Carta pastoral de Mons. Francisco Cerro: El día después… (dar respuesta con la vida y el corazón)

Si existe algo en que estamos todos de acuerdo es que tenemos que salir de la pandemia con una entrega de vida y con corazón. Actualmente percibimos confrontación y conflictos, con pocas soluciones para dar respuesta a las personas que viven tremendos dramas: el sin sentido de la vida, paro, eutanasia, problemas ecológicos, derechos humanos, hambre, migración, aumento espectacular de pobres en nuestra sociedad… ¿Cuál debe ser la respuesta con la vida y con el corazón de los cristianos que caminan en Toledo? No tenemos la varita mágica para las soluciones, pero tenemos a Jesús y, con el Evangelio, sabemos que saldremos.

No ocultarnos sin dar la cara y la vida con la que está cayendo, engrosar una y otra vez la unidad de quemados intensivos, que se instalan en la queja y no ven ningún motivo de esperanza. Vivir solo de una manera virtual, a través de las redes sociales y desde el anonimato o seudónimo, convirtiéndose en auténticos maltratadores, por atacar sistemáticamente a las personas de Iglesia o civiles, sin dejar «títere con cabeza» y no mojándose nada, porque nunca darán la cara. Son los fariseos que mueven los hilos secretamente, sin que se note, ni aparezca los que hacen «lobby de poder» y de inestabilidad… La misma táctica que en la Pasión de Jesucristo. Sólo hay una clase de personas que Jesús no soporta: los acusadores. Sabemos que el nombre del diablo en el Apocalipsis es el acusador, Dios es el defensor.

Tres son las soluciones:

  1. La Iglesia como cuerpo místico de Jesucristo, pueblo de Dios, familia de bautizados, no es una empresa al estilo del mundo, ni una ONG, ni un «lobby de poder», ni se puede identificar con ninguna ideología del mundo. El Concilio Vaticano II nos recuerda que lo que impulsa a la Iglesia no es la ambición terrena alguna (GS n. 3). Sólo desea una cosa: continuar, bajo la guía del Espíritu, la obra redentora de Cristo, quien vino al mundo para dar testimonio de la verdad (Jn 18, 37), para salvar, para servir y no para ser servido (Mt 20, 28). La Iglesia solo existe para evangelizar, para anunciar a Jesucristo a todos, especialmente a los sufrientes.
  2. Iglesia, sal de la tierra y luz del mundo. El Papa, en Fratelli tutti, n. 276, da unas claves que nos recuerdan cuál es la misión de la Iglesia, hoy y siempre: «La Iglesia no pretende disputar poderes terrenos, sino ofrecerse como un hogar entre los hogares, abierto (…) para testimoniar al mundo actual la fe, la esperanza y el amor al Señor y a aquellos que Él ama con predilección. (…) La Iglesia es una casa con las puertas abiertas porque es madre. Y como María, la madre de Jesús, queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañar la vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad (…) para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación».

Es muy providencial en estos momentos el Jubileo de la Virgen de Guadalupe como casa de la Madre que, invita a curar las heridas que deja el pecado.

  1. No relegar la religión, la Iglesia, a la sacristía. Nos sigue recordando el Concilio (GS, n. 76) que la comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, sin embargo, ambas están al servicio de la vocación personal y social del hombre, y lo realizarán con mayor eficacia cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas. En este sentido el Papa, en EG n.183, señala: «Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de santa Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe –que nunca es cómoda e individualista– siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra».

En estos momentos, el día después, la Iglesia tiene que seguir cumpliendo su misión. Con María nuestra Madre, en «este Hospital de Campaña» hay que trabajar pastoralmente, para que todos en la Archidiócesis sigan sembrando esperanza y se desechen el odio y el enfrentamiento.

 

+ Francisco Cerro Chaves

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Francisco Cerro Chaves
Acerca de Mons. Francisco Cerro Chaves 204 Articles
Nació el 18 de octubre de 1957 en Malpartida de Cáceres (Cáceres). Cursó los estudios de bachillerato y de filosofía en el Seminario de Cáceres, completándolos en el Seminario de Toledo. Fue ordenado sacerdote el 12 de julio de 1981 en Toledo, desempeñó diversos ministerios: Vicario Parroquial de "San Nicolás", Consiliario de Pastoral Juvenil, Colaborador de la Parroquia de "Santa Teresa" y Director de la Casa Diocesana de Ejercicios Espirituales. En la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma se licenció y doctoró en Teología Espiritual (1997), con la tesis: "La experiencia de Dios en el Beato Fray María Rafael Arnáiz Barón (1911-1938). Estudio teológico espiritual de su vida y escritos". Es doctorado en Teología de la Vida Consagrada en la Universidad Pontificia de Salamanca. Autor de más de ochenta publicaciones, escritas con simplicidad y dirigidas, sobre todo, a la formación espiritual de los jóvenes. Miembro fundador de la "Fraternidad Sacerdotal del Corazón de Cristo". Desde 1989 trabajó pastoralmente en Valladolid. Allí fue capellán del Santuario Nacional de la Gran Promesa y Director del Centro de Formación y Espiritualidad del "Sagrado Corazón de Jesús", Director diocesano del "Apostolado de la Oración", miembro del Consejo Presbiteral Diocesano; delegado Diocesano de Pastoral Juvenil y Profesor de Teología Espiritual del Estudio Teológico Agustiniano. El 2 de septiembre de 2007 fue ordenado Obispo de Coria-Cáceres en la ciudad de Coria. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, departamento de Pastoral de Juventud, y de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada.