El presidente de la APM a los obispos: «Verdad y libertad son valores esenciales que compartimos»

«Con sumo orgullo recibimos hoy este Premio ¡Bravo! Especial que nos hermana con valores de la Iglesia. Verdad y libertad son valores esenciales que compartimos y por los que luchamos: nosotros desde hace siglo y cuarto, y la Iglesia desde hace 21 siglos…».

Son las palabras que ha pronunciado Juan Caño en el momento de agradecer la concesión del premio otorgado a la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) en su 125 aniversario por la Comisión para las Comunicaciones sociales (CECS), y que hoy ha recibido en la Conferencia Episcopal Española (CEE).

En su discurso ha insistido en como «no corren buenos tiempos para esos valores. Suele decirse que cuando estalla un conflicto armado la primera víctima es la verdad».

Discurso del presidente de la APM

Señores obispos, miembros del jurado, compañeros premiados, amigos todos

Antes de nada, deseo confesar que me siento abrumado por la calidad de los trabajos que han recibido los premios Bravo de este año. Y declaro ser plenamente consciente del inmerecido honor que supone ser representante y portavoz de tan prestigiosos compañeros.

Ahora voy a tratar de reflexionar brevemente sobre el papel que corresponde a la Asociación de la Prensa de Madrid y por qué pienso yo que se nos ha concedido este premio.

En 1895, hace 125 años, el medio millón de moradores de Madrid solo podía informarse de lo que pasaba en la ciudad y en el mundo de dos maneras: a través de los mentideros de la Villa, verdaderas factorías de fake news ya en el siglo XIX… O a través de los periódicos, ¡y se editaban nada menos que 32 periódicos en la capital!

No existían boletines de radio, telediarios ni redes sociales. Solo periódicos. La atomización de cabeceras no impedía que se alcanzasen tiradas considerables.

Pero el ejercicio del periodismo no era tan apetecible como pudiera suponerse en esas circunstancias. Era una profesión sometida a numerosos riesgos. Por aquel entonces, al margen de la precariedad laboral y los sueldos de miseria, sobre la cabeza de los periodistas pendía permanentemente una espada de Damocles: la cárcel Modelo de Madrid.

No existía una institución o ente que velara por los derechos de los periodistas, especialmente por la defensa del derecho a la libertad de expresión y de información, origen de tantas querellas, duelos, condenas y tragedias.

Fue hace 125 años, cuando un grupo de 173 periodistas, incluidos los directores de los 32 diarios capitalinos, firmaron el acta fundacional de la Asociación de la Prensa de Madrid, conscientes de la perentoria necesidad de la creación de un organismo de defensa de la profesión y de los valores que representa.

Entre los asuntos abordados por la primera Junta Directiva se encontraba el de ocuparse de varios compañeros que se hallaban en la cárcel “por motivos políticos” y sumarse a la petición de indulto para el escritor y compañero Don Vicente Blasco Ibáñez.

Y durante todo el siglo y cuarto transcurrido desde entonces, la APM se ha mantenido fiel a su misión, que es la base de la profesión periodística, y que no es otra que la de alentar la búsqueda de la verdad y la defensa de la libertad para hacerla pública.

Con sumo orgullo recibimos hoy este Premio ¡Bravo! Especial que nos hermana con valores de la Iglesia. Verdad y libertad son valores esenciales que compartimos y por los que luchamos: nosotros desde hace siglo y cuarto, y la Iglesia desde hace 21 siglos…

Pero no corren buenos tiempos para esos valores. Suele decirse que cuando estalla un conflicto armado la primera víctima es la verdad. Igual ocurre cuando suceden otras megatragedias, como la pandemia del coronavirus que a lo largo del 2020 ha sembrado de desolación y muerte todo el mundo, y , además, a nosotros nos ha sometido a una verdadera tormenta de noticias falsas y ha instalado en nuestra sociedad cortinas de desinformación y de desconfianza hacia el periodismo que la Asociación de la Prensa de Madrid no se ha cansado de denunciar.

En una reciente campaña publicitaria, el New York Times utilizó este sencillo slogan para ganar suscriptores: truth is worth it. La verdad merece la pena. Merece la pena que pagues 60 dólares para asegurarte el acceso a la verdad.

Realmente es  preciso decir una y mil veces que la verdad merece la pena . Hay que luchar por ella. Los periodistas estamos entrenados en ese empeño: sabemos que la verdad no es una simple colección de hechos, es un mecanismo esencial para el correcto funcionamiento de cualquier sociedad. La verdad es el oxígeno de la democracia y sin periodismo no hay democracia.

Pero la verdad está hoy devaluada en nuestra sociedad. Personas relevantes la han devaluado. Han convertido la ocultación, la opacidad y la mentira en monedas de cambio que, a pesar de ser manifiestamente falsas, terminan por ser aceptadas. Especialmente cuando la mentira es multiplicada exponencialmente en las redes sociales.

Uno de los más grandes periodistas norteamericanos de todos los tiempos, Walter Lippmann, escribió:

“Avanzaremos cuando hayamos aprendido a buscar la verdad, a revelarla y a publicarla y cuando nos importe más eso que el privilegio de discutir sobre ideas en la niebla de la incertidumbre”

La profesión periodística  atraviesa además una grave multicrisis: tecnológica, económica, de precariedad laboral, de identidad, en fin. Nos encontramos en medio de un proceso de reinvención profesional. Por todo ello, este premio Bravo especial es un soplo de aliento para que no desfallezcamos en la lucha por mantener intactos nuestros principios éticos de búsqueda de la verdad y defensa de la libertad, en medio de la vorágine que nos ha tocado vivir.

Y para terminar, me vais a permitir que os cuente una pequeña historia. A 500 metros de donde nos encontramos termina la pequeña calle de Rosa Jardón. Allí, en un aparentemente destartalado caserón durante más de 30 años convivieron docenas de jóvenes mientras cursaban la carrera de periodismo. La casa se llamó Residencia Azorín y era mucho más que una residencia, era una verdadera escuela de periodismo. Su fundador, director y motor fue un hombre admirable que parecía llevar esculpida en la frente la palabra verdad y que trasladó su pasión por la verdad a cada uno de los casi 300 periodistas que vivieron en la residencia a lo largo de los años. Varios son hoy directores de importantes diarios en toda España, dos en Madrid, uno es presentador de noticias en una televisión norteamericana, y otros cumplen fielmente con su misión de periodistas cristianos.

El creador de la residencia Azorín fue el sacerdote y periodista Manuel de Unciti, que falleció hace ocho años. Fue el mejor amigo que he tenido jamás. Un hombre tan excepcional que hasta recibió dos Premios ¡Bravo!, uno a su labor de apostolado y otro por la residencia.

El Premio ¡Bravo! Especial que hoy recibimos está destinado al colectivo de los periodistas, representados por la APM, pero me van a permitir que yo lo dedique y personalice en Manuel de Unciti.

Manolo, desde allí arriba, sonríe una vez más. Este es tu tercer premio Bravo!

Muchas gracias a todos los que nos votaron por el premio y muchas gracias a todos los presentes  por vuestra atención.

 

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