Encuentro Amoris Laetitia: La pastoral familiar requiere la corresponsabilidad entre cónyuges y pastores

«Estamos rodeados de una cultura individualista que debilita los lazos familiares y a los jóvenes les cuesta entender la diferencia entre el matrimonio y la convivencia, a menudo lo ponen al mismo nivel y no captan el significado propio del sacramento del matrimonio». Es la reflexión que hace Gabriella Gambino, subsecretaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, institución que ha organizado un encuentro por internet para hacer balance de la pastoral familiar cinco años después de la Exhortación Apostólica postsinodal del papa Francisco, Amoris Laetitia.

Cuatro días llenos de informes, diálogo y testimonios sobre la misión de las familias y la formación. El seminario web con más de 350 delegados de pastoral familiar, organizado por el Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida, se había abierto el pasado miércoles con el video mensaje del papa Francisco y concluyó el sábado 12 de junio con las conclusiones del cardenal Kevin Farrell, prefecto del mismo Dicasterio, que también había introducido el encuentro el primer día. La iniciativa, que se enmarca en el Año de la “Familia Amoris Laetitia”, lleva por título: «¿Dónde estamos con Amoris Laetitia? Estrategias para la aplicación pastoral de la Exhortación del papa Francisco».

En esta entrevista, la subsecretaria del Dicasterio, Gabriella Gambino, habla de la importancia de los testimonios de los proyectos realizados por las propias familias:

R.- El Foro está dividido en siete secciones, cada una de las cuales se articula con un informe principal sobre un tema fundamental de Amoris laetitia para plantear lo que podrían ser los criterios pastorales básicos para desarrollar ese tema, por ejemplo, la formación de los acompañantes, una preparación para la vida matrimonial… A continuación, en cada sección, hay dos testimonios con experiencias pastorales consolidadas en el ámbito internacional, que podrían reproducirse en cualquier parte del mundo, obviamente si se aplican con flexibilidad y elasticidad, para adaptarlas a las necesidades culturales de cada zona geográfica. Estos testimonios al final eran lo que todos esperaban: eran los proyectos pastorales llevados a cabo por laicos, por familias, y en ellos la belleza es que se expresa toda la identidad bautismal y esponsal de las familias, mostrándonos realmente cómo se puede declinar la creatividad pastoral de la que habla el papa Francisco. Por ejemplo, es muy interesante el proyecto de la Academia para el matrimonio y la familia, que comenzó en Alemania y ahora funciona en 10 países europeos y en Brasil con un camino de catecumenado al matrimonio que dura 2 años, o las experiencias para acompañar a los padres en el gran desafío de la crianza de los hijos fueron muy hermosas. Escuela de Familias, por ejemplo, de la Archidiócesis de Toledo es un proyecto que se concibió como una forma de acercarse a las familias alejadas de la Iglesia o con dificultades, para hacerles descubrir que la Iglesia es madre y puede acompañarlos en este gran reto de la educación.

En el video-mensaje que el Papa dirigió al Foro, fueron centrales las llamadas a trabajar junto a los pastores en la pastoral familiar, a las familias con hijos, como “sujetos activos de la evangelización” y a ayudar a las familias a tomar conciencia del gran don que han recibido en el Sacramento, de donde surge el deseo de compartirlo con otras familias. ¿En qué punto se encuentra la recepción de estas dos importantes invitaciones del Papa?

R.- El punto central del cambio pastoral necesario para evangelizar a las familias de hoy es vivir la corresponsabilidad entre cónyuges y pastores. Por ejemplo, en su video mensaje el Papa utilizó la hermosa metáfora de la urdimbre y la trama: esposas cristianas y sacerdotes llamados a tejer la Iglesia. La formación de los cónyuges cristianos, por un lado, es un ámbito en el que debemos invertir las energías de la pastoral familiar porque la falta de formación se traduce en una falta de conciencia, precisamente de las familias, de su misión eclesial: las familias tienen una misión inscrita en el Sacramento del Matrimonio. Y también se traduce en un número reducido de familias disponibles para colaborar con la parroquia o la comunidad en la misión de acompañar a otras familias. Pero, por otro lado, también está el problema de la formación de los pastores en los seminarios y su continua actualización para estar a la altura de los retos que las familias de hoy plantean a la Iglesia: es importante reiterar que las familias cristianas tienen una subjetividad pastoral inscrita en el Bautismo, en el Sacramento del Matrimonio, que las legitima para tomar la iniciativa, por ejemplo, en el hogar para evangelizar, para poner en marcha formas de acompañamiento a otras familias. E incluso si no hay sacerdotes disponibles, porque hay algunas zonas del mundo en las que la disponibilidad de sacerdotes es baja precisamente por el tamaño de las áreas geográficas de algunas diócesis. Este aspecto es muy importante: reiterar que los laicos en la Iglesia están llamados a ocuparse de la formación de otros laicos, pueden tomar la iniciativa de poner en marcha proyectos pastorales concretos, superando también ese statu quo que el Santo Padre nos pide por todos los medios que abandonemos para volver a despertar precisamente el protagonismo de los laicos.

