Carta pastoral de Mons. Gerardo Melgar: Exigencias del envío misionero

La Palabra de Dios de este domingo nos habla de la elección que Dios hace de los hombres para su servi­cio y de las exigencias que supone el envío misionero que Cristo hace a sus apóstoles.

La primera lectura nos habla de la elección del profeta Amós, elegido por Dios para que sea profeta que comu­nique a su pueblo lo que Dios le diga.

Él no es profeta ni hijo de profeta, pero Dios se ha fijado en él, lo ha lla­mado y le envía a su pueblo para que, como profeta, le muestre la voluntad de Dios.

San Pablo en la Carta a los Efesios nos habla de otro tipo de elección, la que Dios nos ha hecho a todos para que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor, antes de la crea­ción del mundo.

Y, en el evangelio, Jesús envía a sus discípulos a la misión que les ha confiado. Los envía de dos en dos, con toda autoridad sobre los espíri­tus inmundos.

No solo les da poder sobre el mal, sino que también los manda a una mi­sión que es exigente. Les pide despren­dimiento material, renuncia a toda cla­se de seguridades humanas. Quien los escuche a ellos, es al mismo Cristo a quien escucha y, quienes los rechacen, lo mismo; de tal manera que les man­da sacudirse el polvo de las sandalias para dar testimonio contra ellos.

En todas las llamadas y envíos que aparecen en la biblia de parte de Dios hay varios elementos comunes importantes:

  1. Dios es quien llama, y llama sin mérito ninguno por parte del que es llamado y enviado. La llamada y el envío es solo elección de Dios, que no tiene los criterios humanos para elegir a las personas para una mi­sión, sino que llama a quien quiere.
  2. A todos llama para que, res­pondiendo generosamente, tengan como meta la santidad. Dios nos ha elegido antes de la creación del mun­do para ser santos.

Esta es la llamada que Cristo va a hacer a todos sus seguidores: «Sed santos porque vuestro Padre celestial es santo». Esta es la meta de todos los elegidos: ser santos, porque para eso hemos sido elegidos, porque en la me­dida en que seamos santos, en esa mis­ma medida, el fruto de nuestra misión y de la realización de la misma será mayor. Esta, por tanto, es la meta a la que debemos aspirar todos en la voca­ción y carisma que desempeñemos en la vida. No tenemos que olvidarnos de la meta, que es la de la santidad.

Para lograr esta meta es para lo que Cristo nos ha llenado de su gracia y ha derrochado sabiduría y pruden­cia sobre nosotros, dándonos a cono­cer el misterio de su voluntad y en­viándonos el Espíritu Santo que nos ha sellado con el sello de la santidad.

  1. Tanto la elección como el en­vío que el Señor hace a los que ha elegido tiene unas exigencias. Pide una respuesta positiva y generosa de parte de quien es elegido y al mismo tiempo exige un desprendimiento de todo lo que puede significar apego a los bienes materiales o a todo tiempo de seguridades humanas.

La res­p u e s t a misionera a la que nos envía el Señor, que es a predicar la conversión, nos exige desprendernos de cuanto su­ponga el pensamiento de que somos nosotros los que conseguimos el éxito y que quede bien claro que es el Señor quien nos ha dado su poder para que, no solo prediquemos la conversión, sino que podamos hacer verdaderos milagros, porque Él ac­túa en nosotros.

Todos hemos sido llamados y en­viados a ser sus testigos en medio de nuestro mundo. A todos nos ha encargado llevar su mensaje a un mundo al que le atraen otras llama­das. Este envío tenemos que hacerlo realidad con nuestra palabra, anun­ciando a todos los seres humanos de cada momento el mensaje salvador de Cristo; pero también con nues­tra vida, con nuestro ejemplo y con nuestro testimonio. Nuestra vida debe causar admiración en quienes nos ven vivir y actuar y, desde esa admiración, ser para ellos llamada a vivir el estilo de vida de Jesús.

Pensemos en nuestra gran misión y en cómo la estamos haciendo rea­lidad, superando aquellos aspectos donde no llegamos y potenciando to­das aquellas actitudes que suponen generosidad y entrega a la misión y que producen sus frutos.

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.