Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: ¿Quiénes somos “nosotros”?

Cuando hablamos de “Sínodo” usamos con frecuencia la palabra “nosotros”. Damos por supuesto su significado, pero, si vamos preguntando qué queremos decir, seguramente no hallaríamos pleno acuerdo. Sínodo universal quiere decir, el camino que hace toda la Iglesia dando presencia, voz y colaboración a todos sus miembros, de cualquier cultura, condición social, tradición, mentalidad, situación o responsabilidad en el Pueblo de Dios.

La pregunta siguiente, lógica y necesaria, sería: ¿y quién es miembro de la Iglesia, para que le reconozcamos presencia, voz, participación? Una cuestión inquietante, que ha motivado grandes reflexiones, pero que no se suele plantear en nuestra predicación o en diálogos y acciones pastorales: en este terreno está viva, aun sin reconocerlo. Muchas veces se responde en silencio, sin demasiada reflexión, cuando se piensa: “lo que dice éste o aquél no tiene razón, no está de acuerdo con el Evangelio de Jesús, no hay que hacerle caso…” No llegamos a decir que está excluido del “nosotros de la Iglesia”, pero, al no reconocer en él algo del Espíritu, sí le estamos excluyendo de hecho. En definitiva, ¿a quién ponemos el micrófono?; ¿a quién hemos de escuchar?

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que es miembro de la Iglesia el que tiene fe en Jesucristo y se bautiza. Podría elaborarse entonces una “lista”.

Pero sobre “la lista” Jesús nos dejó dos respuestas aparentemente contradictorias: “dejadle, quien no está contra nosotros (aunque no venga con nosotros), está con nosotros” (Mc 9,40); y también, “quien no está conmigo, está contra mí” (Mt 12,30).

Una cosa es clara: lo esencial es estar con Él. Aceptemos, pues, que Jesucristo y su Espíritu sean absolutamente libres y no se sujeten a la lista “oficial”.

Pero también nos mandó Jesús que sepamos discernir, como se discierne un árbol de otro por sus frutos, pues no todo lo que aparece como bueno lo es realmente (cf. Mt 7,1). En este sentido podemos decir lo del refrán: ni son todos los que están, ni están todos los que son.

En consecuencia, la sinodalidad no es idéntica a la democracia. La democracia es el poder del pueblo, de todo el pueblo, por el mero hecho de existir, cada uno, como ciudadano. La sinodalidad no es ningún ejercicio de poder en este sentido, ni el simple respeto a un pretendido “derecho” a decidir, sino la participación orgánica de todos los que están con Cristo, en la marcha de la Iglesia (la base del derecho que reconoce el Código de Derecho canónico a todos los bautizados no es exactamente la de un régimen democrático).

Según esto, haré caso gustosamente a la palabra y el consejo, por ejemplo, de un Carlos de Foucauld, de la Hna Teresa de Calcuta o del Cardenal Newman (por citar testigos diversos), no porque sean más inteligentes, sabios, hábiles o poderosos, sino porque veo en ellos presencia de Cristo. Descubro en ellos el modo de pensar, los criterios de vida, la manera de amar, propios de Cristo, es decir, de su Espíritu.

¿Podría darse este Espíritu en personas fuera de los límites visibles de la Iglesia, es decir, entre los que dicen no creer, o creer “a su modo”? Es posible, pero hablando normalmente, quien se ha convertido a Cristo, confronta su vida cada día con la suya y se esfuerza por ser consecuente, siempre será para nosotros un eco fiable del Espíritu. A nuestros ojos será un verdadero maestro–testigo, a quien hay que escuchar.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.