Carta pastoral de Mons. Agustí Cortés: Gloriarse

No nos suena bien la expresión “gloriarnos”, aunque apenas es utilizada por nosotros. En catalán podría sustituirse por “estar molt cofoi de si mateix”. Si se me permite, podemos decir que significa un “subidón” de autoestima. No nos gustan las personas que van de triunfadores por la vida: en ellos vemos vanidad, prepotencia, orgullo.

Sin embargo San Pablo utiliza esta palabra muchas veces. Y no falta hoy quien, a la vista de estadísticas y estudios sociológicos, conociendo además el estado sicológico de los cristianos, nos dicen que estamos muy bajos de autoestima frente a un mundo y una sociedad que vemos poderosa y dominadora. Unos dirán que lo tenemos merecido, porque en el pasado hemos sido prepotentes, o porque hemos cometido errores y pecados y en el fondo queremos aun dominar…

Reconocemos el hecho de que hay un sentimiento muy extendido entre los cristianos de desvalimiento, una especie de complejo y miedo a manifestarse y actuar como tales. ¿Nos falta seguridad en lo que somos? ¿Tiene hoy valor nuestra fe? ¿Somos nosotros mismos culpables, dignos de marginación, silenciamiento o menosprecio?…

San Pablo no tenía en esto ningún problema. Él sabía que el gran error de su vida era haberse gloriado en cosas que no tenían valor; que había cometido el gran error de gloriarse en lo que ahora veía vacío y pérdida… Pero ahora sí, después de haber creído en Cristo, sabía y proclamaba “que se gloriaba en el Señor” (cf. Fil 3,3); y no precisamente en sabidurías, méritos, fortalezas, sino en la cruz y en sus debilidades.

Hoy celebramos que la gloria contemplada en Jesucristo ascendido al cielo es participada ya por nosotros al recibir su mismo Espíritu. Hoy el Espíritu de Jesucristo quiere pasar a nuestro interior y habitar metido en nuestra carne débil. Esta es la mejor medicina contra la baja autoestima.

Porque la autoestima que se adquiere mediante la acumulación de cualidades, méritos y triunfos; la autoestima que “cura psicológicamente nuestras depresiones”, quizá mediante el reconocimiento ajeno, tarde o temprano se desvanece. Y, además, tiene un efecto secundario más grave, que es el autoengaño, el encumbramiento, la dependencia de la propia imagen. Y aun peor, se basa en una idea de una convivencia competitiva, suscita envidias y conflictos…

“Todos necesitamos ser amados (valorados) por otros, y cuando lo percibimos adquirimos seguridad y alegría”. Es verdad, pero eso no es sino la superficie de una verdad más honda.

– El amor que realmente me hace vivir es gratuito, es decir, no se basa en mis cualidades.

– Es un amor del ser más poderoso, que sin embargo se ha hecho despreciable por mí, hasta compartir mi debilidad.

– Es un amor que me hace amable, porque me regala el don de su amor, es decir, de su Espíritu.

Y este don es real en mi, tenga o no cualidades, tenga o no méritos, que despierten la admiración y el afecto de los demás. Este es nuestro valor, la base de nuestra estabilidad, la fuente de nuestra libertad y de nuestra alegría.

En ello nos gloriamos, con la más sincera humildad, pues todo lo hemos recibido y esa misma gloria también la comparto con mi hermano, con quien ni siquiera oso compararme. Así nace y se gloría la Iglesia.

Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.