Jóvenes voluntarios madrileños reparan el convento de las clarisas de Orduña

No ha podido ser más apropiado el lema con el que un grupo de chavales de la parroquia San Andrés Apóstol de Villaverde de la diócesis de Madrid han pasado los primeros doce días de julio, con las clarisas de Orduña (Vitoria): Repara mi casa. Tan puramente franciscano y tan acorde con las tareas de voluntariado de este campamento diferente, cuyo plan era ayudar a seis hermanas clarisas provenientes de Belorado (Burgos) a arreglar el convento de Orduña (Vizcaya), en el que viven desde hace ocho meses.

José Manuel Fernández, el vicario parroquial, ha acompañado al grupo. El sacerdote explica que por las mañanas limpiaban, acondicionaban y colocaban las cosas del convento, un edificio que llevaba 17 años abandonado (con lo que esto supone de degradación). Y por las tardes había juegos, playa, montaña… Junto a ello, los jóvenes han tenido sus momentos para la Eucaristía, la adoración y la oración comunitaria, así como ratos de hablar y compartir con las hermanas, que les contaban cosas de la vida de san Francisco.

«Ha sido un planazo, la verdad», que se ha vivido no solo como un servicio de ayuda a las monjas «en lo que nos pedían», sino como un servicio de acompañamiento espiritual a los propios jóvenes. Muy bonito «saber que los chicos se acercan a Dios y a la Iglesia». Los chavales, un total de 13 de entre 15 y 17 años, eran de la parroquia, pero también los había que habían llegado por el boca a boca. «Esto es como un pueblo –apunta el párroco, Pedro Vizcaíno–; donde ven que hay animación, se acercan». Así le pasó hace meses a uno de los que ha participado, que apareció por la parroquia, sin bautizar, y empezó un camino de conversión que la estancia con las monjas ha apuntalado.

De hecho, el contacto fluido y con mucha naturalidad que han tenido con la vida consagrada, en esa convivencia con las hermanas, ha sido muy rico y les ha llevado a plantearse las cosas serias de la vida. «Les preguntaban muchas cosas», cuenta Fernández, sobre sus historias, acerca de «cómo habla Dios» y por qué habían optado por ser monjas. «Ellos lo ven todo mucho más sencillo, y además las monjas son muy cariñosas; ha habido un ambiente muy bonito de amistad-maternidad».

«Es muy bueno entrar en contacto con la vida consagrada –añade el párroco–; se normaliza y despierta preguntas, “a lo mejor Dios me llama”». «Alguna chica seguro que ha dicho “¿y por qué no yo?”, comenta Vizcaíno, aunque, por el momento, el fruto más evidente «es una que ha vuelto con un novio…». «Bueno –matiza bromeando–, con una amistad un poco especial».

(B. Aragoneses, Archidiócesis de Madrid)
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