una manera de vivir la fe, que no encajaba con su búsqueda, hoy, después de la reforma conciliar, se adherirían gustosos a la Iglesia o incluso serían hoy, en su seno, una voz clarividente.

Estamos inquietos por lograr una forma de ser Iglesia más sinodal. ¿Qué importancia puede tener para nosotros el espacio de encuentro y diálogo con los no creyentes? Constantemente escuchamos a gente afirmar que la Iglesia debería hacer esto o lo otro, tendría que cambiar en sus ideas, lenguaje, estrategia, etc. Generalmente estos consejos parten de una base: la sociedad, el mundo, tienen razón, avanzan, y la Iglesia se ve anclada en el pasado. Pero, sin negar la buena voluntad que pueden tener estas voces, nos preguntamos: ¿por qué, en qué sentido tiene razón el mundo?, ¿qué significa avanzar?, ¿qué mundo es el que “manda”?…

Sí, ciertamente hemos de escuchar, y preguntar incluso, en el atrio de los gentiles, a todos los que, sin formar parte “del templo”, no están lejos. El Espíritu de Cristo puede inspirarles algo de su sabiduría. Lo mejor será hacer como María, escuchar y meditar en el corazón para discernir qué quiere el Espíritu de nosotros.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.