Carta pastoral de Mons. Rafael Zornoza: Sanación y salvación

La Iglesia en España hemos celebrado la Pascua del enfermo. Este año bajo el lema «Cuidémonos mutuamente». El mandamiento del amor, que Jesús dejó a sus discípulos, encuentra una realización concreta en la relación con los enfermos. Una sociedad es tanto más humana cuanto más sabe cuidar a sus miembros frágiles y que más sufren, y sabe hacerlo con eficiencia si está animada por el amor fraterno. El dramático paso de la pandemia que padecemos ha dejado tanto dolor entre nosotros y en todo el mundo que no podemos dejar de mirar a Cristo Resucitado en esta jornada, porque ofrece sentido, consuelo y remedio a los corazones heridos y nos llena de esperanza. En muchas parroquias este domingo se ha impartido el Sacramento de Unción de los Enfermos, donde el Señor mismo se acerca para fortalecer y consolar a cada enfermo que padece su propia dolencia.

El mensaje del Papa Francisco destaca la importancia de este momento para brindar una atención especial a las personas enfermas y a quienes cuidan de ellas, tanto en las familias como en los hospitales. En particular señala a las personas que sufren en todo el mundo la pandemia del coronavirus, así como a los más pobres y marginados. “La experiencia de la enfermedad hace que sintamos nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, la necesidad innata del otro. Nuestra condición de criaturas se vuelve aún más nítida y experimentamos de modo evidente nuestra dependencia de Dios. Efectivamente, cuando estamos enfermos, la incertidumbre, el temor y a veces la consternación, se apoderan de la mente y del corazón; nos encontramos en una situación de impotencia, porque nuestra salud no depende de nuestras capacidades o de que nos “angustiemos” (cf. Mt 6,27)” –ha dicho Francisco—.

La enfermedad impone al que sufre una pregunta por el sentido, que en la fe se dirige a Dios; una pregunta que busca el significado y la dirección de la propia existencia, y que posiblemente no encuentre siempre una respuesta inmediata. Ni siquiera nuestros mismos amigos y familiares son capaces a veces de ayudarnos en esta búsqueda trabajosa. Pero siempre la solidaridad fraterna se expresa de modo concreto en el servicio, que puede asumir formas muy diferentes, todas orientadas a sostener al prójimo. Esta relación con la persona enferma encuentra su motivación más grande en la fuerza de la caridad de Cristo, como lo demuestra el testimonio de tantos hombres y mujeres que se han santificado sirviendo a los enfermos. En este servicio solidario como hermanos se manifiesta también el sentido de la vida y la fuerza del amor que nos salva, que nos invita a una amistad feliz por toda la eternidad y que en esta vida nos hace entregarnos a los que sufren y a compartir con ellos nuestra esperanza.

También sentimos ahora la llamada «fatiga pandémica», que se describe en la crisis de la covid-19 como una reacción de agotamiento frente a una adversidad mantenida y no resuelta, que puede conducir a la alienación y a la desesperanza. Los cristianos sentimos, como humanos que somos, estas consecuencias, pero a la vez tenemos los recursos sobrenaturales que nos da la fe frente al dolor, y hemos de aprovecharlos e iluminar con ellos esta situación de crisis para fortalecernos y ser mejores. Hemos de pedir, por todo ello, uno de los dones del Espíritu Santo, el de fortaleza, hoy más necesario que nunca.

El reino de Dios trae consigo la sanación y la salvación; y se manifiesta en la fe, la esperanza y el amor. La sanación nos habla de nuestras enfermedades físicas, espirituales y sociales. Jesús se ocupó de todas esas dimensiones de los enfermos. La respuesta cristiana a la pandemia y a las consiguientes crisis socioeconómicas se basa en el amor, y el amor es expansivo e inclusivo, llega a todos, a las relaciones cívicas y políticas, incluso a los enemigos. Los cristianos, especialmente los fieles laicos, están llamados a dar un gran testimonio de esto y pueden hacerlo gracias a la virtud de la caridad, cultivando su intrínseca dimensión social. Cada uno debe manifestarlo en su vida corriente, hasta en los gestos más pequeños. Un virus que no conoce barreras debe afrontarse con un amor sin barreras.

Dios no abandona a quienes ha creado por amor: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Dios nunca abandona al ser humano y cuenta con nosotros para cuidarlo. Gracias, por tanto, a los médicos y sanitarios, a los familiares, amigos y vecinos que cuidan de los enfermos. Estemos atentos a cuantos sufren cerca de nosotros.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

Mons. Rafael Zornoza
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RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.