Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Orar la Trinidad

Es interesante preguntarse por qué la Iglesia ha intuido que el día que celebramos el misterio de la Trinidad, puede ser también el día en que recordamos a los monjes y monjas orantes, es decir, a aquellos que entregan toda su vida a la oración, especialmente contemplativa, a la vida en común y al trabajo.

Leo los testimonios de algunas monjas y monjes, que aparecen en el folleto, que nos envía la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada y me llama la atención el firmado por la Hna. Mª Pilar Avellaneda Ruiz, del monasterio cisterciense de las Huelgas de Burgos. Comienza así:

“Un corazón orante no vive de teorías y retórica, sino que pisa la realidad que vivimos, y sabe libar la miel en lo cotidiano de la vida, para darla a gustar a los demás”

Sigue, citando Jer 15,19, que le sirve de inspiración: “(Dice el Señor:) si sacas lo bello de lo vil, serás como mi boca”. Otra traducción: “si sacas la escoria del metal, yo hablaré por tu boca”. Esta referencia nos hace recordar este capítulo del profeta Jeremías que nos es tan cercano al evangelizador hoy y al creyente que desee dar testimonio de su fe, aun dentro del sufrimiento. Un sufrimiento que en el caso del profeta viene del rechazo a su palabra por parte del pueblo. Pero también un sufrimiento, que, como señala el testimonio de esta monja, puede proceder de cualquier causa, como es el caso de la pandemia.

El profeta había orado entre sollozos, incluso reprochando a Dios que sea como un “arroyo engañoso”. Había orado devorando las palabras de Dios, que le proporcionaban gozo y paz. Pero cuando hablaba al pueblo, todo era rechazo, fracaso, crítica, hasta verse forzado a vivir en soledad…

Orar la Trinidad es tocar el corazón de Dios: la más perfecta comunicación, la plena comunión, el amor más sublime jamás soñado. Contemplar la Trinidad es descanso y consuelo. De ahí la alegría del verdadero orante.

Pero el verdadero orante no es un ángel que vive ya el gozo pleno de la contemplación, aunque se le parece. El verdadero orante pisa la tierra y siente en sus pies el temblor de la humanidad sufriente. Más aun, su corazón, dilatado por la misma oración, desarrolla una gran sensibilidad hacia el dolor del mundo. Y la razón está en que, al orar, no lo hace a un ser sin nombre, oculto, lejano, como suele verse en otras espiritualidades, sino que entra en comunión con la Trinidad, que es “una comunidad absolutamente abierta” por amor. Tan abierta que el Verbo, la segunda persona, se abajó para compartir ese dolor de la humanidad. Y no solo eso, sino que compartió el dolor más radical del mundo, para devolverle la esperanza.

¿Qué esperanza? Justamente la esperanza de regresar al gozo de la Trinidad, incorporar a la humanidad a aquel espacio de comunión plena, donde se cumplen todos nuestros anhelos.

Entonces, se comprende que Dios no es un arroyo engañoso, como decía la protesta de Jeremías y decimos tantas veces nosotros cuando el sufrimiento se hace más duro de soportar. Dios – Trinidad es un manantial inagotable, eterno, de amor real, efectivo e histórico, que se va derramando en el mundo desde Jesucristo. También quizá desde nosotros, orantes y oradores, que de vez en cuando se nos concede tocar la Trinidad y damos testimonio de ella.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.