El carisma ignaciano, cercano a las necesidades del hombre de todos los tiempos

San Ignacio de Loyola

San Ignacio de Loyola murió el 31 de julio de 1556, anhelando el cielo como única meta de su existencia. El amor a Cristo, la lealtad al Pontífice y el deseo de seguir el Evangelio son los pilares sobre los que fundó la Compañía de Jesús, iluminando el camino europeo tras las huellas de la fe.

Esta historia, nacida de la conversión del santo, transcurre en la capilla de Montmartre, donde un grupo de amigos decide vivir en castidad, predicando el Evangelio en Tierra Santa. Pedro Fabro, Francisco Xavier, Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Simón Rodrigues y Nicolás Bobadilla son los nombres de los primeros compañeros de Jesús. Es el 15 de agosto de 1534.

Cada uno de ellos, procedente de realidades diferentes, fue elegido y guiado por el mismo fundador, para llevar la palabra de Cristo, con visión y autenticidad, a cualquier realidad a la que fueran llamados a trabajar.

Desde ese día, el pequeño grupo, rico en fe y portador de esperanza, siguió el camino de la itinerancia evangélica, llegando a Venecia, para alcanzar Tierra Santa. Pero esto no fue posible debido a la guerra entre la Serenísima y los turcos.

Fueron a Roma y decidieron ponerse en manos del papa Pablo III, que aprobó su carisma al servicio de la comunidad eclesial.

Ordenados sacerdotes, a excepción del padre Pedro Fabro, que ya era sacerdote, trabajaron en dos hospitales, respondiendo con generosidad a las necesidades de sus hermanos.

En noviembre de 1537, Íñigo, que entretanto había latinizado su nombre a Ignacio, en recuerdo de San Ignacio de Antioquía, llegó a Roma, y puso en marcha una red de obras sociales para resolver los problemas y necesidades, tanto morales como sociales, que debilitaban a la población.

La apertura de la Casa Frangipani, para acoger a los enfermos, a causa de una triste epidemia que asolaba la ciudad eterna; el establecimiento de la Casa Santa Marta, en la plaza del Colegio Romano, para las mujeres que abandonaban la prostitución en busca de una vida más digna; un orfanato abierto en Santa María de Aquiro y la fundación del Colegio Romano, como escuela pública, son sólo algunas de las importantes obras apostólicas, nacidas del corazón y la inteligencia del antiguo caballero vasco.

La predicación y la enseñanza del catecismo, a quienes no lo conocían, en las calles de la ciudad coronaron las obras del nuevo instituto.

San Ignacio, con visión de futuro y consciente de su propia experiencia, conocía los problemas de su tiempo y por eso pensó en un apostolado que fuera capaz de aunar lo social y el conocimiento, convencido de que sólo la fe y la cultura pueden ser esa combinación especial, capaz de superar las dificultades que la vida cotidiana plantea en los caminos de la humanidad.

Todo ello confluye en la redacción de las Constituciones, en las que San Ignacio pone por escrito su propio modo de proceder, hecho de oración y acción para llevar esa abundante redención, dada por Cristo, a la humanidad de todos los tiempos.

Al leer la historia de la Compañía de Jesús, uno se asombra de las grandes actividades realizadas por el santo y sus compañeros. Desde las misiones extranjeras hasta el apostolado cultural, el carisma ignaciano ha seguido los caminos de la inculturación, para hacerse cercano a las necesidades del hombre de todos los tiempos, aportando los remedios necesarios.

San Francisco Javier administró los sacramentos en Oriente, feliz de haber llevado la palabra de Cristo a lugares donde aún no había llegado.

El sacerdote Matteo Ricci difundió el Evangelio en China, utilizando la misma cultura que había allí.

En la segunda mitad del siglo XX, el siervo de Dios, el padre Felice Cappello, conocido canonista, se puso a disposición de las almas como confesor solicitado en la iglesia de Sant’Ignazio de Campo Marzio, y se dedicó a atender las necesidades de las personas que buscaban su consejo.

El Beato Padre Giovanni Fausti dio su vida, muriendo como mártir en Albania. El año es 1946.

Estos son sólo algunos de los muchos jesuitas que han dedicado su vida a difundir la espiritualidad de su orden, pero la lista podría ser interminable.

La oración, el discernimiento, la atención a los más pequeños y el estudio son los caminos por los que San Ignacio encontró a Dios en la realidad, y lo dejó en ese apostolado que, aún hoy, hace que esas palabras estén vivas como eternas.

(Por Gianluca Giorgio, Vaticannews.va)

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