Carta pastoral de Mons. Enrique Benavent: El fruto del Espíritu (II)

El primero de los frutos del Espíritu que san Pablo enumera en la carta a los Gálatas es el amor (Ga 5, 22). En la mente del Apóstol se trata, en primer lugar, del amor a Dios que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones (Rm 5, 5) y que constituye el núcleo de la vida cristiana. Todos los demás “frutos” no son más que un despliegue de éste.

Una fe profesada y vivida sin amor a Dios llega a ser una carga insoportable: la oración y la liturgia se convierten en ritualismo y formalismo externo; las exigencias morales se sienten como una ley pesada que mata la alegría que debería sentir el creyente que ha llegado a ser una criatura nueva en Cristo; en lugar de aspirar a crecer cada día en la vida de la gracia, caemos en el peligro de conformamos con un cristianismo de mínimos y, de este modo, la fe va debilitándose día tras día. Para quien no ama a Dios, la mínima exigencia se convierte en una carga pesada.

El Espíritu Santo suscita en el corazón del creyente una dinámica que le lleva a caminar en una dirección radicalmente distinta. Del amor a Dios brotan la oración sincera, el deseo de vivir en gracia cumpliendo su voluntad y el anhelo por alcanzar la vida eterna. La oración se vive como un encuentro con Dios, que nos ha amado hasta el extremo en su Hijo Jesucristo; la ley cristiana tiende a su plenitud porque está vivificada por la caridad; y el creyente siente en su interior un deseo profundo de agradar a Dios, crecer en su amistad y progresar en la santidad. A quien vive en el amor a Dios, siempre le parece poco lo que pueda hacer por Él y está dispuesto a dar todo lo que le pida.

Ese amor a Dios es la fuente del amor al prójimo, que es la primera exigencia de la ley. La fe auténtica es aquella que “actúa por la caridad” (Ga 5, 6). En ella descubrimos la “plenitud de la ley” (Rm 13, 10). Por ello, el creyente que vive según el Espíritu no separa ni opone el amor a Dios y al prójimo. Sabe que cuanto más ame a Dios, su amor hacia los demás será mayor, porque los mirará con el mismo amor del Padre y sentirá que son sus hermanos.

Sin amor a Dios la tristeza invade al creyente. Gracias al Espíritu Santo, que nos hace descubrir la grandeza del seguimiento de Cristo, podemos vivirlo con alegría. Por ello el segundo “fruto” que san Pablo menciona es la alegría (Ga 5, 22), la “alegría de la fe” (Flp 1, 25), que es “alegría en el Señor” (Flp 3, 1), el signo distintivo de una fe auténtica. El papa Francisco comenzaba su exhortación apostólica Evangelii gaudium con estas palabras: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría” (nº 1). Y en su exhortación Gaudete et exultate nos ha recordado que la alegría, incluso en medio del sufrimiento, es un signo de santidad verdadera.

Que el Espíritu despierte en nosotros el deseo de no conformarnos con una vida cristiana de mínimos y nos conceda el don de vivir alegres en el Señor.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.