Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: El resplandor de lo humano II

Lo que sucedió al poeta Dante Alighieri, tal como observamos sobre todo en la Divina Comedia, fue un modelo de “el valor humano de lo divino” o, si se quiere, “el valor divino de lo humano”.

No es un juego de palabras. Esta es una manera de expresar algo que creemos los cristianos y sostenemos como verdad fundamental. Es la primera consecuencia de nuestra fe en la realidad de la Encarnación, el Dios hecho hombre en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Esto para nosotros es tan importante, que uno no puede gozar de lo humano, como por ejemplo del disfrute de unas vacaciones realmente enriquecedoras, olvidando que toda plenitud humana tiene su sentido y su culmen en la belleza de Dios (en su verdad y en su bien).

Así, Dante fue un apasionado buscador del amor cada vez más perfecto y puro. Su punto de partida fue de su experiencia humana de enamoramiento de Beatriz. Le guiaba la convicción de que en ello se jugaba la plena felicidad. El amor, tal como había aprendido de su formación teológica (san Agustín y santo Tomás), era el disfrute de la Belleza, bien entendido que ésta, la auténtica Belleza, no se podía dar, sino acompañada por la suprema Verdad y el perfecto Bien. Esto explica todas las búsquedas humanas, sus aciertos y errores (Infierno, Purgatorio y Paraíso). El último canto, el Paraíso, finaliza en “la luz interminable que es Dios mismo, la luz que es al mismo tiempo Amor, que mueve el sol y las otras estrellas”, evocando el testimonio de los santos y elevando una oración a la Virgen María.

Ciertamente la biografía de Dante fue todo menos un camino de rosas y un dechado de virtud. Como leemos en la Carta del Papa,

“La decepción profunda por la caída de sus ideales políticos y civiles, junto con la dolorosa peregrinación de una ciudad a otra en busca de refugio y apoyo, no son ajenos a su obra literaria y poética, sino que constituyen su raíz esencial y su motivación de fondo”

Pero eso no niega que sus convicciones fundamentales, su sentido de vida, su forma de orientar la existencia, su creatividad humana, todo fuera una búsqueda de lo humano en Dios y de Dios en lo humano. Su fe le permitía, en primer lugar, descubrir el deseo de felicidad, la búsqueda de luz en todo ser humano, fuera la que fuera la situación que se viviera. Lo que diríamos, la huella de Dios en todos y cada uno de los corazones.

Su fe le permitía, además, discernir lo que no conduce a esta plenitud; por tanto, no ceder a lo que consideraba injusto, engañoso, indigno del ser humano. Al contrario, según él, esa fe se debía traducir en estímulo a seguir buscando, vivir más profundamente, confiar en el valor y la verdad del camino emprendido.

Así mismo, su fe le permitía hallar lo que hoy diríamos su propia vocación en la vida; es decir, el servicio que debía ofrecer a la Iglesia y al mundo desde el don (el carisma) que había recibido. Más allá de su tarea política, más allá incluso de su profesión “oficial” (farmacia, medicina), entiende que ha de llegar a ser profeta de esperanza mediante la poesía. Todo puede decepcionar, pero está convencido de la verdad, la realidad, del amor perfecto, que nos viene ofrecido por la obra redentora de Cristo y que alcanzará su plena realización en el Paraíso. Una verdad que debía ser proclamada mediante la belleza de las palabras.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.