Carta pastoral de Mons. Francisco Jesús Orozco: «Cuenta lo que has visto y oído» (Hch 4,20)

El mes de octubre es el mes misionero por excelencia y el 24 de octubre el domingo mundial de las misiones, el DOMUND. Este año con el lema “Cuenta lo que has visto y oído”, recordamos que nuestra misión bautismal es anunciar el Evangelio y trabajar por el Reino de Dios. Es vivir lo que nos dice el apóstol San Pablo: “Evangelizar no es gloria para mí, sino necesidad”. “¡Ay de mí si no evangelizara!” (1ª Cor 9,16).

En este tiempo duro de pandemia hemos experimentado la necesidad de Dios inscrita en la vida y en el corazón de las personas, que necesitamos encontrar palabras de Vida eterna. El ser humano descubre en sus heridas el anhelo de Dios. Esta necesidad de la presencia de Dios puede ser reconocida en el interior del hombre, porque, como decía Agustín con una expresión muy conocida: «Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Somos “homo viator” (persona en camino), conocedores de la gracia recibida por nuestro bautismo, experimentada en ese encuentro con Cristo Resucitado, que nos impulsa a salir de nuestra zona de confort para anunciar de una manera explícita a Jesucristo y este crucificado, como hicieran los apóstoles (Cfr. 1Cor 1,23). La vacuna que más necesita hoy nuestro mundo se llama Jesucristo y la Iglesia misionera está llamada a ser el “hospital de campaña” donde todos la encuentren.

Como dijera Pablo VI y nos repite constantemente el magisterio eclesial, el fin último de la Iglesia es la evangelización, es la misión: «Ella existe para evangelizar» (Evangelii Nuntiandi, 14). Y nosotros, cada uno desde el lugar que tiene en la Iglesia y con los dones y carismas que ha recibido, ha de ser misionero, es decir, está llamado a hacer visible el amor que Dios le regala en su vida, a contar lo que ha visto y oído. Nos lo recuerda el Papa Emérito Benedicto XVI, en su encíclica Deus Cáritas est: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”. Esa Persona no ha de quedar escondida para nuestro bien, eso es egoísmo. Como nos dice el papa Francisco, de igual manera que Dios se proyecta en la donación de su Hijo para salir a redimir al mundo, se nos pide que colaboremos en la creación de «una comunidad de pertenencia y solidaridad, a la cual destinar tiempo, esfuerzo y bienes» (Fratelli Tutti, 36). El Amor con mayúsculas es quien nos impulsa en esta tarea «Quien se ofrece y entrega a Dios por amor seguramente será fecundo» (Evangelii Gaudium, 279).

En esta tarea de una manera visible y clara, están nuestros queridos misioneros. Ellos han dejado su tierra para anunciar a Cristo, han dejado casa y familia para anunciar el Reino de Dios en tierra lejanas. Aquello que han visto y oído en la Iglesia, en sus familias, en sus pueblos, en su corazón, lo comparten con las personas que encuentran en las comunidades que atienden. Llevan en su interior el deseo de contar lo que han visto y oído (Cfr. Hch 4, 20).

El DOMUND se nos presenta como una manera de visibilizar y hacer presente la labor evangelizadora que la Iglesia realiza en los territorios de misión. Las Obras Misionales Pontificias son el instrumento del Papa para la misión, por eso, esta campaña imperada por la Iglesia, tiene unos fines muy concretos: 1. Iniciar a los fieles en la “contemplación” del rostro de Dios, en el que se reflejan los rostros de los más pobres y necesitados. 2.Promover entre los fieles una sensibilidad y predilección hacia los que, aun sin saberlo, buscan conocer y ver a Jesús. 3. Participar en las actividades organizadas por las comunidades eclesiales con motivo de la celebración del DOMUND. 4. Colaborar con una generosa aportación económica para atender las necesidades materiales de los misioneros y de las misiones. 5. Intensificar la oración y el sacrificio por las vocaciones misioneras de sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos.

Nuestros sacrificios, oración y generosa colaboración económica son una excelente forma de unirnos a nuestros misioneros y compartir sus misiones, de participar en su servicio a la fe, lleno de dificultades, de vivir nuestra identidad bautismal misionera. Esta diócesis os tiene en cuenta, queridos misioneros. Siempre en comunión afectiva y efectiva con vosotros.  También agradecemos los trabajos de nuestro delegado de misiones. Fomentemos las vocaciones misioneras. Que nuestra plegaria sea constante al Señor “para que envíe trabajadores para su cosecha» (Lucas 10,2).

En la fase diocesana del sínodo, hemos de reflexionar sobre nuestra manera de evangelizar y atender las tareas pastorales que estamos realizando en nuestra Diócesis. Trabajemos para que siempre estén abiertas a las necesidades de la Iglesia universal. Nuestra tarea como presbíteros, consagrados y laicos es el evangelio con pies de discípulos misioneros. Cada uno en el lugar al que Dios le ha llevado y teniendo en el corazón siempre a toda la Iglesia.

Pidamos la intercesión de la Santísima Virgen y, en este año Josefino, del glorioso patriarca San José, para que custodie nuestros proyectos y nos haga testigos misioneros en cada rincón de nuestra casa común.

 

Recibid mi afecto y mi bendición.

+Francisco Jesús Orozco Mengíbar

Obispo de Guadix

Mons. Fco. Jesus Orozco Mengibar
Acerca de Mons. Fco. Jesus Orozco Mengibar 23 Articles
Francisco Jesús Orozco nació en Villafranca de Córdoba el 23 de abril de 1970. Cursó los estudios eclesiásticos en el seminario diocesano de Córdoba, obteniendo el bachillerato en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid, centro al que el seminario cordobés estaba adscrito. Fue ordenado sacerdote el 9 de julio de 1995. Es licenciado en Teología Fundamental por la Universidad Lateranense de Roma (1998-2000) y doctor en Teología Dogmática por esta misma Universidad. Ha desarrollado su ministerio sacerdotal en la diócesis de Córdoba, donde ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial de San Francisco Solano en Montilla y profesor de Liturgia en el seminario diocesano (1995-1996); delegado diocesano para la pastoral juvenil (1996-1998); vicerrector del seminario menor (2003-2007); y capellán del monasterio del Sagrado Corazón (2003-2007). Desde este último año ha sido vicario episcopal territorial de La Campiña; párroco de Santo Domingo y de San Mateo Apóstol de Lucena; rector del Santuario de María Santísima de Araceli de Lucena; miembro del consejo presbiteral; secretario y miembro del colegio de consultores; profesor de Teología Fundamental; Fenomenología e Historia de las Religiones, Antropología y Escatología en el seminario mayor San Pelagio y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas “Beata Victoria Díez”. En el año 2011 fue nombrado vicario general de la diócesis de Córdoba y en 2012 párroco de San Miguel y Ntra. Sra. de la Merced de Córdoba.