Carta pastoral de Mons. Casimiro López Llorente: Corpus Christi y compromiso caritativo

Queridos diocesanos:

Este Domingo celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. Esta Fiesta resalta nuestra fe en la presencia real y permanente de Cristo en la Eucaristía, memorial del sacrificio redentor de Jesús en la Cruz y banquete de comunión. Un sacrificio que actualizamos de modo incruento cada vez que celebramos la santa Misa. En el sacramento de la Eucaristía, el Señor se nos da en comida y se ha quedado entre nosotros a fin de que, en adoración, contemplemos su amor supremo, participemos de él y, transformados por este amor, seamos sus testigos comprometidos. Esta fe la hacemos pública y la ofrecemos al mundo en la procesión del Corpus.

La Eucaristía es el signo mayor del amor de Dios hacia todos los hombres, manifestado de una vez para siempre en el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. El Corpus Christi nos recuerda el verdadero rostro de Dios: Dios es amor y ama a todos los hombres. Tal es su amor por los hombres, que nos ama hasta el extremo de entregar a su propio Hijo en sacrificio “por todos nosotros” y el perdón de los pecados; Cristo Jesús nos ofrece su Cuerpo como comida de Amor y de Vida y se queda sacramentalmente para siempre entre nosotros en este sacramento, como fuente inagotable de su Amor.

El Corpus Christi nos lleva a la raíz y a la fuente permanente de la caridad y nos impulsa a construir la fraternidad universal, como nos pide el Papa Francisco en su encíclica Fratelli tutti. Por su sacrificio y entrega total en la Cruz, Cristo nos ha redimido del pecado y ha restaurado el estado original de amistad y comunión de los hombres con Dios, con los demás y con la naturaleza entera. En la Eucaristía, el mismo Jesús se nos da como alimento de Vida y de Amor, que cambia y transforma a las personas y sus corazones. La Eucaristía es el centro de la vida de la Iglesia y de todo cristiano; es la fuente de la que nos nutrimos y el motor para vivir el día a día desde el amor de Dios; es el anticipo de la vida eterna y el inicio de la nueva tierra  y los nuevos cielos, cuando todo quede restaurado en Cristo.

En la Eucaristía, el Señor mismo nos invita a su mesa y nos sirve; Él se nos da a sí mismo en el Pan partido y repartido, que es su Cuerpo. Jesús nos muestra así que amar es no solo dar sino darse. La comunión del Cuerpo de Cristo une a los cristianos con el Señor y crea la unión de unos con otros. La Eucaristía crea y recrea la nueva fraternidad que es expansiva y no conoce fronteras.  Por ello, la Eucaristía tiene unas exigencias concretas para el vivir cotidiano, tanto de la comunidad eclesial como de los cristianos; de ella brota el mandamiento nuevo del Amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”. Y Cristo nos ha amado dándose a sí mismo por puro amor, de forma totalmente gratuita y desinteresada. La Iglesia y cada cristiano estamos llamados a dejarnos empapar por este amor entregado de Cristo y a vivirlo de tal modo que este amor llegue a todos, pues a todos está destinado.

Por todo ello, en la Fiesta del Corpus Christi celebramos el Día de la Caridad, este año bajo el lema: “Tiende tu mano y ¡comprométete!”. Así el Amor de Dios llegará a través de cada uno de nosotros a todos, en especial a los pobres y excluidos de nuestra sociedad y del mundo entero: así todos podrán formar parte de la nueva fraternidad creada por Cristo Jesús. Quien en la comunión comparte el amor de Cristo es enviado a ser su testigo compartiendo su pan, su dinero, su tiempo y su vida con el que está a su lado, con el que está necesitado no sólo de pan sino también de amor: los enfermos, los pobres, los mayores abandonados, los marginados y los excluidos.

Es encomiable y agradezco de corazón la respuesta generosa ante la actual crisis sanitaria, laboral y económica que estáis dando tantos fieles y tantas personas de buena voluntad con aportaciones en dinero y en alimentos a las cáritas parroquiales, interparroquiales y diocesana, y en otras organizaciones de la Iglesia. No puedo olvidar ni dejar de agradecer el trabajo silencioso y gratuito de muchos voluntarios en las cáritas y en otras entidades, cuyo número ha crecido en este tiempo de necesidad. La persistencia de la crisis nos urge a redoblar nuestro esfuerzo y compromiso en favor de todos los que peor lo están pasando para que a todos llegue el amor del Señor a través de nuestra caridad generosa. Seamos desprendidos y austeros; prescindamos de tantos gastos superfluos e incluso de los necesarios a favor de los más necesitados. Y ¿por qué no fijarnos un tanto por ciento de nuestros ingresos mensuales para cáritas?

Cristo Eucaristía nos invita y envía a ser testigos comprometidos de su Amor.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

Mons. Casimiro Lopez Llorente
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Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.