Carta pastoral del Cardenal Carlos Osoro: El discípulo misionero tiene la vida de Cristo

Acabamos de celebrar el Domund y, hace pocos días en el Evangelio, escuchamos de nuevo la pregunta que Jesús hace a Bartimeo: «¿Qué quieres que haga por ti?». Jesús lanza la pregunta a alguien que no ve y está inmóvil, que está paralizado por su ceguera y no puede seguirlo, y nos la hace a nosotros también. Alcanza nuestro corazón: es Dios mismo interesándose por nosotros, por ti y por mí. Bartimeo no veía, pero podía escuchar el paso de Jesús, como nos puede suceder a cada uno de nosotros. Por eso, gritó: «Jesús ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo a quienes lo acompañaban: «Llamadlo». Cuando el ciego oyó ese «¿qué quieres que haga por ti?», la respuesta fue inmediata: «Maestro, que recobre la vista». Este deseo lo tenemos todos los hombres: queremos vivir plenamente la vida y que esta tenga sentido, queremos experimentar la alegría de vivir. Qué importante es saber que Dios se preocupa por nosotros. Tenemos máxima importancia: Dios se hizo Hombre por nosotros; nos quiere, tiene interés por nosotros, nos ama con entrañas de misericordia.

En lo más profundo de nuestra existencia, todos tenemos ese deseo de felicidad y queremos hacer felices a quienes tenemos a nuestro lado. Es Jesucristo quien puede responder a ese deseo que anida en todo corazón, quien puede dar sentido y alegría. Esta experiencia de cercanía de Jesucristo nos transforma y, como ocurrió con Bartimeo, nos lanza a seguirlo. En este momento de la historia, cuando tantas incertidumbres anidan en el corazón del ser humano en todas las latitudes de la tierra, cuando aparecen de mil maneras cansancios, sinsentidos y agobios, puede surgir la pregunta que hizo Tomás a Jesús: «¿Cómo vamos a saber el camino?». Y hoy, como siempre, nos dice Jesús con toda su fuerza: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Cfr. Jn 14, 5-7). ¡Qué paso importante hay que dar! El paso que dio Bartimeo, quien creyó en el Señor. Hay que tener fe en Él, la que tuvo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16, 16). Anunciemos a Jesucristo.

Todos los discípulos de Cristo hemos de tener y vivir la alegría de anunciar el Evangelio. Hemos de ser discípulos misioneros; hemos de saber contar con nuestra vida y con nuestro testimonio lo que hemos visto y oído. ¿Por qué? Porque Jesús se acerca a nuestra vida y nos dice con un inmenso amor: «¿Qué quieres que haga por ti?»; Él es verdadero Dios y el verdadero Hombre, que nos ha mostrado con su vida el amor entrañable de Dios a todos los hombres sin excepción. Nos ha dado pruebas evidentes de este amor; basta contemplar su vida de entrega absoluta a favor de todos, que se consuma con su muerte y resurrección. ¿Queremos saber quién y cómo es el evangelizador? Acerquémonos y contemplemos al Señor, pues Él es el primer y más grande evangelizador, es el Evangelio de Dios. Discípulo de Jesús es aquel que cree y anuncia esa Buena Noticia que es Jesús mismo. Cree y anuncia. No podemos separar estás dos palabras. Por ello siempre tenemos la invitación a escuchar a Jesús, que es el verdadero Maestro.

Los cristianos, ¿nos hemos dado cuenta de que somos misioneros? ¿Somos conscientes de que hemos de proclamar el Evangelio de Cristo? ¿Qué supone esa proclamación? Entre otras cosas, hay que mostrar con la vida y el testimonio la dignidad humana: Dios nos ha creado a su imagen y semejanza, nos ha hecho libres y con derechos y deberes en medio de toda la creación. Hay que experimentar que somos hijos de Dios y hermanos de los demás y, por ello, nos asociamos para trabajar por el perfeccionamiento del mundo. Somos defensores de la dignidad del ser humano, protegiendo, cultivando y promoviendo siempre esa dignidad, y defensores de la vida, pues Cristo nos asoció a su Vida. También hemos de saber noticiar, entre otras cosas, qué son la familia, el trabajo, la ciencia, la solidaridad y el cuidado con la creación.

En este sentido, como recuerda el Papa Francisco en la exhortación Amoris laetitia –que ahora cumple cinco años–, la familia es patrimonio de la humanidad, es un tesoro, es escuela de fe donde aprendemos a vivir los verdaderos valores humanos, es hogar, con todo lo que esto significa, que acoge con generosidad y responsabilidad la vida humana desde que uno nace. Contemplemos a Dios viniendo a este mundo: «Dios que es amor y vive en sí mismo un misterio personal de amor», en palabras del Papa san Juan Pablo II, optó por vivir en familia en medio de nosotros y por eso la familia es Iglesia doméstica. Es en la familia donde, de corazón a corazón, se van transmitiendo y descubriendo los motivos y el camino que hemos de hacer para pertenecer a la gran familia de los hijos de Dios y ser noticia de Jesucristo para todos los hombres.

Hemos sido enviados para anunciar el Evangelio. Somos misioneros porque el Señor nos dio un encargo que nunca podemos olvidar, el de «anunciar el Evangelio a todas las naciones» (cfr. Mt 28, 19 y Lc 24, 46-48). A todos los cristianos, Jesús nos hace partícipes de su misión y nos vincula como amigos y hermanos. Esta tarea no es opcional, sino que forma parte de nuestra identidad cristiana. Se trata de compartir la experiencia del encuentro con Cristo, dando testimonio y anunciándolo como lo hicieron los primeros (cfr. Hch 1, 8). Convéncete de esto: sin Cristo no hay luz ni esperanza, ni amor, ni presente, ni futuro. Encuéntrate con el Señor y cuenta lo que has visto y oído.

Con mi bendición,

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.