Carta pastoral del Cardenal Carlos Osoro: Tenemos a un Dios que nos ama

La pandemia, que de acuerdo con los datos está remitiendo, ha sido tiempo de desasosiego y a la vez de búsqueda de felicidad, de buscar ese Amor que nos salva y nos da presente y futuro. Hemos estado apasionados por ver cómo se investigaba y desaparecía este virus que nos tenía atemorizados y nunca satisfechos. Esta inquietud nos ha unido a todos. Ha sido, sin lugar a dudas, un punto de encuentro y de convergencia en medio de las diferencias. ¡Qué lectura honda podemos hacer de esta situación! Hay una que surge de inmediato: la sed de amor y de felicidad que tenemos todos los hombres, que aparece cuando nacemos y desaparece cuando damos en este mundo el último suspiro. Pero esta sed la podemos quitar en este mundo sencillamente dejándonos envolver por el Amor de Dios manifestado y revelado en Jesucristo.

Es evidente que todos tenemos necesidad de ser felices, pero ¿qué felicidad buscamos? ¿Qué medios pueden asegurarnos la misma? ¿Qué lugar ocupa el prójimo en esta búsqueda? La pandemia nos ha situado en una vulnerabilidad tan profunda, que nos ha permitido caer en la cuenta de que esa felicidad querida, buscada siempre, ansiada por todos los hombres, no la encontramos con nuestras fuerzas que son limitadas, sino que hemos de buscarla más allá de nosotros mismos. Los que creemos sabemos quién nos la puede dar, cómo se alcanza. Es cierto que, entre nosotros, algunos piensan que para alcanzar la felicidad hay que liberar de Dios al hombre, pero en esta pandemia hemos experimentado que depender de nosotros mismos o de lo que se descubriese para liberarnos del virus no basta. Hemos sentido la necesidad de la cercanía de Dios al hombre. De un Dios que ama la vida del hombre y que ofrece la alegría duradera a todos los hombres.

¡Qué bella es la vida! La experiencia cristiana nos dice que, a pesar de las pruebas que encontremos en el camino, de las contrariedades que surjan en el mismo, Dios nos ama. La prueba evidente de ese Amor nos la dio haciéndose presente en este mundo a través del misterio de la Encarnación, tomando rostro humano. No estamos solos, acompaña nuestra vida en todas las situaciones. Esta realidad nos sitúa en la vida de un modo diferente, regalándonos un horizonte de existencia en el que el Amor mismo de Dios nos envuelve. Nuestra vida está marcada por muchas fragilidades, que se manifiestan en el niño, el anciano, el enfermo, el pobre, el que está abandonado, el inmigrante, en quien está en la cárcel o en quien sufre cualquier clase de marginación… Todos los sufrimientos nos hacen experimentar la fragilidad, pero en todos está el Señor que nos dijo: «Estaré con vosotros siempre».

En este año y medio de pandemia la experiencia de la fragilidad, de la enfermedad en nuestra propia vida o en la de nuestros seres queridos, nos ha recordado que no somos eternos ni somos omnipotentes. Es cierto que la humanidad hizo grandes progresos y conquistas, pero la vida no depende de nosotros solamente. Es más, la experiencia de la vulnerabilidad y de la fragilidad nos hace ver que los bienes más importantes son la vida y el amor. Y estos bienes no son nuestros, sino que nos han sido entregados y regalados por Dios mismo.

Esos deseos de vida, de seguridad, de tranquilidad, de felicidad, nos abren a un gran deseo de esperanza que existe en todo ser humano. El ser humano espera, pero ¿qué espera? La esperanza tiene que ver con la alegría de vivir, por eso no podemos vivir sin esperanza. Y esta no llega al corazón humano si no somos capaces de preguntarnos ¿para qué estoy aquí? La respuesta nos la ofrece Jesucristo, que nos regala un horizonte de sentido. La misma respuesta que regaló a la hermana de Lázaro cuando le dijo: «“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. Ella le contestó: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”». Porque, quien se siente amado, buscado, sostenido en la vida diaria, va más allá del final. Con palabras de Gabriel Marcel: «Si hay en mí una certeza inquebrantable, es la de saber que, un mundo que es abandonado por el Amor se hunde en la muerte; pero allí donde el Amor perdura, allí donde triunfa sobre todo lo que quisiera abatir, la muerte es vencida definitivamente».

La pandemia que aún vivimos, marcada por la muerte, la enfermedad, el dolor o la soledad, nos ha hecho volver a mirar a Jesucristo que irradia y contagia su Amor. Un Amor de tal calado que nos hace salir de nosotros mismos para ir a los demás en su diversidad. La pandemia nos ha hecho redescubrir que estamos hechos para amar, pero no con cualquier amor, sino que hemos de acoger el Amor de quien verdaderamente nos ama y lo hace incondicionalmente. Siempre me gustaron y las llevo escritas en mi cartera estas otras palabras de Gabriel Marcel: «Amar a alguien significa decirle: ¡tú no morirás!». Yo añado que estas palabras solamente las puede decir Dios. Y así nos lo dijo Jesucristo: «El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá».

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos, Cardenal Osoro Sierra
Arzobispo de Madrid

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.