Carta pastoral de D. Diego Zambrano: En ti confío

Queridos diocesanos:

«Si recurrimos a la misericordia, el perdón y la ternura de Dios del Corazón de Jesús, entonces nuestro corazón, poco a
poco, se volverá más paciente, más generoso, más misericordioso». Este es el mensaje que el papa Francisco escribió
en su cuenta de Twitter el pasado año para invitarnos a todos a vivir el mes del Sagrado Corazón de Jesús, un mes dedicado a contemplar que «tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo» (Jn 3, 16). Me dirijo a todos los diocesanos en este escrito para invitaros a todos a que miremos el Corazón traspasado y herido de amor por cada uno de nosotros. Cada año, después de celebrar la solemnidad de Pentecostés, la Iglesia vuelve su mirada al Corazón abierto de Cristo en la Cruz, expresión del amor infinito de Dios por los hombres y manantial del que brotan los sacramentos. Desde los primeros siglos, todos los cristianos han contemplado esta escena, y en ella han encontrado una fuente continua de paz y de seguridad ante las dificultades de la vida.

San Pablo, en su carta a los Efesios, invita a abrirse a este Corazón con estas palabras: «Que Cristo habite en vuestros
corazones por la fe, para que, arraigados y fundamentados en la caridad, podáis comprender con todos los santos cuál es
la anchura y la longitud, la altura y la profundidad; y conocer también el amor de Cristo, que supera todo conocimiento,
para que os llenéis por completo de toda la plenitud de Dios» (Ef 3, 17-19).

La piedad popular ha desarrollado, durante siglos, una profunda veneración a la Humanidad Santísima de Cristo, dejando su impronta en la Iglesia, de tal modo que en el siglo XVII nació la celebración litúrgica de la solemnidad del Sagrado Corazón. El 20 de octubre de 1672, un sacerdote normando, San Juan Eudes, celebró por vez primera una misa propia del Sagrado Corazón y, a partir de 1673, se fueron difundiendo por Europa las visiones de Santa Margarita María Alacoque sobre la expresión de este culto. Finalmente Pío IX extendió oficialmente a la Iglesia latina esta fiesta.

La liturgia de ese día desarrolla perfectamente, en la oración colecta, los dos pilares teológicos de dicha devoción: las riquezas insondables del misterio de amor en Cristo, y la contemplación reparadora de su corazón traspasado. Así dice la oración: «Al celebrar la solemnidad del Corazón de tu Hijo unigénito, recordamos los beneficios de su amor para con nosotros; concédenos recibir de esta fuente divina una inagotable abundancia de gracia»; «en el Corazón de tu Hijo, herido por nuestros pecados, has depositado infinitos tesoros de caridad; te pedimos que, al rendirle el homenaje de nuestra amor, le ofrezcamos una cumplida reparación» (Cfr. Oración colecta del Misal Romano).

Os invito, durante este mes, a la luz de esta oración a considerar la ternura del Señor por cada uno de nosotros, a beber de esta fuente, y que otros muchos se acerquen a Él, para que también ellos conozcan la paz de Cristo y, encuentren la felicidad.

† Diego Zambrano López
Administrador Diocesano de Coria-Cáceres