En su discurso Usted ha subrayado por una parte la importancia de un «Catecumenado al matrimonio», indicado varias veces por el Papa. Un itinerario inspirado en el catecumenado bautismal, que permite a los novios vivir el sacramento del matrimonio de forma más consciente. Por otro lado, destacó la centralidad de la formación de los acompañantes. ¿Cómo se pueden poner en práctica estas dos indicaciones?

R.- Como Dicasterio hemos propuesto el modelo de un camino catecumenal hacia la vida matrimonial, que especialmente para las nuevas generaciones parte de una preparación remota, desde la infancia, desde la adolescencia, centrándose en el discernimiento vocacional y en un redescubrimiento de la fe desde el Bautismo con un testimonio explícito, incluso por parte de las parejas jóvenes, a los novios. Los novios deben ser acompañados por un camino gradual que les dé tiempo para un verdadero discernimiento, que los lleve a una auténtica conciencia y libertad en el rito del matrimonio. Por ejemplo, desde este punto de vista, es interesante la experiencia de Testigos del Amor, un movimiento familiar que hoy trabaja con 80 diócesis de todo el mundo a través de la amistad que testimonian las parejas formadoras a las parejas más jóvenes, acompañándolas en su preparación al matrimonio. Evidentemente, las parejas que acompañan deben estar ellas mismas preparadas, sólidas, por ejemplo, en su relación conyugal, de manera que se presenten no como faros que enseñan a los jóvenes novios desde arriba, sino como antorchas -esta hermosa metáfora se utilizó en el contexto de un testimonio- que acompañan a los jóvenes novios de cerca y caminan con ellos.

En las sociedades occidentales aumenta el divorcio o la gente prefiere no casarse. ¿Cómo podemos ayudar al mundo actual a redescubrir la riqueza del sacramento del matrimonio con el don de los hijos?

R.- Creo que la crisis del matrimonio tiene sus raíces en la falta de esperanza y confianza en el futuro por parte de las generaciones más jóvenes. También estamos rodeados de una cultura individualista que debilita los lazos familiares y a los jóvenes les cuesta entender la diferencia entre el matrimonio y la convivencia, a menudo lo ponen al mismo nivel y no captan el significado propio del sacramento del matrimonio. Esto exige ciertamente un esfuerzo renovado por parte de la Iglesia: debemos ofrecer a los jóvenes un relato, un testimonio de la belleza del matrimonio como vocación, haciéndonos ayudar precisamente por el testimonio de los esposos y novios cristianos. Son la encarnación viva de un amor posible, de un amor verdaderamente cristiano, y los jóvenes de hoy no necesitan teorías sino ejemplos concretos que les muestren que una vida construida en el «para siempre» es realmente posible. De este modo, si los jóvenes consiguen confiar en el sacramento del matrimonio, si consiguen descubrir la presencia de Cristo en su vida cotidiana, dentro de su relación -porque Cristo habita en la relación entre los esposos-, se abren también a la vida y aprenden a acoger todo lo que el Señor les regala.

Como madre de cinco hijos y trabajadora, conoce las dificultades de las madres para conciliar familia y trabajo. ¿Apoyarles concretamente, en sus problemas cotidianos, es un aspecto importante para apoyar el propio matrimonio?

R.- Es muy importante: la sociedad y la Iglesia deben aprender a comprender más profundamente que las dimensiones de la feminidad y la maternidad son ambas constitutivas de la mujer y que ambas deben ser valoradas, en todos los aspectos, para permitir el pleno desarrollo de la mujer. En el mundo occidental, por ejemplo, lo femenino está perdiendo su significado simbólico en relación con la maternidad. Apoyar el matrimonio, pero también respetar concretamente los vínculos y las relaciones que surgen de él, permite satisfacer las necesidades de la maternidad y no sólo eso, sino también de la paternidad y del matrimonio como fundamento de la familia. Creo que uno de los mayores problemas actuales no es sólo la falta de apoyo concreto, sino también el hecho de pensar en la mujer como un individuo autorreferente, sin tener en cuenta adecuadamente la dimensión relacional de su ser mujer, esposa y madre. Por eso, por ejemplo, pienso en lo útil que podría ser para las mujeres trabajadoras que la Iglesia, la comunidad, la parroquia se convirtiera también en un lugar donde las familias, partiendo de la amistad, pudieran ayudarse mutuamente, organizando servicios pastorales en los que pudieran apoyarse, a los que pudieran llevar a sus hijos, sabiendo que pueden pasar su tiempo libre en un contexto educativo cristiano. Este es un aspecto muy práctico, que podría desarrollarse más para apoyar, por un lado, el discurso de la maternidad y, por otro, la confianza en la posibilidad de lograr una vida conyugal y familiar verdaderamente cristiana.

(Debora Donnini – Ciudad del Vaticano, vaticannews.va)

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