En la residencia diocesana de Salamanca “todos están al servicio de los demás”

Con motivo de la Jornada Mundial de los Abuelos y Personas mayores, que ha instaurado el papa Francisco a celebrarse el cuarto domingo de julio, en la diócesis de Salamanca nos adentramos en la vida de la residencia de la Casa de la Iglesia, donde viven 48 personas, y donde han conformado una auténtica familia.

En cada rincón de la residencia diocesana, que abrió sus puertas el 22 de diciembre de 2003, se respira un ambiente de familia y cercanía. Allí, la soledad propia de los mayores se desvanece, ningún residente lo está, se tienen unos a los otros, y cuentan con los cuidados del personal. En la actualidad, viven 48 personas, como apunta el director de la residencia, el sacerdote Justo Crespo, “24 mujeres y 24 hombres”. Es una de las características de esta residencia diocesana, es mixta.

En estos años, como apunta su responsable, han fallecido 97 personas, y habrán vivido en ella en torno a 200. En referencia al lema de la Jornada Mundial de los Abuelos y Personas Mayores, “Yo estoy contigo todos los días”, Crespo asegura que eso es lo que se vive en la residencia. Este sacerdote es el responsable del centro desde el 5 de febrero de 2004. “Aquí hemos ido recibiendo a sacerdotes válidos, que han venido después del cansancio de muchos años de trabajo, a reposar y a desgastar los últimos cartuchos de su vida”, subraya.

En algunos casos, los residentes llegan enfermos, “y los hemos tenido que restablecer en la medida que se ha podido, y a otros, les hemos acompañado para que fueran a la casa del Padre“, determina. En cuanto a su responsabilidad, su gestión dice que es sencilla, “soy como ese árbitro que quiere que la gente juegue, se respete, y salvo excepciones, llamar la atención para que todo marche bien”.

Diferentes equipos

Justo Crespo habla de los diferentes equipos del centro, desde la enfermería, el personal de limpieza, la lavandería, los cocineros o consejería, “todos estamos al servicio de los demás”. Además, enumera algunas de las actividades que favorecen el bienestar de los residentes, como las físicas o las intelectuales. Tampoco olvida la parte espiritual, “procuramos que las eucaristías sean lo más activas posibles, y que exista la variación máxima dentro de las capacidades de cada uno, porque no todos estamos para prestar los mismos servicios”. El director de la residencia tiene en el recuerdo a los que se han ido, “97 personas han fallecido ya”.

Purificación Ramos es la residente más veterana, y a sus 99 años, cumplirá 100 en febrero, no deja de agradecer el trato y cariño recibido desde que abrió sus puertas este edificio de la calle Rosario. “Fuimos 8 hermanos pero 5 ya no viven, solo vivimos las mujeres”, narra con su eterna sonrisa. En esta misma residencia diocesana vive una de sus hermanas, “me siento muy bien aquí, no puedo quejarme de nada”.

El sacerdote Francisco Delgado llegó a la residencia hace unos meses, en pleno inicio de pandemia y confinamiento. “Como a mucha gente, a mí me cambió la vida el coronavirus”, relata. Por diferentes circunstancias personales acudió a esta casa, donde admite que fue acogido con mucho cariño, “y me ayudaron a superar esos momentos difíciles”. En la residencia diocesana había vivido su hermano mayor sacerdote, y su hermana, “que durante más de 40 años había estado viviendo con él”.

Puertas abiertas

Delgado apunta que el mismo día que su hermana falleció en la residencia, “yo llegaba también aquí, donde se me abrieron las puertas, y donde sigo trabajando sin dejar nada, muy contento porque aquí he encontrado una nueva familia, que me ha acogido con cariño”.

Catalina Sánchez vive en la residencia diocesana desde hace cuatro años. “Vinimos temporalmente por unas obras que estábamos haciendo en la casa y tuvimos una acogida tan buena que enseguida comprendimos que nuestro lugar estaba aquí”, confiesa. Su hermano sacerdote, Ángel, recibió aquí las mejores atenciones hasta el final de su vida, señala, y ella está “con muchísima paz”.

Esta residente participa en todas las actividades que hay en la casa, “me he apuntado a gimnasia, a terapia ocupacional, a la piscina…, estamos muy contentos”. Catalina tiene claro que vivirá aquí hasta el final de sus días.

Feliví García es la responsable del equipo sanitario de la Casa de la Iglesia y una de las características que destaca de la residencia de mayores diocesana es que se trata de un hogar con un ambiente de familia. “Una de las cosas que tenemos más preciadas el ser humano es la salud, y ellos la han puesto en nuestras manos, en la de mi equipo. Somos guardianes de su salud”, advierte. Al respecto aclara que no se trata solo de tratar el dolor, sino de dar cariño o tenderles la mano cuando lo necesitan.

Sentirse en casa

“La mayor satisfacción que tengo es que todos sienten que esta es su casa, que somos su familia”, apunta emocionada. El último año no ha sido fácil a raíz del inicio de la pandemia y el confinamiento durante meses: “Nosotros lo hemos compartido en familia, y no hemos estado solos“, subraya. Y mirando atrás, no recuerda esos meses con angustia o tristeza, “sino que miro al cielo y sonrío, con gratitud, parece una contradicción, con tanto miedo y dolor pasado, pero ha quedado una huella buena, de cariño, de preocupación, de familiaridad con esa enfermedad, con ese sufrimiento”.

Feliví aclara que los que se fueron lo hicieron acompañados, “agarrados de cada una de las manos de nosotras, de los propios residentes y de todos los compañeros de la casa, desde el equipo sanitario al de limpieza, conserjería,  cocina…, intentamos tratarlos como a gente de nuestra familia, les queremos”.

En los peores meses de la pandemia, el personal de cocina se convirtió en auxiliar, “los auxiliares se convirtieron en gente de mantenimiento, las de limpieza, en auxiliares, los camareros…, o los propios residentes, que fueron portavoces de enfermedades, quienes daban partes médicos,… Fue increíble,  una experiencia humana muy bonita que sacó de cada uno de nosotros lo mejor”.

Un nuevo aprendizaje

La responsable del equipo sanitario asegura que se desarrollaron profesionalmente a unos niveles “bestiales, aprendimos muchísimo”. Y cada persona que falleció les enseñó algo. “Los que se fueron nos enseñaron muchísimo, porque mantuvieron el espíritu de enseñanza, porque al fin y al cabo, los sacerdotes que estuvieron aquí toda su vida habían enseñando y se marcharon enseñándonos”.

Antonio Ruano es uno de los 24 sacerdotes que viven en la residencia diocesana, “soy uno de los residentes más antiguos de la casa, aunque también de los más jóvenes”. La primera vez llegó en 2005, con ocasión de la muerte de su madre, “necesitaba un poquito de descanso, de reposo, y me vine aquí”. Después, volvió a sus pueblos, y en 2010 tuvo una miocardiopatía de la que necesitó un periodo largo de recuperación, “y estuve como tres años y medio”. Y finalmente, lleva viviendo en la casa desde 2018, también por motivos de salud.

“Me he sentido como en mi casa, y siempre recuerdo las palabras que don Carlos nos dijo en una fiesta de San Joaquín y Santa Ana, cuando recordó que los que estamos aquí, nuestra tarea fundamental es dejarnos querer y ayudar que bastante hemos querido y ayudado a los demás. A mí eso me llenó, y es lo que pretendo vivir aquí en la casa con los demás compañeros”.

(Diócesis de Salamanca)

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