Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Existencia eucarística

La Eucaristía es tan importante, que determina toda una forma de vivir.

Muchas veces, quienes no van a misa nos hacen la consabida crítica: “No sé para qué ir a misa, si los que vais cada domingo no sois mejores, quizá peores, que los otros…” Es una mala excusa para no cumplir. Otros quizá nos dirán aquello de “lo que has aprendido, debes ponerlo en práctica”, como si ir a misa fuese como una clase de moral.

Naturalmente que hemos de ser auténticos y consecuentes. Pero, seguramente, quien habla así no sabe qué es la Eucaristía. La Eucaristía es una experiencia, una vivencia que busca envolver toda la persona, desde su capacidad de conocimiento, hasta su sensibilidad estética, pasando por su voluntad, su capacidad afectiva, su cuerpo, su memoria, su instinto, etc. Porque es talmente una experiencia del Espíritu Santo.

Otra cosa es que quienes participamos no nos dejemos penetrar por el Espíritu.

Cuando decimos que es una vivencia, queremos expresar que en ella ocurre algo parecido a lo que buscamos en los encuentros con personas que amamos. Es posible que de la visita a nuestros padres o a un amigo “saquemos algún provecho” (una enseñanza, una ayuda, etc.) Pero esa utilidad no puede justificar la visita. Lo que buscamos en ella es vivir la experiencia de amar y ser amados. Y eso es lo más importante, lo que nunca puede faltar.

Algo parecido ocurre, en un grado más profundo, en la Eucaristía. Pues, así como nuestra persona, desde el corazón, va formándose sobre todo a base de “experiencias de encuentros” (no solo de enseñanzas recibidas o de habilidades logradas), así la frecuencia de la Eucaristía en nuestra vida va construyendo en nosotros una forma de vivir y de ser. Es decir, va construyendo a Cristo en nosotros.

En este sentido, quien vive de verdad la Eucaristía no puede dejar de pensar, sentir o amar como lo hace Jesucristo. Ha de seguir su misma lógica, sus mismos criterios de vida, su misma mirada.

San Juan de la Cruz, en el “Romance sobre la Trinidad”, escribió:

“(El proyecto de Dios Padre) Una esposa que te ame, mi Hijo darte quería… Y comer pan a una mesa, del mismo que yo comía… (Designio de la Encarnación) En los amores perfectos, esta ley se requería: que se haga semejante el amante a quien quería; que la mayor semejanza más deleite contenía…”

Comulgar cuando celebramos la misa “es comer el mismo pan que alimenta la Trinidad”, es decir asimilar su mismo amor. Y cuando participamos de la Eucaristía, entramos en esa manera de vivir, en esa lógica de la vida que impulsa a buscar al otro como semejante, como hermano, para compartir con él el más “grande deleite”. Es lo que hizo Dios con nosotros cuando el Verbo tomó nuestra carne y cuando Él desea permanecer para nosotros en el Sacramento.

Todo esto lo han vivido los grandes santos, aunque no hayan sabido explicarlo. Porque la cuestión no consiste en dar grandes razones, sino en vivirlo y testimoniarlo.

Siempre me han impresionado esos grandes santos que dedicaban largas horas de adoración ante la Eucaristía y al mismo tiempo eran verdaderos héroes del amor al prójimo, las causas sociales, el servicio a los más pobres.

En definitiva, la Eucaristía había conformado su corazón.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.