Carta pastoral de Mons. Amadeo Rodríguez: La satisfacción de ser mayor

Mientras pienso y escribo, tengo delante un libro, en el que se recogen las diversas intervenciones en un congreso internacional sobre la pastoral de las personas mayores, celebrado en Roma  del 29 al 31 de enero de 2020. Su titulo es “La riqueza de los años”. Este fue el lema de toda la reflexión y era esto lo que se pretendía destacar con una reflexión multicultural, hecha por diversos ponentes. Se celebró este congreso unos días antes – cuando ni siquiera tenía nombre – la pandemia provocada por la COVID-19.

De aquello han pasado ya casi dos años, intensísimos y especialmente difíciles. Por eso, lo que ahora digamos sobre los mayores, aunque nos valga todo lo dicho en ese congreso, inevitablemente tenemos que tener en cuenta lo que ha sucedido en este tiempo con ellos. Los mayores han sido los más vulnerables y también los más afectados por la enfermedad y la muerte en este contagio mundial. Los mayores fueron, por razones físicamente obvias, el objetivo preferente de la pandemia. La sufrieron, en todos los sentidos, con la mayor crudeza.

Todo está sucediendo en una época especialmente compleja, en la que no es fácil no solo asumir, sino incluso interpretar, lo que le pasa a nuestro mundo. Estamos en un “cambio de época”, como así lo expresa el papa Francisco. Eso significa que todo lo que nos sucede hay que contextualizarlo en esta situación nueva y desconocida. Uno de los signos de esta novedad de nuestro tiempo, que está amaneciendo, somos justamente las personas mayores. En esta nuestra edad y circunstancias, hemos de reinventarnos. Hemos de preguntarnos: ¿Quiénes somos en este nuestro tiempo y en esta nueva sociedad?

Algo nuevo es que, según parece, ya no hay que definir a los mayores por la edad. Hay mayores que tienen tanta luz, tantos valores, tanta vida, tanta creatividad espiritual y social, que ya le gustaría a muchos, con menos años y achaques, poder ser como ellos. Es por eso que no solamente hay que poner en valor a los mayores, sino que, sobre todo, hay que estimularlos para que no dejen de plasmar en la sociedad su concepción de la vida, la que ellos tienen, en lo que algunos han dado en llamar “su edad tardía”.

Hoy es importante invitar a los jóvenes y a los que piensan que solo la juventud es útil y eficaz, a que descubran la riqueza de las personas mayores. Que no duden de que la sensatez de la sociedad, de una sociedad que está necesitada de valores, consiste en encontrar y recibir de ellos, todo lo que pueden ofrecer. La sociedad de esta nueva época no puede ignorar, porque sería suicida, que en ella se ha establecido la longevidad de un modo masivo; y eso, lejos de ser un problema o una amenaza, es un valor que hay que saber aceptarlo en positivo y aprovecharlo.

Hemos de encontrar y descubrir la bondad y el valor de lo que supone ser mayor; sin dudar nunca de que el diseño de vida de las personas mayores es necesario para todas las generaciones. Lo primero que hemos de hacer es poner de relieve que la vejez es una etapa viva, fecunda y bella en el camino humano que va del nacimiento a la vida eterna. En la ancianidad no se pierde nada, al contrario, se ilumina y se transforma todo, justamente por la meta a la que se nos llama. Como muy bien ha dicho el Papa Francisco, y él mismo es ejemplo: “El Señor nos dice que nuestra historia está todavía abierta: está abierta hasta el final, está abierta con una misión”. Hacerse mayor no es un deslizamiento hasta la falta de sentido, al contrario, es una etapa de la vida en la que se despierta una misión. Por eso, siempre hay que preguntarse: ¿Qué nos pide Dios que seamos y hagamos en este momento?

La sociedad ha de saber descubrir que los mayores son una espléndida expresión de humanidad. Al ser mayores, puede ser que seamos frágiles; pero ¿no es eso justamente lo que nos hace más humanos? No olvidemos que el que esclarece la verdad del misterio del hombre es un frágil crucificado. Pues bien, en la fragilidad de los mayores se esclarece la humanidad de todos. Especialmente, la humanidad de los débiles, de los marginados, de los desechados. Los mayores son siempre el lugar de encuentro de la humanidad de todas las generaciones. Los que, por edad, presumen de manifestar el diseño perfecto de ser humano, normalmente, lo único que hacen es mostrar una humanidad excluyente.

Por eso, se puede decir, con verdad, que con los mayores nuestra sociedad puede explorar algo que le es esencial, los sueños de futuro. La sociedad no puede estar anclada solo en el presente, en el carpe diem, en el que hoy viven tantos. Así lo razona el Papa Francisco: “Los ancianos son soñadores con sueños llenos de memoria, no vacíos y vanos; son, por tanto, sueños fundamentales para el camino de todos en la vida”. Solo las personas mayores tienen la sabiduría de inventar sueños de futuro, sueños impregnados de la memoria de una vida, digna, sana interiormente, bella, honrada, con sentido de responsabilidad, generosa y con compromiso por los más débiles. Las personas mayores estamos llamados a dar nuestros sueños a los jóvenes, que hoy tanto los necesitan.

La Iglesia, por su parte, tiene una inmensa responsabilidad pastoral, sobre todo porque hoy, al menos en occidente, es el lugar de encuentro de nuestros mayores. Son un testimonio vivo de amor a la Iglesia, de fidelidad en la pertenencia. Por eso, les hemos de estar profundamente agradecidos. Es verdad que queremos una pastoral intergeneracional, pero nunca nos deben de estorbar los mayores, al contrario, han de estar siempre incluidos en su propio lugar con las capacidades y riquezas que tienen.

La Iglesia, hoy más que nunca, en este cambio de época, ha de tener la lucidez para hacer una pastoral de mayores que sea integral y que nunca les margine. Será una pastoral que cuente con ellos y que también se ocupe de ellos. Los mayores son parte importante de las comunidades, por tanto, se les ha de invitar a participar en ámbitos tan esenciales como la caridad, el apostolado, la catequesis, la liturgia, la familia, la oración o la participación en asociaciones y movimientos.

Por su parte, las comunidades se han de ocupar de las personas mayores en la prueba, en la enfermedad, en la soledad, en la marginación y la pobreza, en el sufrimiento y, sobre todo, han de acercarle a los mayores la convicción de que la Iglesia está inquebrantablemente comprometida con “la cultura de la vida”. Siempre, las comunidades cristianas han de estar atentas a las necesidades de las personas mayores, tanto si viven en sus hogares como si comparten vida en residencias de ancianos.

Espero y deseo que estas consideraciones que hago en esta carta sirvan a todos, y en especial, a las personas mayores y a sus familiares, de ayuda, apoyo, esperanza y consuelo. Y no quiero finalizar sin felicitaros en esta fiesta litúrgica de San Joaquín y Santa Ana, que tuvieron la alegría de sentir la cercanía de su nieto, Jesús, y de su hija, María.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.