#HazMemoria: La labor samaritana de la Iglesia

Uno de las señas de identidad de la Iglesia es la caridad y el amor al prójimo. La parábola del Buen Samaritano señala que todos tenemos obligaciones con el que sufre, con el herido, con el enfermo. La labor socio-sanitaria que realiza en España es muy notable. Nuestro país cuenta con 1.000 centros que ayudan a casi un millón y medio de personas durante su enfermedad.

Todos tenemos algo de heridos, algo de enfermos. Cada uno de nosotros también necesitamos cuidados que en la Iglesia nos dan. La parábola del Buen Samaritano señala que todos tenemos obligaciones con el que sufre, con el herido, con el enfermo.

En la séptima semana de la campaña #HazMemoria, que la Conferencia Episcopal Española ha puesto en marcha junto con los medios de comunicación EcclesiaTrece y COPE, el contenido centra en la labor socio-sanitaria de la Iglesia.

La labor de la Iglesia con los enfermos

Los cristianos estamos llamados de manera primordial al amor al prójimo. Este mandamiento que Jesús pide a sus discípulos como expresión de su identidad cristiana tiene especial concreción en las personas débiles o necesitadas. Hay que cuidar más a los más débiles. La parábola del Buen Samaritano, que el papa Francisco ha desarrollado especialmente en Fratelli tutti, señala que todos tenemos obligaciones con el que sufre, con el herido, con el enfermo. Y también que todos tenemos algún tipo de heridas o enfermedades en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu.

El modelo de cuidado es el del buen samaritano: lo cura con sus manos, lo acompaña y lo protege. Le regala su tiempo. Jesús mismo muestra este estilo propio de los cristianos en el cuidado a los que sufren. El cuidado y la curación de los enfermos es parte indispensable de su cuidado pastoral.

Además de curar, Jesús acompaña, se compadece, sale al paso del que sufre. En ocasiones, interviene sin que nadie se lo pida y muestra así un corazón preocupado del otro. La Iglesia recoge el testigo del Señor y desde el principio organiza el servicio de la caridad, para cuidar a los necesitados.

En la debilidad y en la enfermedad, en las personas que sufren encontramos a Cristo que nos pide ayuda.

La indiferencia no puede ser la única respuesta ante el sufrimiento de las personas enfermas.

Una cultura diferente, basada en Jesús, nos orienta para cuidar los unos de los otros.

Al amor no le importa si el hermano herido o enfermo es de aquí o es de allá, por encima de todo es hermano.

El modelo de cuidado es el del buen samaritano: lo cura con sus manos, lo acompaña y lo protege. Le regala su tiempo.

Todos tenemos algo de heridos, algo de enfermos. Cada uno de nosotros también necesitamos cuidados que en la Iglesia nos dan.

La entrega al cuidado del os enfermos es la gran satisfacción frente a Dios y a la vida del enfermo, y por eso, un deber.

Nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que se entregan para cuidarnos: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos.

 

Reconocer en los sufren el rostro de Cristo

La Iglesia nos recuerda que en la debilidad y en la enfermedad, en las personas que sufren encontramos a Cristo que nos pide ayuda. En el que sufre está también Jesús, sufriendo con él, acompañando y sosteniendo en el sufrimiento, reclamando la ayuda de los prójimos que pasan por el camino de la vida.

A veces miramos con indiferencia a los que sufren pues no somos capaces de reconocer en ellos el rostro de Cristo. Es la ceguera del corazón la que hace mayor el sufrimiento de quienes se sienten arrojados en el borde del camino de la vida.

La indiferencia no es nunca la respuesta cristiana ante el sufrimiento de las personas enfermas. Es necesario el amor que se manifiesta en el cuidado, la compañía, la empatía y la compasión. La sociedad empuja al individualismo y a vivir al margen de sus problemas. Sin embargo, es preciso retomar con decisión el camino que nos hace sentirnos a unos miembros de los otros y a todos parte de un pueblo.

 

Por encima de todo, el hermano

Las obras de misericordia y el evangelio de Mateo que señala la compañía a los enfermos como uno de los elementos del juicio final dan muestra de la importancia de los enfermos en la vida cristiana. Al amor no le importa si el hermano herido o enfermo es de aquí o es de allá, por encima de todo es hermano.

Muchas personas dedican su vida al cuidado de los enfermos. Nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes que se entregan para cuidarnos: médicos, enfermeros y enfermeras, farmacéuticos. En ellos encontramos no solo una profesión sino también, en muchos casos, una vocación.

Un deseo de servir que brota de un corazón sensible a las necesidades de los demás. En la vida de la Iglesia muchas personas, también desde una vocación eclesial, se dedican al cuidado de los enfermos. El Espíritu Santo ha suscitado muchos carismas, plasmados en congregaciones religiosas que han dado fruto abundante. Los Hermanos de S. Juan de Dios y las Hermanas Hospitalarias son dos congregaciones que brotan del contacto de sus fundadores, Juan Ciudad y Benito Menni, con el sufrimiento, el dolor y la enfermedad.

 

Llamados a la caridad

Junto a ellas, otras muchas congregaciones dedicadas a la caridad han hecho del cuidado a los enfermos una de sus áreas privilegiadas de actividad: las Hijas de la Caridad, las Misioneras de la Caridad, los religiosos Camilos, las Siervas de María, etc. encuentran en los enfermos y cuidan a Cristo que sufre. No obstante, no es solo la vida consagrada la que tiene el compromiso del cuidado de los enfermos.

Todos los cristianos hemos sido llamados a esa expresión de la caridad en el día a día y en medio de las ocupaciones habituales de la jornada, con la visita, la compañía y la atención a esas personas necesitadas de nuestro entorno.

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