Carta pastoral de Mons. Jesús Murgui: Reflexiones ante el inicio del nuevo curso pastoral diocesano 2021-2022​

Antes de nada, debemos expresar nuestra gratitud a Dios porque nos ofrece un nuevo curso para servirle. Así como conviene recordar que es importante vivir esta circunstancia desde nuestro ofrecimiento a Él, y desde nuestra súplica para que sepamos discernir y seguir lo que es su voluntad sobre cada uno de nosotros y cumplirla por el bien de la Iglesia y de la Humanidad.

Este inicio de curso se ve afectado por circunstancias bastante singulares, desde el marco histórico en el que se encuentra nuestra Humanidad y también nuestra Iglesia. Fijémonos en algunas de estas circunstancias, desde lo que enseñan tres documentos considerados como especialmente referenciales en el magisterio de Papa Francisco.

“Laudato si”: Muchas voces de sabios y entendidos reiteran constantemente que la Creación está herida, y que con un lenguaje muy suyo “grita”, desde el maltrato al que esta sometida por la Humanidad. Este mismo verano la naturaleza nos ha traído “olas de calor” junto a inundaciones, e imágenes de muerte bien cercanas, en el Mar que tenemos al lado, y datos de la última “ola de la pandemia”, algunos, quizás, sorprendentes por afectar a muchos tras el nivel alcanzado en las vacunaciones. Todo ello deja un poso de incertidumbre, cuando no de miedo, de resignación y cierto creciente fatalismo.

“Fratelli Tutti”: Nuestro mundo lleva viviendo injustas confrontaciones, dramas de violencia, sufrimiento y muerte, desde sus inicios, desde la noche de los tiempos. Este verano nos ha sobresaltado con imágenes cercanas del drama migratorio y de algunas confrontaciones endémicas, comenzando por los niños vagando por Ceuta, la situación al límite en Haití o el
Líbano, y terminando por la huida de Kabúl y los muertos por atentado. Un gran drama el de Afganistán, en medio de tantos desastres que en diversos lugares aplastan a los más débiles. Drama que se produce, entre otras circunstancias, ante un Occidente que parece navegar sin brújula y con sus raíces y valores como inexistentes. Parte de ese Occidente es nuestro país,
donde parece como si se hubiera esfumado la Transición, su espíritu de superar rupturas de siglos y sus grandes ideales de encuentro y complementariedad que la hicieron posible.

En este contexto y en relación con él, hemos abierto el mes de septiembre con la entrevista al Santo Padre en la COPE, y en la que él ha abordado algunas de las grandes cuestiones mencionadas, desde el realismo y la sabiduría, insistiendo el papa en las grandes claves de su enseñanza de estos años, contenidas en los tres documentos a los que estamos haciendo referencia.

“Evangelii Gaudium”: Precisamente, en un contexto como el actual, resulta especialmente necesario atender al llamamiento de este documento que nos dejó como gran referencia programática de su pontificado, y que sigue vigente, como queda de manifiesto en la citada entrevista de Papa Francisco en la COPE, es decir: una Iglesia convertida pastoralmente hacia
fuera de sí misma, en salida, portadora de la verdad de Jesús y la alegría de su evangelio a un mundo llamado a respetar y salvar un planeta herido, una casa común que estamos obligados a legar viva a las futuras generaciones; una Iglesia signo e instrumento de una Humanidad unida y no enfrentada, de una Humanidad donde la persona sea el centro del orden social y
económico, donde el respeto y la fraternidad sean factores para superar injusticias, hambres y guerras, marginaciones y descartes, incluidos los descartes señalados por el Papa en dicha entrevista, y que afectan a los mayores-enfermos terminales (eutanasia) y a los no nacidos (aborto); una Iglesia que, al servicio del bien de la Humanidad, ofrece el Evangelio que cura y
transforma, que salva, que da sentido a la vida y a la muerte, que es fuente de la Caridad en la Verdad.

Para hacer este servicio resulta de necesidad reforzar entre nosotros nuestra conciencia como Iglesia: es decir, reanimar y actualizar la conciencia de lo que somos y estamos llamados a vivir y testimoniar como Iglesia de Jesús, que nace de su Misterio Pascual y del Espíritu que derramó en la Iglesia naciente el día de Pentecostés. Una identidad maravillosamente mostrada en la
doctrina del Vaticano II y de todo el Magisterio postconciliar.

Unido a esto, urge igualmente seguir trabajando en nosotros la autoestima como Iglesia, tanto a nivel universal y diocesano, como hacia la propia comunidad inmediata. Valorar lo que somos, lo que es nuestra aportación a la humanidad en el largo y fecundo pasado y en el presente, superando tanta ignorancia, cuando no tanta maledicencia, incluso entre los nuestros, que
muchas veces hablan desde una nula visión sobrenatural sobre la institución y sobre sus guías.

Andemos alerta, pues desde la cultura de la permanente sospecha y el cuestionamiento de toda mediación eclesial se abona el camino de la parálisis pastoral, de la justificación de todo tipo de inacción y de la esterilidad personal o de grupo, de la desaparición de la fe en la presencia y acción de Dios en su Iglesia, y del entusiasmo y el compromiso consiguientes, siempre
necesarios, pero especialmente imprescindibles en nuestros tiempos.

