Carta pastoral de Mons. José María Yanguas: «La meta para todos es la santidad»

Queridos diocesanos:

Noviembre es el mes en que la naturaleza se reviste de colores siempre nuevos y brilla con un esplendor de fascinante plenitud, de serena madurez, de armónica cromaticidad. La liturgia de la Iglesia celebra la solemnidad de Todos los Santos en el inicio mismo de este mes. En ella se nos muestra la belleza y la rica variedad de la santidad, de la plenitud de la vida sobrenatural encarnada en la existencia de tantos cristianos. La belleza de la naturaleza que se manifiesta de manera particular en estos días, parece encontrar su versión sobrenatural en la hermosura y encanto de la santidad cristiana manifestada en mil rostros distintos.

La primera de las lecturas que se leen en la Misa de la solemnidad de Todos los Santos nos ofrece la espléndida visión de una “muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas (…), con vestiduras blancas y palmas en sus manos” (Ap 7, 9). Son los moradores del cielo, los ciudadanos de la Jerusalén celestial, los que han vivido según el espíritu de las bienaventuranzas en este mundo y “han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero (ibídem, 7, 14) y de cuyos ojos ya no brotarán lágrimas nunca más.

A lo largo del año litúrgico se suceden las celebraciones de los grandes misterios de nuestra fe y también las de los grandes santos que nos han precedido y cuya devoción está más extendida entre los fieles cristianos. El día de Todos los Santos veneramos, en cambio, la innumerable multitud de hombres y mujeres que el Papa Francisco ha denominado acertadamente como “los santos de la puerta de al lado” o, según otra expresión suya, como “la clase media de la santidad” (Exhortación Apostólica Alegraos y regocijaos, 7). La santidad de estos hombres y mujeres se nos revela como algo asequible, algo que cae dentro de nuestras posibilidades, por limitadas que estas sean. A este respecto, es bello y estimulante, leer al Santo Padre cuando nos dice que “el Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo de Dios” (ibídem, 6) o cuando, con palabras de la Carta a los Hebreos, nos invita a considerar “la nube ingente de testigos” (12, 1), que nos han precedido y que nos alientan a “no detenernos en el camino, nos estimulan a seguir caminando hacia la meta” (ibídem, 3). Entre esos testigos, dice el Papa, “puede estar nuestra propia madre, una abuela u otras personas cercanas”, cuyas vidas puede que no fueran siempre perfectas, “pero aun en medio de imperfecciones y caídas siguieron siempre adelante y agradaron al Señor” (ibídem).

Es bueno ponderar estas ideas, particularmente hoy cuando parece haber un tenaz empeño por subrayar solo las sombras que no han faltado y no faltan ciertamente en la vida de los hijos de la Iglesia a lo largo del tiempo, pero se pasa por alto el testimonio de millones de cristianos ejemplares por su santidad reconocible, sencilla y discreta, aunque no por eso menos heroica.

La santidad que veneramos en esta solemnidad de Todos los Santos nos alienta en nuestro propio camino como cristianos, nos estimula a buscarla en la vida ordinaria, en el cumplimiento de nuestros deberes familiares, sociales o profesionales. Al final se trata sencillamente de vivir vida cristiana, con coherencia, con la humildad de volver a intentarlo siempre, sirviéndonos de los medios que Dios ha puesto a nuestra disposición para crecer hacia la santidad. La belleza de la santidad de Dios se puede manifestar de manera llamativa, extraordinaria, pero también de modo más humilde y sencillo. La meta para todos es la santidad. El camino concreto para cada uno lo elige el Señor.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).