Carta pastoral de Mons. Alfonso Carrasco: Ser activamente Pueblo de Dios

Las más recientes propuestas provenientes de nuestro Papa Francisco insisten en una urgencia pastoral primera: ser realmente un Pueblo en camino, juntos, en una dinámica que se describe como comunión, participación y misión. Es decir, realizar también nosotros hoy lo que constituye nuestro ser como Iglesia, vivirlo en nuestras circunstancias, entre nuestras casas y en nuestra tierra.

Esta urgencia quiere evitar el riesgo de una dispersión que nos amenaza. Somos cristianos y esto determina nuestra forma de vivir; pero nuestra comunidad eclesial, nuestra parroquia, nuestra Iglesia diocesana, no son lugar donde compartamos lo que vivimos, donde aprendamos o maduremos criterios y maneras de hacer, al que pertenezcamos y en el que queramos estar. O podemos también ser cristianos y permitir, sin embargo, que aspectos esenciales de nuestra vida sigan una lógica que no es la de la fe: en relación con la familia, con el dinero, con la responsabilidad social, etc. O podemos ser también cristianos con una relación viva con nuestra comunidad y parroquia, participando, “practicando” nuestra fe; y aún así, a veces, corriendo el riesgo de no conocernos, de compartir poco, de dar una importancia relativa a nuestra “vida eclesial”. Y, por supuesto, existen también aquellos que consideran la fe –quizá recibida de niños– y a la Iglesia como algo ajeno a su existencia y no guardan relación.

La primera urgencia es, pues, reunirnos de nuevo, hacer camino juntos; pero como Iglesia, como “Pueblo santo de Dios”. A ello nos invita la propuesta del Santo Padre de hacer en este curso una experiencia de “sinodalidad”; es decir, de caminar unidos, escuchándonos unos a otros, tomando conciencia de nuestras riquezas y compartiendo nuestras preocupaciones, para poder actuar más responsablemente y orientar el camino que hacemos juntos.

Antes incluso del acierto en la reflexión y en las propuestas, el primer fruto de esta iniciativa está ya en el hecho de este reunirse, de nuestro congregarnos como Iglesia, con conciencia de estar ahí con la propia responsabilidad personal, junto con todos los miembros de ella.

Esta primera acción es decisiva: no disgregarnos, siguiendo un individualismo ampliamente extendido en nuestro mundo; sino reunirnos como cristianos, como realidad eclesial, conscientes de que es el lugar en que se iluminan y se acompañan los caminos de la vida.

Aunque está plenamente en continuidad con la tradición de nuestras casas y de nuestra tierra, este “volver a verse, a encontrarse en la propia parroquia” encuentra hoy la dificultad de una mentalidad muy difundida que niega toda relevancia a la fe cristiana y a la experiencia de Iglesia, o la proclama incluso como algo inverosímil y falso, impropio de gente de nuestro tiempo.

Podemos ver la importancia radical del no dejarse dispersar por estas “corrientes” ideológicas cuando recordamos que la forma que damos libremente a nuestra vida depende de las convicciones profundas que llevamos en el corazón, de las opciones que aceptamos más o menos críticamente como las adecuadas para guiar nuestra existencia. Aquí radica nuestra libertad y la dignidad de nuestra conciencia. ¿Cómo no va a importar nuestra fe, lo que creemos de corazón, la verdad que conocemos? ¿No equivaldría eso a negar toda importancia a la propia persona, a lo que llevamos dentro, a lo que pensamos?

La invitación del Papa afirma claramente lo contrario: importa nuestra persona y nuestra fe, nuestra inteligencia de la realidad; importa poder escuchar y hablar sobre las cosas más esenciales, sobre lo que determinará las decisiones más llenas de consecuencias para nosotros. Y por ello nos invita a un ejercicio de conciencia y de memoria: recordemos que somos cristianos, reunámonos, experimentemos de nuevo que estamos unidos, aportando cada uno su palabra y su responsabilidad, afrontando juntos las cuestiones más importantes, la misión de nuestra vida.

2. Ejercicio de sinodalidad

2.1. Ser comunidad cristiana
Quisiera insistir, por ello, en la propuesta que nos acompaña en nuestra Diócesis en los últimos años como primera línea de acción pastoral: seamos una verdadera comunidad parroquial. No dudemos en dar los pasos necesarios para participar en ella, para hacerla posible y rica con nuestra presencia.

