Carta pastoral de Mons. Atilano Rodríguez: ‘Creo en la resurrección’

La celebración de la Solemnidad de todos los Santos y la conmemoración de todos los fieles difuntos es una ocasión propicia para que los cristianos renovemos nuestra fe en la resurrección de los muertos y nuestra esperanza en la vida eterna, como afirmamos y confesamos cada vez que recitamos la oración del Credo.

Los evangelios nos presentan al grupo de los saduceos, perteneciente a la élite del pueblo judío, que negaban la resurrección de los muertos. Para ellos, quienes afirmaban la resurrección de los difuntos eran gente ingenua y de pocas luces.

Jesús critica su visión de la resurrección y les hace ver que la vida eterna, la vida junto a Dios por toda la eternidad, no puede ser una prolongación de la situación de esta vida, en donde se reproduzcan las injusticias, los abusos y las desigualdades. Es una equivocación ver la vida resucitada por Dios a partir de las experiencias actuales. Entre la vida terrena y la vida plena que, como creyentes, esperamos alcanzar el día que el Señor quiera llamarnos a su presencia existe una diferencia radical, pues es una vida absolutamente nueva. Precisamente por esto, podemos esperarla confiadamente, aunque no tengamos capacidad ni datos para explicarla o describirla.

El apóstol Pablo, cuando presenta el sentido de la vida eterna a los cristianos de la comunidad de Corinto, les indica que se trata de una nueva realidad que el hombre jamás vio, ni el oído oyó, ni hombre alguno ha imaginado. La vida eterna es una realidad novedosa que Dios ha preparado para quienes le aman y confían en él.

Con estas afirmaciones y testimonios, el apóstol nos está diciendo también a nosotros que el cielo es una novedad y, por tanto, no puede compararse con ninguna experiencia terrena. La vida eterna es un regalo de Dios y es preparada por él para el cumplimiento pleno y definitivo de las esperanzas más hondas y profundas del ser humano.

Esto mismo es lo que intenta explicar Jesús a los saduceos, cuando les dice que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es un Dios de vivos y no de muertos pues, aunque estos patriarcas ya hayan muerto, Dios sigue siendo su protector y su amigo. La muerte no puede destruir el amor y la fidelidad de Dios hacia ellos ni hacia nosotros.

Jesús concluye su reflexión afirmando que el Dios cristiano no es un Dios de muertos, sino de vivos. Para Dios todos están vivos, porque él es la vida y la fuente de la vida. Por eso, la unión de sus hijos con él no puede ser destruida por la muerte. Su amor a cada uno es más fuerte que la muerte física. Precisamente por eso, los cristianos, los hijos de Dios, nos atrevemos a decirle: “Dios mío, en ti confío” (Sal. 25, 1).

Con mi cordial saludo y bendición, feliz día del Señor.

 

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.