Teniendo, pues, en cuenta las circunstancias en las que nos corresponde vivir, y convencidos de que el momento nos urge a ser miembros activos de una Iglesia que presta un enorme servicio, concienciando y ayudando a un cambio en el tratamiento y cuidado de la Creación, de nuestro planeta, y de una Iglesia que lleva en sí misma ser constructora de una humanidad más fraterna; Iglesia en salida, misionera, convencida en ofrecer la verdad liberadora de Jesús a la Humanidad. Desde ahí, encaremos el nuevo curso, conscientes de las características que van a singularizarlo tanto en nuestra diócesis, como en el gran marco de la Iglesia de la que somos parte.

En cuanto Iglesia Universal, se nos ofrece la oportunidad de participar en un proceso sinodal, por el que nos uniremos a la preparación del próximo Sínodo de los Obispos. Igualmente, siguiendo en el Año de San José, estamos inmersos en el “Año de la Familia Amoris Laetitia”, y en el proceso de preparación de la JMJ de Lisboa-2023, que entre nosotros se hará visible,
puntualmente, con la venida a nuestra diócesis de la Cruz y el Icono de María de la JMJ, los próximos 17 y 18 de este mes, y de un modo más permanente con el desarrollo de nuestro Sínodo diocesano de los Jóvenes, en el curso que iniciamos.

En cuanto Diócesis, proseguiremos el esfuerzo de adaptación y de creatividad con el que hemos respondido y debemos seguir respondiendo a estos tiempos de pandemia y sus consecuencias; y esto como comunidad diocesana, en las distintas parroquias, delegaciones y secretariados, colegios y movimientos, congregaciones religiosas y servicios de acción caritativa y social,
asociaciones y Cofradías, y las más diversas acciones evangelizadoras y catequéticas desplegadas entre nosotros.

En ayuda de esta respuesta diocesana a nuestras presentes circunstancias sociales y pastorales, ofrecemos, como en el curso anterior, las Orientaciones Pastorales Diocesanas que, en su publicación, ponemos a disposición de todos, de toda la diócesis, para que sirva de referente para un trabajo conjuntado, y sirva de estimulo y soporte a la creatividad pastoral y al
compromiso desplegado como Iglesia, en comunión. Por mi parte, desde las circunstancias de ayuno eucarístico y de la limitación de asambleas y encuentros, que vivimos como consecuencia de la pandemia durante el confinamiento y que nos han seguido marcando también después con otros mecanismos, me permito poner el acento en la Eucaristía, “Venid y comed” (Jn 21,12), y en la Eucaristía dominical más en concreto, como necesidad vital para nuestros cristianos y para nuestras comunidades, especialmente las parroquiales; así como todo lo referente al primado de la Caridad y la siempre especialmente urgente transmisión de la Fe, en la catequesis parroquial y la familia, y en nuestros colegios y realidades asociativas laicales y de consagrados. Unas necesidades que hacen, si cabe, más acuciante la promoción creciente del Laicado a todos los niveles, y para la que nos valen muchísimo las líneas de trabajo del reciente Congreso Nacional.

También, como en cursos anteriores, y al servicio del clero diocesano, ofrecemos, en publicación aparte, materiales que resultan apropiados y de ayuda a la formación permanente de quienes tienen el encargo, vital para nuestras realidades eclesiales, de ser servidores y guías de nuestras comunidades, encargo que en la publicación presente es destacado como “oficio de amor”, rememorando la conocida definición de San Agustín sobre el ministerio en la Iglesia, y centrando dichos materiales en la reflexión y aplicación del conocido dialogo del Señor Resucitado con Pedro ( Jn 21, 15-19).

Por otra parte creo oportuno recordar aquí, que en nuestra Diócesis es un curso en el marco del cual se dan las circunstancias para que se materialice el correspondiente relevo episcopal, al haber alcanzado la edad de presentar al Santo Padre mi renuncia al servicio pastoral como obispo de la diócesis, cosa que ya realicé en la fecha que correspondía. Mi deseo al respecto es
que esto sea circunstancia de gracia para nuestra Iglesia diocesana: oportunidad para acoger a quien venga a servirla en el nombre del Señor, reviviendo la convicción de fe que es Él quien provee de los necesarios pastores a su Iglesia; y oportunidad de recordar y revivir todo aquello que nos enseña nuestra fe católica acerca de quien es el Obispo y su lugar y servicio en la Iglesia. Recemos, pidamos al Señor, que por su gracia así sea.

Esto último que acabo de mencionar no debe afectar a que realmente nos centremos en la tarea debida de la que hemos hablado, por tanto nada de provisionalidades, por favor bien centrados en nuestra tarea: una Iglesia no autorreferencial, sino volcada en el servicio a nuestro mundo y sociedad, desde el Evangelio de Jesucristo encarnado en el momento actual. Esto se tiene que materializar en las distintas iniciativas que sean animadas desde los encuentros diocesanos de este comienzo de curso, iniciativas que se deberán adaptar a las realidades comunitarias concretas y sumar a la creatividad que el Espíritu vaya suscitando. Pidamos precisamente al Espíritu Santo que nos asista para seguir sirviendo con ilusión y entrega la misión recibida del Señor. Que María, Madre de Dios y madre nuestra, interceda por nosotros a lo largo del curso que comienza.

+ Jesús Murgui Soriano
Obispo de Orihuela-Alicante

 

Mons. Jesús Murgui Soriano
Acerca de Mons. Jesús Murgui Soriano 175 Articles
Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.