Reunámonos convocados por el Señor, acojamos el don que nos ofrece en la Eucaristía: su sacrificio, el don de su carne y de su sangre, la comunión plena con Él y con el Padre. Somos el “pueblo santo de Dios” cuando acogemos su Palabra, a su Hijo Jesucristo, que nos revela su Amor misericordioso y nos reúne como miembros de su Cuerpo.
Vivamos plenamente nuestra identidad eclesial, cuidando todas sus dimensiones, educativa, catequética y cultural, celebrativa, comunional, caritativa y social. Hagámoslo según nuestras posibilidades, buscando siempre que las riquezas del Evangelio sigan presentes en nuestra tierra, entre nuestras casas y para todos los necesitados, por medio nuestro, de nuestra presencia como Pueblo de Dios. Conservaremos así nuestra fe, la transmitiremos a la próxima generación, la anunciaremos a todos. Y mantendremos viva también nuestra tradición más propia, la de nuestras familias y parroquias, enraizadas desde siempre en la fe cristiana.

Es importante que esto sea posible también en el mundo rural. Nos corresponde a nosotros encontrar las formas mejores para que sigan existiendo en él parroquias vivas, comunidades cristianas reales, en las que pueda seguir expresándose y transmitiéndose la fe, en las que se eduquen las personas, sea posible rezar juntos y celebrar la Eucaristía –al menos los domingos y fiestas de guardar– por los vivos y los difuntos, en las que cuidemos unos de otros.

No dudemos ni un instante de que vale la pena reunirse, acudir juntos a los “centros de referencia” de nuestros lugares de vida, que muchas veces serán interparroquiales. Debemos dar la prioridad a poder seguir siendo Iglesia también en nuestro mundo rural, a vivir unidos, a participar en la Eucaristía dominical y en todas las actividades propias de una parroquia, a ser cristianos y a transmitir nuestra fe; aunque se modifiquen así algunas formas tradicionales o costumbres de siempre, y a pesar de la posible incomodidad y extrañeza inicial de salir del entorno más inmediato. Evitemos la disgregación, también geográfica, caminemos juntos.

2.2. El itinerario sinodal propuesto
Aprovechemos este curso para, siguiendo las indicaciones del Papa, hacer una experiencia sinodal, como Pueblo de Dios presente en cada lugar, en nuestra Diócesis y en el mundo entero. La invitación del Papa nos recuerda que nuestra palabra, nuestra aportación, habrá de ser parte –como en una gran sinfonía– de la voz de la Iglesia universal.

De hecho, según lo previsto, el proceso “sinodal”, tras los encuentros locales, confluirá en un momento diocesano, en el que pondremos en común el trabajo de todos. Las aportaciones de las Diócesis, tras un gran encuentro de todas, se unirán en la de nuestra Conferencia episcopal. Ésta, por su parte, pondrá en común los resultados a nivel continental, en nuestro caso, europeo. Y el último paso, con toda la Iglesia universal, se dará en Roma, en la celebración del “Sínodo de los Obispos” en 2023.
Siguiendo estas indicaciones del Papa, nosotros estamos llamados este año a un especial ejercicio de “sinodalidad”, cuyas formas nos serán comunicadas desde la Santa Sede a principios de curso. Será en todo caso un momento de escucha mutua y de reflexión, de puesta en común. Los frutos, además de las posibles conclusiones a las que se llegue, serán en primer lugar los que recojamos en nuestra propia vida: el bien de no ceder a un proceso de disgregación y de soledad cada vez más amenazante, de reunirnos y confirmarnos en la verdad de la fe en Dios, en la esperanza de la vida y en la preferencia absoluta que corresponde a la caridad en la realización de la existencia.

3. Reavivar nuestra vida eclesial
Esta iniciativa del Papa resuena particularmente en nuestra situación actual marcada por la pandemia. En este tiempo hemos podido comprobar qué importante es nuestro pertenecer y vivir como Pueblo de Dios, con el rostro cercano de nuestras parroquias y comunidades, de nuestra Iglesia. Éste ha sido muchas veces nuestro recurso verdadero ante la soledad, ante la urgencia de dejar atrás el miedo, de afrontar el dolor en la enfermedad y ante la muerte, de dar consuelo al corazón, ayudándonos a reavivar la fe en el Padre bueno, la esperanza de la vida eterna, la certeza y la alegría que produce la caridad.
Hemos podido rezar juntos y celebrar los sacramentos, aunque a veces sólo gracias a las pantallas, cuando las circunstancias sanitarias lo exigían. Y hemos agradecido el amor de los hermanos, no sólo como cercanía, sino también como cuidados concretos y atención en las necesidades.

