Carta pastoral de Mons. Manuel Herrero: Ver la Catedral con los ojos de la fe y el corazón – I

“Adiós -dijo el zorro- he aquí mi secreto, que no puede ser más simple: sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos. – Lo esencial es invisible a los ojos -repitió el Principito para acordarse- Lo que hace sea importante a tu rosa, es el tiempo que has perdido con ella” (Saint Exupery, en El Principito). “No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura… No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón” (I Sam 16, 7). Esto es lo que le dijo el Señor a Samuel, cuando Samuel iba a ungir como rey a David.

Y esto es a lo que os invito. A mirar nuestra catedral con los ojos del corazón, con el colirio de la fe. No podemos contentarnos con ver un edificio magnífico, de muchos siglos, único porque incluye cuatro catedrales, que bien podría ser Patrimonio de la Humanidad. Tenemos que saber leer y ver lo que se nos dice con la estructura, la disposición, la decoración de la misma.

Estas letras quieren ser una ayuda para percibir o intuir que la presencia de Dios. Esta no se refleja únicamente en las obras de arte, expresiones de la sed de belleza infinita que lleva el hombre en su misma estructura, sino que es la casa de Dios y la casa de la Iglesia que peregrina en Palencia. Por la acción del Espíritu Santo, la comunidad cristiana que se reúne en esta casa o templo que llamamos Iglesia Catedral.

Toda familia formada por un padre, una madre y los hijos necesita una vivienda digna en la que compartir la vida desde el amor, una vivienda estructurada de tal forma que exprese su vida. Así también la comunidad cristiana. Los bautizados formamos la familia de Dios, porque reconocemos que Dios es nuestro Padre, que nos ha hecho sus hijos; que Jesús, el Hijo de Dios y hombre como nosotros, nos hace hermanos y coherederos con Él; que por nuestras venas fluye una misma vida y amor, el mismo Espíritu Santo. Somos todos miembros de la familia, pero cada uno con su identidad y función en bien de todos.

La Iglesia, el Pueblo de Dios reunido en asamblea, no es hechura humana; es obra y propiedad de Dios. “Somos su pueblo y ovejas de su rebaño… Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre: El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades” (Salmo 100).

En la casa de esta familia hay un cimiento, firme como la roca firme, que es Cristo. No sólo es cimiento (Ef 3, 17) y roca (Mt 7, 24-25), sino también piedra angular (Salmo 118, 22; Mt 21,42; Hech 4, 11; 2, 6-8), que nos sostiene y nos une. Nosotros somos piedras vivas, formados en la fe, sostenidos por la esperanza y unidos por la caridad (San Agustín, sermón). Él lo es todo para nosotros y está presente en el Sagrario y representado de muchas y diversas maneras, por ejemplo, en la cruz, el viacrucis, diversas imágenes que representan en su nacimiento, en su vida pública, en su muerte, resurrección, etc. En esta casa familiar hay una mesa, es el altar, donde el Padre parte el Pan de vida y los hijos lo comemos en alegre fraternidad con acción de gracias; hay una Palabra que escuchar y compartir, la Escritura proclamada desde el ambón; hay, también, una sede desde la que el ministro ordenado, el obispo y sus colaboradores los presbíteros, representa a Cristo que es nuestra Cabeza, Maestro, Señor, y Pastor. Otro lugar destacado es la sede de la Misericordia y del Perdón, el lugar de la Penitencia.

En la Catedral en el retablo y diversos lugares hay imágenes de la Virgen María, del santo patrón San Antolín y otros santos vinculados a la comunidad; y es que esta familia no la formamos únicamente los que hoy vivimos; también los santos que son los mejores hijos de la Iglesia. Forman parte de la misma los difuntos, los que nos precedieron en la fe y en la esperanza; es verdad que ya no se entierra en los templos y en las catedrales, salvo contadísimas ocasiones, pero en algunas iglesias todavía pueden verse sepulturas en el suelo de los obispos o túmulos de determinadas personas en las paredes de algunas capillas.

+ Manuel Herrero Fernández, OSA.

Obispo de Palencia

Mons. Manuel Herrero Fernández
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Mons. Manuel Herrero Fernández, OSA, nació el 17 de enero de 1947 en Serdio-Val de San Vicente, (Cantabria). Ingresó en el Seminario Menor “San Agustín” de Palencia. Estudió Filosofía y Teología en el Monasterio Agustino de “Santa María de la Vid” (Burgos), en el “Estudio Teológico Agustiniano” de Valladolid y en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid). Obtuvo el Bachillerato en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas (Madrid) y la Licenciatura en Teología Pastoral por la Universidad Pontificia de Salamanca, sede de Madrid. Hizo Profesión Solemne el 25 de octubre de 1967, siendo miembro de la Orden Agustina, Provincia del “Santísimo Nombre de Jesús de España”. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1970, por el entonces Obispo de Palencia, Mons. Anastasio Granados. Ha desempeñado los siguientes cargos: • Formador en el Colegio Seminario Agustino de Palencia. • En Madrid: Director Espiritual del “Colegio Nuestra Sra. del Buen Consejo”; Párroco de “Ntra. Sra. de la Esperanza”; Delegado del Vicario de Religiosas; Prior de la Comunidad de “Santa Ana y La Esperanza”; Arcipreste de “Ntra. Sra. de la Merced”; Profesor de Pastoral en los Centros Teológicos agustinos de El Escorial y de Los Negrales; Vicario Parroquial de “San Manuel y San Benito”. • En Santander: Primer Párroco de “San Agustín”; Delegado Episcopal de “Caritas y Acción Social”; Profesor del Seminario Diocesano de Monte Corbán; Delegado Episcopal de Vida Consagrada; Vicario General de Pastoral; Párroco de “San Agustín”; del 22 de diciembre de 2014 hasta el 30 de mayo de 2015 Administrador Diocesano de Santander durante la sede vacante; Profesor del Instituto Teológico de Monte Corbán, Vicario General y Moderador de la curia de la diócesis desde 2002, y párroco de “Ntra. Sra. del Carmen” desde 2014. El 26 de abril de 2016 fue nombrado Obispo de Palencia por el Papa Francisco y el 18 de junio del mismo año fue ordenado Obispo e inició su Ministerio Episcopal en la Sede palentina.