Carta pastoral de Mons. José María Yanguas: Caminando juntos II

Queridos diocesanos:

La semana pasada hablábamos de la Iglesia como nuevo Pueblo de Dios, Pueblo de la nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo. Un Pueblo en cuyo seno co-existe una gama diversísima de miembros, de elementos y carismas, de ministerios y tareas, orgánicamente dispuestos, llamado a cumplir la misma misión. La Iglesia es Una, como confesamos en el Credo, “visiblemente única a pesar de la variedad”. Todo discípulo de Jesús, miembro del nuevo Pueblo de Dios, lo es, necesariamente, como con-discípulo, formando un todo con los demás, unido a ellos por estrechos y sólidos vínculos. Esa profunda unidad en la variedad se pone de manifiesto en la imagen de la vid y los sarmientos usada por Jesús (cfr. Jn 15, 5-6). Todos los sarmientos están unidos a la vid y la vid existe solo con los sarmientos que están unidos a ella y de ella viven. De no ser así, están condenados a la muerte, a la esterilidad.  La unión con la vid es, al mismo tiempo, unión con los sarmientos. Lo mismo se puede decir si nos servimos del símil del cuerpo humano usado por san Pablo para poner de relieve la unidad y la variedad del mismo. Sus miembros son muchos y diversas sus funciones, pero forman un solo cuerpo y cada uno de los miembros existe “en relación con los otros” (Ro 12, 5). Si el sarmiento deja de estar unido a la vid y a los demás sarmientos, y si los miembros de un cuerpo, por perfectos que sean, se desunen y ya no son parte del mismo cuerpo, se secan y pudren. Para mantenerse vivos necesitan estar “en relación con los otros”.

El Pueblo de Dios del que somos ciudadanos; la vid, que es Cristo, en la que estamos insertados; el cuerpo que forman los distintos miembros y que tiene por Cabeza al mismo Cristo, es la Iglesia (cfr. LG, 9), Una y Católica al mismo tiempo: la Iglesia en la que viven en comunión tanto los que peregrinan en la tierra, como los que ya difuntos se purifican, y aquellos otros que gozan ya de la gloria. De todos se hace memoria en la celebración del misterio de la Sagrada Eucaristía que “edifica la Iglesia” (San Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, 1); Eucaristía que es “Cristo que se nos entrega, edificándonos continuamente como su cuerpo” (Benedicto XVI, Sacramentum charitatis, 14).

La misma y única Iglesia es la que nace del costado abierto de Cristo en la Cruz, recibe el Espíritu Santo que lleva a perfección la obra redentora, camina en la historia en la diversidad de tiempos, naciones, lenguas y culturas, y alcanza su plenitud en la Jerusalén celeste. La Iglesia Una y Católica es la que vive en cada tiempo de la historia y en cada lugar de la tierra. A esa Iglesia pertenecemos todos los fieles cristianos, que somos con-discípulos de los creyentes en Cristo de todo tiempo y nación.

Y caminamos juntos en este mundo formando el mismo y único Pueblo de Dios, jerárquicamente estructurado. Caminamos juntos, y cada uno de acuerdo con su propia condición. En cada momento de la historia y en cada uno de los pueblos en que vive la Iglesia se reconoce a sí misma como la Iglesia de Cristo. La Iglesia de los primeros tiempos se descubrirá la misma Iglesia en la de los últimos y la Iglesia de las primeras comunidades cristianas será igualmente visible en la de cada lugar de la tierra. Crecerá y se desarrollará conservando su identidad, porque es animada por el Espíritu que lleva al conocimiento cada vez más pleno de la Verdad, de la misma Verdad cuya revelación acabó con el último Apóstol. Una comunidad cristiana, una Iglesia particular o la Iglesia en un determinado país tendrá la certeza de ser parte de la Iglesia, del nuevo Pueblo de Dios, si “se reconoce” en sus coetáneas y en la de los siglos pasados. Nadie puede seguir su “propio” camino, distinto, separado o al margen de los demás, cuanto menos enfrentado a ellos. Es formando parte de este Pueblo de Dios, uno y universal, como debemos caminar; bien unidos para no extraviarnos en el camino a la tierra prometida y cumplir el mandato recibido del Señor.

+ José María Yanguas

Obispo de Cuenca

Mons. José María Yanguas
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Mons. José María Yanguas Sanz nació el 26 de octubre de 1947 en Alberite de Iregua (La Rioja), diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Siguió los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano y el 19 de junio de 1972 fue ordenado sacerdote en Logroño al servicio de la misma diócesis. En 1971 inició en Pamplona los esutdios de Filosofía y en el 1974 los de Teología en la respectiva Facultad de la Universidad de Navarra, obteniendo en el 1978 el doctorado en Teología y en el 1991 el de Filosofía en la misma universidad. Ha trabajado como Capellán y Profesor de Teología de los esudiantes de diversas Facultades Civiles de la Universidad de Navarra (1972-1978; 1980-1986), Secretario del Departamento de Teología para Universitarios (1976-1978), Capellán militar (1978-1980), Profesor de Teología Dogmática (1976-1981), Profesor de Ética y de Teología Moral (1981-1989), Miembro del Comité de Dirección de la revista Scripta Theologica (1982-1986), Director de Investigación de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra y Profesor Asociado de Ética de la Facultad Eclesiástica de Filosofía (1988-1989), Oficial de la Congregación para los Obispos (1989-2005) y Profesor Visitante de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (1990-2005). En Roma ha sido Capellán de las Hermanas de la Sagrada Familia de Spoleto y ha colaborado pastoralmente en la Parroquia de Santa María de la Divina Providencia (1990-2005). El 20 de abril de 2001 fue nombrado Prelado de Honor de Su Santidad. Ha publicado numerosos artículos en las revistas Scripta Teologica y Annales Teologici; en las “Actas de Congresos y Simposios de Teología”, Pamplona, 1985, y Roma, Cittá Nuova Editrice, 1986, 1988. Es autor de los siguientes libros: - Pneumatología de San Basilio. La divinidad del Espíritu Santo y su consustancialidad con el Padre y el Hijo, Eunsa, Pamplona, 1983; - Constitutionis Pastoralis Gaudium et Spes sinopsis histórica: De Ecclesia et vocatione hominis, Pamplona, 1985; - La intención fundamental. El pensamiento de Dietrich von Hildebrand: contribución al estudio de un concepto moral clave, Barcelona, 1994. Además de español habla francés, inglés, italiano y alemán. Nombrado Obispo de Cuenca el 23 de diciembre de 2005, recibió la Ordenación Episcopal y tomó posesión de la Sede de Cuenca, en la Catedral, el 25 de febrero de 2006, de manos del Excmo. y Rvmo. Mons. Antonio Cañizares Llovera, Arzobispo de Toledo. Es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe y de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la CEE (Conferencia Episcopal Española).