A veces, sin embargo, nuestra experiencia eclesial ha podido quedarse corta, no pudiendo participar debido a las limitaciones de aforo, suspendiendo actividades y celebraciones por prudencia ante el virus, teniendo que experimentar también la soledad. Fue una situación obligada muchas veces, que significó sin duda sufrimientos; y quizá algunas veces pudimos hacerlo nosotros mismos mejor, y debemos pedir también perdón.

En este curso nos proponemos, en particular, retomar el camino juntos, en todas las dimensiones fundamentales de nuestra vida cristiana, en los gestos y acciones constitutivos de nuestro ser comunidad eclesial, parroquia.

3.1. Celebraciones sacramentales
Las celebraciones litúrgicas han adquirido ya un cierto ritmo regular, aún con las consabidas restricciones. Todos estamos invitados a la participación, en particular en la celebración de la Santa Misa. Sabemos que esto no será siempre posible y que la prudencia, sobre todo a personas de riesgo, aconsejará a veces seguir usando el instrumento de nuestras pantallas. Cuando éste es el caso, no hay en ello mal alguno.

Pero, desde nuestra responsabilidad pastoral y con las debidas precauciones, es importante que invitemos a la participación y mantengamos abiertas nuestras iglesias, en particular aquellas que han sido designadas como referencia en las diferentes zonas en caso de cierre por riesgo de Covid; así como aquellas que son “centros interparroquiales” en el contexto de nuestras unidades pastorales.

Conviene seguir este principio de pastoral litúrgica también para la celebración de sacramentos como bautismos, primeras comuniones, confirmación o matrimonios. Con la prudencia necesaria, demos pasos para hacerlos posibles de nuevo en nuestras parroquias.

3.2. Catequesis
Ello implica igualmente hacer posible la realización de la catequesis del mejor modo. La experiencia del pasado año nos ha enseñando mucho: es posible darle forma buena y segura, utilizando también los recursos de internet, ya bastante conocidos y compartidos. En este sentido, podríamos decir que las nuevas tecnologías, en las que viven niños y jóvenes, ocupan ya un puesto importante en nuestra catequesis. Acertar a usarlas adecuadamente será posible con la ayuda de los compañeros y de la correspondiente Delegación. Pero, de un modo u otro, procuremos que la catequesis no quede ya paralizada este año en nuestras parroquias.

3.3. Acompañamiento en la enfermedad y la soledad
La experiencia de la pandemia está poniendo ante nuestros ojos la enfermedad y la soledad como un reto pastoral primero.
Podemos entender esta situación como una verdadera interpelación a nuestra vida eclesial, una llamada a que potenciemos en las parroquias la atención y la visita a los enfermos, nos preocupemos de las personas que viven en soledad –sobre todo las mayores– y pueden encontrarse con necesidades de todo tipo.

Las residencias de ancianos que se hallan en nuestro territorio –parroquial o de zona– nos piden igualmente atención pastoral. Como hemos visto en los meses pasados, la presencia del sacerdote o de otras personas idóneas resulta muy necesaria, aunque también difícil muchas veces.

En todo caso, conviene que consideremos en serio, en parroquias y arciprestazgos, estos desafíos, respondiendo en la medida de nuestras posibilidades. La relación con la Delegación de pastoral de la salud, y con los capellanes de hospital, podrá ser de ayuda para ello.

3.4. El esfuerzo de la caridad
Mantengamos igualmente el esfuerzo de caridad que hemos hecho este curso pasado. Las necesidades no han disminuido; muchos están hoy en riesgo de pobreza o viven ya grandes dificultades. Mantengamos el acompañamiento mutuo, la atención a los más cercanos; procuremos apoyarnos unos a otros en las necesidades, a veces no expresadas por una cierta vergüenza. En el tejido de la vida cotidiana, nada puede sustituir nuestro caminar juntos, como comunidad verdadera.

Pero cuidemos igualmente nuestras “Caritas” parroquiales e interparroquiales, y la relación con la diocesana. Demos preferencia a su buen funcionamiento, hagamos presente en nuestras celebraciones y encuentros la necesidad de la colaboración con ellas. Recordemos que disponemos del fondo especial Sempre Xuntos, nacido en los meses de confinamiento como gesto pastoral diocesano; podemos usarlo y también seguir proponiéndolo como instrumento dedicado específicamente a las necesidades surgidas de la pandemia.

4. Año Santo Compostelano
Como sabéis, este curso será de nuevo Año Santo en Santiago de Compostela, por un privilegio papal.
A todos nos recuerda que somos peregrinos; pero también que tenemos fe, que recorremos juntos las etapas, a veces largas y difíciles, y que estamos ciertos del destino; que nos esperan momentos de gozo y que nuestra meta es el “pórtico de la gloria”. El pecado y el sufrimiento han encontrado un límite en la misericordia del Señor, que nos ha anunciado el Apóstol, en la “gran perdonanza” que proclama el Año Santo, en la gran caridad del “Amor de los amores”, que adoramos en el Altar mayor de nuestra Catedral.

