Carta pastoral de Mons. Enrique Benavent: Salvados en la esperanza

En la vida todos tenemos esperanzas. Sin ellas no podríamos vivir porque nos orientan hacia el futuro. El deseo de que se cumplan nos motiva y cuando las vemos realizadas nuestro corazón se llena de alegría. Una auténtica esperanza nunca es una actitud pasiva: va acompañada del deseo de que se realice lo que esperamos y del compromiso para conseguirlo. Cuando los objetivos de la humanidad son nobles y justos el deseo de verlos realizados puede cambiar el mundo y sembrar vida nueva: cuando dos personas tienen en común una esperanza, ya estamos en el primer paso para su realización.

Sin embargo, todos tenemos la experiencia de que algunas no se han cumplido; que alguna persona nos ha decepcionado; que algún deseo cumplido no nos llena como habíamos imaginado; que alguna esperanza realizada se ha desvanecido pronto; o que en un momento de plenitud de repente se han presentado circunstancias inesperadas que han ensombrecido la alegría. Las esperanzas nos dan ilusión y fuerza para vivir, pero son inciertas, a menudo efímeras, y nunca nos satisfacen plenamente. Y cuando conseguimos algo que nos llena, vivimos con el temor de perderlo, ya que la muerte se nos presenta como el horizonte último de la existencia terrena. La gran pregunta que esclarece el sentido de la vida humana es esta: ¿Podemos esperar una plenitud en la que no tengamos ningún temor y una vida que sea simplemente “vida”?

Durante los primeros días del mes de noviembre hemos recordado de una manera especial a nuestros hermanos difuntos, y las lecturas de estos últimos domingos del año litúrgico nos orientan también hacia el futuro de Dios. Para que este recuerdo sea auténticamente cristiano debe estar impregnado de esperanza. En el Credo, la virtud de la esperanza se menciona en el último artículo: “espero la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”. Esta afirmación indica la meta de toda la obra creadora de Dios; de la acción salvadora de Cristo realizada en su Encarnación, Muerte y Resurrección, y que culminará en su segunda venida; y de la actuación invisible del Espíritu Santo en la Iglesia y en los sacramentos en el momento presente. Si nos preguntamos por qué se ha comprometido tanto Dios con la humanidad, solo encontramos una respuesta: porque quiere conducirnos a Él, porque quiere darnos la auténtica vida. La vida eterna es la meta de la Esperanza cristiana. En ella se realizará el mundo nuevo que todos deseamos y todo lo que anhelamos.

Los cristianos no queremos vivir esto como si se tratara de una escapatoria o un consuelo ante las dificultades. Esperamos porque en Cristo, el amigo de los pobres y los pequeños, que ha compartido nuestros dolores y sufrimientos y nos ha abierto las puertas del Reino, hemos conocido el amor de Dios y hemos creído en Él. Tenemos la certeza de que estamos salvados en esperanza.

Si esta es la meta que Dios quiere para nosotros y a la que nos encaminamos, ha de ser también el objeto de nuestros deseos más profundos: aquello que de verdad queremos para los hermanos difuntos. Es la razón por la que oramos por ellos. Y también lo que anhelamos para nosotros, por ello intentamos agradar a Dios en todo momento, para presentarnos un día ante Él.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.