Las vírgenes consagradas emprenden el camino sinodal en su reunión de Madrid

«Lo que caracteriza al cristiano es que vivimos con esperanza». Claudia Zalazar, virgen consagrada de la diócesis de Madrid (de blanco, segunda por la derecha en la imagen principal), resume así el sentir con el que culminaron la jornada de encuentro del Ordo virginum en Madrid con el que dieron comienzo al curso académico.

Estuvieron acompañadas por Elías Royón, SJ, vicario de Vida Consagrada, y monseñor Jesús Vidal, obispo auxiliar de Madrid. Este último las animó a tener «mucha esperanza» en un mundo con «calamidades por todos lados», pero en el que hay que «vivir con la vista hacia Dios». A su vez, y en la línea de la carta pastoral del arzobispo de Madrid, cardenal Carlos Osoro«Dame de beber», les pidió «ser conscientes de esta agua de vida divina, un don como el ofrecido a la samaritana, que es la fe».

La reunión estuvo muy marcada también por la invitación a la participación de la Iglesia universal en el Sínodo de los Obispos, un deseo expresado por el papa Francisco que cada virgen consagrada acogerá desde su parroquia o realidad eclesial en la que vivan su carisma, que, como explica Zalazar, es «propio». «Cada una tiene una sensibilidad», aunque están unidas por los pilares sobre los que asientan sus vidas: esponsalidad con Jesucristo, virginidad, servicio, oración, amor y maternidad espiritual. Una vocación «especial, muy singular», que «da mucha libertad» y ahí radica su «belleza, cada una es como es».

Las vírgenes consagradas dependen directamente del obispo de su diócesis. Él es quien las consagra, «hace santo ese propósito y lo hace a imagen de la Iglesia: virgen y madre». Como explica Claudia Salazar, son parte del laicado, pero consagradas, lo que «va muy de acuerdo con este tiempo de la Iglesia». Las vírgenes se mantienen por sí mismas gracias a sus diferentes profesiones –Claudia es profesora de ESO y Bachillerato–; viven solas o con familiares, no en comunidad, y caminan en su fe integradas en parroquias, movimientos o carismas de la Iglesia.

No obstante, mantienen encuentros periódicos, como este que han celebrado ahora de comienzo de curso, o retiros; en concreto, este próximo sábado, 6 de noviembre, tendrán el primero del curso. En él compartirán y concretarán con toda seguridad cómo van a ser partícipes del Sínodo, no como cuerpo organizado, pero sí en fraternidad y «espíritu de comunión», cada una desde sus parroquias. «Aceptar el reto del camino sinodal –apunta– es un desafío a cada consagrada para que en el ambiente en que se desarrolla su misión coopere a las grandes líneas de evangelización que los tiempos reclaman».

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Impulso del orden

El Ordo virginum es, en realidad, la forma más antigua de consagración; de hecho, hay constancia de ello ya en los Hechos de los Apóstoles. Esta opción quedó desdibujada con el paso de los años y la aparición de las órdenes religiosas, hasta que ya entrado el siglo XX, por expreso deseo del papa Pablo VI, se restauró coincidiendo con los trabajos del Concilio Vaticano II. Fue mediante la promulgación del nuevo Rito de Consagración de las Vírgenes por la Sagrada Congregación para el Culto Divino, el 31 de mayo de 1970.

En 2018, la Iglesia dio un paso definitivo al regularizar por primera vez la figura de las vírgenes consagradas. Lo hizo a través de la instrucción Ecclesiae sponsae imago, que supone, en palabras de Zalazar, que «nuestra Madre Iglesia nos da un lugar; ha visto y ha testado la veracidad de nuestra vocación, la ha sellado con su sabiduría». Y esto, dice, «nos fortalece y nos dice, “¡adelante!”».

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