Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: El derecho del desvalido

Seguimos comprometidos en la defensa de la vida humana. Y hemos reconocido la dificultad que encontramos para entablar un diálogo abierto y sincero con quienes defienden la eutanasia. Como decimos, partimos de conceptos de “dignidad humana, libertad, derechos humanos”, diferentes. Es inevitable en este punto relacionar la cuestión de la eutanasia con la del aborto provocado. En ambos casos hallamos el mismo obstáculo: el diálogo que mantuve con una defensora del aborto provocado llegó a un punto en que ya no podíamos avanzar. Ella tenía muy claro que el derecho a la libertad individual de la madre prevalecía sobre el derecho a vivir del hijo engendrado en su seno.

Otro día fui invitado a un colegio para encontrarme con los alumnos del último curso de bachiller. Entablamos un diálogo libre. Una joven me interpeló diciendo que por qué razón la Iglesia no aceptaba la eutanasia en caso de enfermos terminales y afectados por grandes sufrimientos, si ellos la pedían. Noté, por su vehemencia, que quizá había conocido de cerca algún caso semejante. Por eso comencé respondiendo que yo conocía casos concretos de personas en situación de profundo dolor y abocadas a una muerte cierta. Pero acabé diciendo que, para los cristianos, la vida de una persona vale, es digna de ser vivida, esté en la situación que esté, mientras esa persona pueda amar (independientemente del nivel de conciencia actual). Ella respondió que hay situaciones en que no se puede amar.

Llegamos a un punto en que las concepciones básicas sobre “amor”, “valor y dignidad”, derecho a vivir, sentido de la existencia, etc. iban por caminos diferentes. Creo que era ocasión de testimoniar ante el grupo de jóvenes estos mensajes, que son centrales en nuestra fe. No sé si lo conseguí.

¿Cómo dar a entender que no somos sin más libres, no tenemos simplemente derecho a serlo, sino que “es la Verdad lo que nos hace libres” (Jn 8,31-32).Una Verdad, por cierto, que hay que buscar y que se alcanza tras un seguimiento constante y apasionado…?

La verdad de una persona enferma terminal, afectada por el dolor, para nosotros, es muy distinta de la verdad y el valor que le suele dar una sociedad basada en la utilidad, el rendimiento o la denominada “calidad de vida”. ¿Qué significa “calidad de vida” en boca de un juez, que ha de sentenciar según la ley vigente, o de un sanitario que apunta la posibilidad de la eutanasia, o de un familiar del enfermo, que, en nombre del cariño, autoriza la eutanasia?

No es preciso recordar aquí que la Iglesia no defiende el sufrimiento, sino la aplicación de cuidados paliativos en casos extremos.

El inicio de la vida humana, como su final, están marcados por el desvalimiento. Pero “desvalido”, para el cristiano (y para no pocos inspirados en un sano humanismo) no significa “no-válido” para la vida, sino verdaderamente digno como ser particularmente amado, que requiere la ayuda de quienes todavía “somos válidos”… hasta que Dios quiera.

 

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.