Necesitamos experimentar la certeza del perdón, del ser acogidos en el abrazo misericordioso del Padre, de que caminamos hacia el hogar y la patria verdaderas; necesitamos participar en primera persona en el sacramento de la reconciliación.
A ello nos ayudará no olvidar ni dejar de pedir la intercesión de quienes nos preceden en el camino de la fe. Somos peregrinos, pero como miembros del Pueblo de Dios, de una tradición muy larga, humanísima y viva, animada por la gracia de Dios y enraizada en nuestra tierra por la predicación de Santiago. Por eso, si las circunstancias lo permiten, haremos este curso como Diócesis un gesto de peregrinación a la tumba del Apóstol, que exprese nuestro agradecimiento y fidelidad al Señor, y le presente nuestra petición de perdón y de gracia abundante en la actual situación. Allí podremos decir: ¡Dios ayuda, y Santiago!
Pidamos, por tanto, a la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, su protección materna para todo su Pueblo, especialmente para quienes sufren en el cuerpo y en el alma, para quienes más necesitan sentir el cariño de la caridad verdadera. Que sus “ojos grandes” no dejen de estar atentos a los que peregrinamos en la Diócesis de Lugo, y nos consigan la gracia de una mirada y una caridad semejante para con todos los que nos acompañan en el camino.

Que por su intercesión, la de San Froilán y la de todos nuestros santos lucenses, el Señor nos bendiga en este nuevo curso pastoral. Que Él nos conceda permanecer unidos en la fe y en la caridad, y ser en nuestra tierra familia suya, testigos de la esperanza y la luz que el amor de Dios enciende en el corazón de todos los hombres.

+ Alfonso Carrasco Rouco

Obispo de Lugo

Mons. Alfonso Carrasco Rouco
Acerca de Mons. Alfonso Carrasco Rouco 37 Articles
Nació el 12 de octubre de 1956 en Vilalba (Lugo). Cursó la enseñanza secundaria en el Seminario de Mondoñedo y los estudios de Filosofía en la Pontificia Universidad de Salamanca (1973-1975). Después estudió Teología en Friburgo (Suiza), donde obtuvo la Licenciatura en 1980. Fue ordenado sacerdote el 8 de abril de 1985 en la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol. De 1980 a 1981 realiza labores de investigación en el Instituto de Derecho Canónico de la Universidad de Munich. De 1982-1987: Profesor asistente de la Cátedra de Moral Fundamental de la Universidad de Friburgo. Becario del “Fondo nacional suizo para la investigación” de la Universidad de Munich (1987-1988). En 1989 se doctora en Teología en la Universidad de Friburgo, con la tesis titulada: “Le primat de l’évêque de Rome. Étude sur la cohérence ecclésiologique et cononique du primat de juridiction”. Entre los años 1989-1991 forma parte del equipo parroquial de Santa María de Cervo, encargado de seis parroquias, en la Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, donde ejerce también como docente de la “Escuela Diocesana de Teología” . En 1992 se desplaza a Madrid como profesor agregado de Teología Sistemática del “Instituto Teológico San Dámaso”, convirtiéndose en catedrático en 1996. Este mismo año es nombrado consiliario del Centro de Madrid de la AcdP (Asociación Católica de Propagandistas). Desde 1994 a 2000 ejerce como director del “Instituto de Ciencias Religiosas” del Centro de estudios teológicos “San Dámaso” y vice-decano de la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid desde 1998 a 2000. Decano de la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid, desde 2000 a 2003. Durante los años 2001-2006 colabora regularmente en las Teleconferencias de la Congregación para el Clero para la formación permanente del clero (www.clerus.org). En 2004 actúa como relator de la Cuarta Ponencia (“Cómo vivir la comunión en la Iglesia”), y miembro nato de la Asamblea y de la Comisión central del Tercer Sínodo Diocesano de Madrid, clausurado el día 14 de mayo de 2005. Es miembro, además, de la Comisión Teológica Asesora de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española desde 1995; Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Española de Teología y del Consejo Asesor de Scripta Theologica, Communio Nuntium (edición en español) (1992-2005). Fue también, hasta su ordenación episcopal, profesor de Teología dogmática en la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid (desde 1996) y director del Departamento de Dogmática de la misma Facultad en 2006. Durante su estancia en Madrid colaboró pastoralmente en la Parroquia de “San Jorge, mártir de Córdoba”.