Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: El cuerpo de Dios

La pandemia ha puesto en cuestión muchas cosas y ha despertado muchos interrogantes que permanecían soterrados y solo afloraban de vez en cuando, cuando las circunstancias forzaban a hacerlo. Esto ha ocurrido en todos los ámbitos de la vida y, por supuesto, en el terreno de la fe. No lo consideramos una desgracia, sino una oportunidad de sanación, pues lo que está enfermo y oculto acaba pudriéndose y puede llegar a ser mortal.

Uno de esos interrogantes viene planteado a partir del hecho de que el confinamiento nos ha forzado a vivir la fe en casa, prescindiendo de la misa y, en general de la vida de los sacramentos. Los nuevos sistemas de comunicación han facilitado esta vivencia. Son una gran ayuda. Sin embargo esto, que para muchos ha sido un descubrimiento, ha provocado la pregunta: ¡esta experiencia no está mal!, ¿para qué hemos de ir a misa? Y el miedo al contagio, unido a la pereza, precipitan la decisión: “no es tan necesario ir a misa”. Además, ¿por qué los sacramentos?; el perdón, la fe, los compromisos (matrimonio, sacerdocio), ¿no son ante todo algo que ocurre en el corazón, entre cada uno y Dios? ¿No tiene razón la reforma protestante cuando dice que son solo expresión de lo que uno cree, y que por tanto se puede prescindir de ellos? ¿No hay muchas espiritualidades que te hacen vivir la interioridad del corazón, que es lo más importante? “Dios y yo, Dios (o lo que sea ese ser que imagino) y mi interioridad es lo que me da paz…”

Sin embargo la pandemia ha suscitado otro sentimiento contrapuesto: una verdadera ansia del contacto físico. La necesidad del abrazo con la persona amada, con la persona que, seguramente uno podía ver o escuchar cada día por vía telemática. Algo nos pasa que no es suficiente la palabra, ni la imagen “a distancia”… El gesto presencial, el contacto físico, añade verdad al afecto interior. ¡La presencia física, ese sacramento del espíritu!

Por esta vía podemos adivinar algo de lo que Dios sentía dentro de sí, dejándose llevar por su amor al mundo y a la humanidad creada. Él ciertamente podía amar de verdad a todos, pero ¿cómo llegarían los hombres y mujeres a conocerle y amarle con plena verdad, tal como eran, es decir, siendo, no ángeles ni espíritus puros, sino seres de carne y hueso? Y así, decidió tomar carne humana, real e histórica. Desde entonces, Dios, el Dios de Jesucristo, se hace accesible en carne humana.

Parece que Dios sentía algo parecido a la ansia que vive hoy la gente por “el abrazo”, el beso, el darse la mano. Una tradición teológica y espiritual muy antigua llama a la Encarnación “el abrazo de Dios a la humanidad”.

Por eso, aunque nos parece extraño (y los teólogos darían no pocas explicaciones), decimos que existe la carne y el cuerpo de Dios. Así fue en Jesucristo. Y así ocurre entre nosotros cuando, al comulgar, decimos “Amén” a la voz “el Cuerpo de Cristo”. Un “Amén” a tocar y saborear el Cuerpo Eucarístico de Cristo, y también su Cuerpo Místico, que somos la Iglesia, todos los hermanos.

El amor perfecto busca la celebración sensible. En ella se activan todos nuestros sentidos, los corporales, los psicológicos, los espirituales, para recibir y dar, sentirse amado y amar. Y así, decimos que en la liturgia, particularmente en la celebración de la Eucaristía, se realiza el misterio que somos; una comunión visible de hermanos en Cristo.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.