Carta pastoral de Mons. Salvador Cristau: ¿Tenemos vacuna?

El Santo Padre, en la carta Fratelli tutti que estamos comentando en los escritos del mes de agosto continua repasando todavía algunos espacios de oscuridad que se dan en nuestro tiempo como la relativización de los derechos humanos, una globalización sin otro sentido que los intereses económicos, el consumismo que de ello se deriva, la agresividad que impregna el ambiente que respiramos, el azote de la pandemia que estamos viviendo. En este sentido nos dice el Papa:

“Es verdad que una tragedia global como la pandemia de Covid-19 despertó durante un tiempo la consciencia de ser una comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal de uno perjudica a todos. Recordamos que nadie se salva solo, que únicamente es posible salvarse juntos. Por eso dije que “la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades […] Con la tempestad se cayó el maquillaje de estos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa bendita pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos” (32).

El Papa, sin embargo, no se queda en este análisis sobre un mundo vacío.

Es cuando nos encontramos con nuestra realidad, bien pobre por cierto, en medio de esta tempestad, es entonces cuando descubrimos que hay una verdad más allá de las apariencias, una verdad que supone una mirada más allá y más interior. Descubrimos  entonces que es posible la esperanza.

“Invito a la esperanza, que nos habla de una realidad que está enraizada en lo profundo del ser humano, independientemente de las circunstancias concretas y los condicionamientos históricos en que vive. Nos habla de una sed, de una aspiración, de un anhelo de plenitud, de vida lograda, de un querer tocar lo grande, lo que llena el corazón y eleva el espíritu hacia cosas grandes, como la verdad, la bondad y la belleza, la justicia y el amor. […] La esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte, para abrirse a grandes ideales que hacen la vida más bella y digna” (55).

En nuestro mundo buscamos vacunas para la salud de nuestro cuerpo, pero no creemos posible una vacuna contra los males de nuestro corazón y de nuestro mundo. Es un indicador de que nos falta la esperanza, muchas dosis de esperanza. La fe, la esperanza y el amor son la verdadera vacuna que necesitamos y que Dios pone a nuestro alcance.

 

+ Salvador Cristau Coll

Administrador diocesano de Terrassa.