Carta pastoral de Mons. Atilano Rodríguez: ‘La auténtica esperanza’

Las personas a lo largo de la vida tenemos muchas esperanzas. Estas, de acuerdo con la edad y con las distintas etapas de la existencia, son siempre diferentes. Todos necesitamos estas esperanzas para afrontar cada día el camino iniciado. Ahora bien, cuando estas esperanzas se cumplen, constatamos que no lo eran todo y que no daban respuesta plena a las ansias de infinito que anidaban en nuestro corazón.

Esto nos permite intuir que el ser humano necesita una gran esperanza que supere a las demás, que vaya más allá de estas. La persona solo podrá contentarse con algo infinito, algo que sea siempre más grande que lo que él nunca podrá alcanzar con sus propios esfuerzos y capacidades. “Esta gran esperanza solo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros no podemos alcanzar” (Ss. 31).

Solamente el Dios, que se ha hecho hombre en Jesucristo y que nos ha amado hasta el extremo, puede ser en verdad el fundamento de nuestra esperanza. La experiencia del amor divino nos brinda la posibilidad de perseverar día tras día en este mundo que, por su naturaleza, es imperfecto y finito, sin perder el impulso de la esperanza. El amor de Dios es la garantía de que existe aquello que nosotros intuimos y esperamos en lo más íntimo de nuestro ser: la vida que es realmente vida.

Los cristianos, con frecuencia, valoramos poco la virtud de la esperanza. En ocasiones, olvidamos que uno de los frutos más importantes de la fe en Jesucristo resucitado es precisamente la esperanza. Por eso, quienes no han tenido la dicha de conocer a Dios o viven sometidos a la rutina de la existencia sin hacerse preguntas, como sucede a tantas personas en nuestros días, con el paso del tiempo terminan perdiendo la esperanza.

Estos hermanos no pueden experimentar que la esperanza, fundamentada en Dios y donada por Él a cada persona, es fuente de energía y de dinamismo para afrontar con gozo los distintos momentos de la existencia. Quienes cierran su corazón a Dios tienen que conformarse con las pequeñas esperanzas del momento y estas no pueden ofrecerles nunca plenitud de sentido por ser esperanzas limitadas y pasajeras.

El creyente, que mantiene viva su esperanza, tiene siempre razones para luchar por la consecución de los bienes prometidos por Dios. La confianza en su cumplimiento hace más llevaderas las horas de trabajo y nos permite afrontar con gozo renovado los sufrimientos de la vida. Es más, la esperanza nos da alegría y llena nuestra vida de sentido pues en cada instante pregustamos ya la felicidad que un día esperamos alcanzar en su plenitud, cuando el Señor quiera llamarnos a su presencia para siempre.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor

 

+ Atilano Rodríguez,

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

 

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.