Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Bienes para compartir

Hoy, celebrando el día de “Germanor”, tendríamos que decir que la “sinodalidad” pasa por el bolsillo y la cuenta corriente. Porque, como venimos subrayando reiteradamente, la sinodalidad es la forma esencial de vida propia de una Iglesia que camina en comunión, participación y misión compartida. Y uno de los signos más claros de comunión es contribuir a la vida de la Iglesia mediante la aportación económica.

Esto es así, hasta el punto de que, en algún país, como Alemania, a la pregunta que nos hacíamos, ¿quiénes somos “nosotros”, el “nosotros” que formamos la Iglesia?, allí se puede responder, en primera instancia, mirando la lista de quienes señalan en su declaración de renta, la aportación voluntaria a la Iglesia Católica (frente a otras confesiones). Sin duda, la pertenencia a la Iglesia no consiste simplemente en la contribución económica a su sostenimiento, pero es uno de los signos de esa pertenencia.

Es solo un signo, uno entre otros, de pertenencia. De ahí su importancia. Pero, como todo signo, se ha de saber interpretar, se ha de saber leer.

Así, ante el gesto material de dar dinero a la Iglesia, se han de tener presentes cuestiones fundamentales: qué se da, quién lo da, por qué se da, cómo se da, quiénes son los beneficiarios, etc. Solo cuando tenemos claras estas cuestiones, podremos entender el signo, seremos capaces de leerlo y captar todo su valor. En consecuencia, sabremos realizarlo con autenticidad.

Con los bienes de la Iglesia se han hecho innombrables obras en beneficio de la cultura, del progreso social, de los enfermos, los pobres, del arte, de la cultura en general. Estas obras han sido o siguen siendo un bien, actualmente siguen ahí, tienen valor en sí mismas y sirven a todos, sin distinción, al servicio del mundo. En este sentido son signo, al menos, de creatividad y altruismo.

¿Podemos decir que son signo, también, de comunión? No siempre lo han sido de verdad. Pues tantas veces han constituido un lucimiento de los donantes, o una afirmación de la propia identidad, o un signo de prestigio… El hecho de que permanezcan y sean obras de contenido religioso cristiano, pueden servir incluso para abrirnos al misterio que representan, a modo de catequesis permanente.

Hoy, sin embargo, no nos contentamos con eso. Para nosotros sigue siendo fundamental aquel principio que nos enseñó Jesucristo:

“Esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás ha echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir” (Mc 12,43-44)

La limosna al Templo, es decir, la ofrenda a Dios, no se valora por la cantidad, sino por la parte de uno mismo que va en ella. “Todo lo que tenía para vivir” significa toda la vida: en los dos reales que echó la viuda en el arca del Templo iba toda su vida. Su limosna fue un signo elocuente de la verdadera comunión, su corazón iba en unas monedas que dio.

Todo un modelo de nuestra colaboración económica, que entregamos a la bolsa común de la Diócesis: vale lo que significa esa donación para cada uno. El corazón que ama, da de lo suyo, aunque no todo el que da ama realmente. En nuestro caso, el que ama da para compartir y esta comunión y participación, como decimos, nos permite realizar entre todos una misma misión. Esto es la sinodalidad.

El buen espíritu sinodal necesita de signos visibles, para sea verdadero y para que llegue a ser testimonio. Está en nuestras manos.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.