Carta pastoral del Cardenal Carlos Osoro: En la fase diocesana del Sínodo

El domingo pasado, en todas las Iglesias particulares diseminadas por el mundo, abríamos la fase diocesana del Sínodo, que lleva por tema Por una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión. En el corazón de todos los que nos reunimos en la catedral de la Almudena estaba el deseo de que el gran protagonista de este encuentro en nuestra Iglesia diocesana sea el Espíritu Santo. Estamos convencidos de que, si falta Él, no hay Sínodo. Que nunca tengamos la tentación de convertir esta consulta en un parlamento o en un tiempo para sondear opiniones. Nada de eso es el Sínodo. A lo que se nos invita es a que nos reunamos en nombre de Jesucristo y pidamos al Espíritu Santo su ayuda, su ardor, su fuerza y su inspiración; que venga y nos acompañe en este momento, como lo hizo en los mismos comienzos de la Iglesia, para que, como entonces, nos pongamos en camino sin miedos, fiándonos de Aquel que nos dijo que nunca nos dejaría solos.

Vamos a vivir un tiempo de escucha. No tengamos miedo a disponernos a escuchar a todos los que viven en nuestra Iglesia diocesana. Más que de buscar mayorías, se trata de compartir entre todos, con todos y para todos la pasión por la misión que tenemos los bautizados: la evangelización. Ya lo dijo el Señor antes de ascender a los cielos: «Id y anunciad el Evangelio». En esta nueva época, los discípulos de Jesucristo, la Iglesia, queremos que todos piensen y manifiesten lo que el Espíritu suscita en sus vidas como bautizados que son, en el seno de una comunidad jerárquicamente estructurada. Como recordaba el Concilio Vaticano II, los obispos estamos llamados a discernir lo que el Espíritu dice a la Iglesia no solos, sino escuchando al Pueblo de Dios, que «participa también en la función profética de Cristo» (LG 12).

En este sentido, hay una página del Concilio Vaticano II que siempre me ha resonado de forma especial y que ha vuelto a mí estos días: la constitución Dei Verbum incide en que el Pueblo de Dios, reunido por su pastores, se adhiere al «depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia» y persevera en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la oración… Así, «prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida» (cfr. DV 10).

¡Qué bueno es descubrir el camino sinodal! No es un camino para ver quién puede más o quién piensa mejor y vence. No. Al hacer este camino, la Iglesia se presenta como una profecía para este mundo. Ninguna comunidad de naciones es capaz de proponer un proyecto compartido, pero la Iglesia entiende que cada uno tiene algo que aprender del otro, que cada uno ha de escuchar a los otros y que todos escuchamos al Espíritu Santo. Haciendo este camino juntos nos unimos a todos los miembros de la Iglesia, a todos los bautizados, pues estamos unidos por el Bautismo. Pero además, como nos dice el Concilio Vaticano II, nos unimos a toda la humanidad, dado que compartimos con ella «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» (GS 1). ¡Qué fuerza tiene descubrir quiénes somos y a qué estamos llamados como bautizados!

En el Evangelio, ¿cuántas veces hemos escuchado y meditado la presentación que Jesús hace de sí mismo? Él nos dice que es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6) y, a los cristianos, nos llamaban en el origen los «discípulos del camino» (Hch 9, 2). Por eso hemos de descubrir y entender que la sinodalidad es mucho más que la celebración de encuentros eclesiales. Hemos de entender la sinodalidad como una forma de vivir y de obrar de la Iglesia, Pueblo de Dios; se realiza en concreto, caminando en comunión, reuniéndonos en asamblea, participando todos activamente en la misión evangelizadora… Es desde aquí desde donde podemos entender las tres claves del Sínodo para una Iglesia sinodal: comunión, participación, misión.

Hoy hemos de ser grandes de corazón, al estilo y a la manera de Cristo, como os decía el domingo en la catedral, «porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar vida en rescate por muchos» (cfr. Mc 10, 35-45). Cuando en muchos lugares predomina una mentalidad secularizada, que tiende a expulsar la religión del espacio público, y mientras en otros se da un integrismo religioso que no respeta la libertad de los demás y alimenta la intolerancia y la violencia, la Iglesia está llamada a renovarse bajo la acción del Espíritu Santo. Solo escuchándonos, dialogando, discerniendo, caminando juntos y siendo un signo profético en este mundo estaremos a la altura de la misión que nos ha dado Jesucristo. Hemos de dejarnos educar por el Espíritu Santo, con la audacia de quienes desean entrar en un proceso de conversión, en esa «perenne reforma, de la que la Iglesia misma, en cuanto institución humana y terrena tiene siempre necesidad» (EG 26).

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.