Carta pastoral de Mons. Francisco Cerro: Carta a los hermanos enfermos

Queridos Hermanos: “No temas, porque yo estoy contigo; no te angusties, porque yo soy tu Dios. Te fortalezco, te auxilio, te sostengo con mi diestra victoriosa” (Is 41, 10). La enfermedad es uno de estos momentos donde se prueba nuestra fragilidad y a la vez se muestra la fuerza de Dios que nos sostiene. Es propio de la condición humana esta contingencia de pasar por la fragilidad, por tanto, no es fruto de un envío perverso de Dios. Es bueno que descubramos que en la debilidad está y se manifiesta la «fuerza de Dios» (2 Cor 12, 9). Lo que Dios da verdaderamente es la gracia para llevar con fruto estos momentos de prueba propios de la fragilidad de la naturaleza humana.

Para vivir esta experiencia de la cercanía de Dios, ha querido poner unos medios en los que poder apoyarnos, alimentarnos, experimentar en definitiva la vida de Dios en nosotros. Los sacramentos alimentan nuestra vida cristiana siempre y especialmente en los momentos de enfermedad. Porque en ellos descubrimos la Pascua, el paso de Dios que viene y nos da fuerza para llevar con grandeza de alma y paz los momentos duros de la vida como son los que pasamos en la enfermedad. Esta nos rompe los planes personales, y nos abre de la mano de Dios a otros más fecundos. Los que fecunda la realidad de la cruz en nosotros donde experimentamos el hecho de sufrir con Cristo y por la Iglesia que lleva a la alegría de dar sentido al sufrimiento: «Me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia» (Col 2, 24).

Por esto, os invito a pedir a Dios la gracia de vivir esta realidad que forja la vida humana desde la fe, y la lleva a la plenitud a la que somos llamados. Para entender que, desde Cristo se ilumina el misterio del hombre (GS n. 22), donde entendemos que el sufrimiento llevado y ofrecido por amor en comunión con Él, lleva a la alegría de ver en lo que para el mundo es necedad y escándalo (1 Cor 1, 22-25), la transformación en acontecimiento de gracia de lo que sin Cristo supone una desgracia. Cuántas personas apoyadas en la fe en Cristo Salvador, acuden con sencillez a los sacramentos para llevar con paz estos momentos de enfermedad.

Cómo no agradecer la labor de cuantos facilitan este encuentro con Cristo, que a la vez se hacen portadores de su presencia por su ministerio. Como son los profesionales sanitarios, que al realizar su vocación de servicio al enfermo actualizan la presencia de Cristo, «Buen Samaritano», un servicio al que se une no sólo cuidar los aspectos físicos, psicológicos y sociales, sino también haciendo de cauce para que reciban los auxilios espirituales. De esta forma entender que la atención a los enfermos se realiza en totalidad. Además, hay que valorar la labor generosa de las familias que cuidan y valoran al enfermo como una bendición y el hecho de estar a su lado, como un privilegio y no como una carga. Cuando el enfermo atisba esta actitud del apoyo familiar, su deseo de vivir y luchar se hace patente. Frente a la tentación de valorar la vida como calidad relativa a un parecer emotivo, la familia puede ayudar en gran manera a hacer ver al enfermo su valor más allá de las cualidades que puedan faltar o  del grado de dependencia que pueda tener. El familiar que ama de verdad dice al enfermo: «Me alegro de que existas, porque eres una bendición y no una carga».

Un apartado especial es el de la labor de los sacerdotes, capellanes de hospital, dispuestos a acompañar, alentar, caminar espiritualmente con el enfermo, la familia, los profesionales sanitarios, al pie de la cama las veinticuatro horas del día. Cuando el enfermo o la familia solicitan su asistencia hacen una de las mejores obras de misericordia que será agradecida por el paciente eternamente.

Por todo esto, al escribir esta carta a los enfermos, quiero valorar la riqueza de relaciones humanas, la madurez que lleva consigo el vivir la realidad propia de la naturaleza humana que es la enfermedad. Así como, valorar lo importante que es dejar entrar la luz de la fe para poder darle sentido a todo este momento. Y de esta forma, en medio de un mundo que puede tentar desde la cultura de la muerte y el sin sentido de la vida a infravalorar estos momentos, decir alto y claro que toda vida, toda circunstancia es un momento de gracia.

 

+ Francisco Cerro Chaves

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 357 Articles
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.