Carta pastoral del Card. Ricardo Blázquez: El mes de mayo

En nuestra Diócesis hay varios ámbitos en los cuales se desarrolla la devoción a la Virgen. Diversas cofradías llevan su nombre y cultivan particularmente en sus participantes la piedad mariana: Cofradía de la Virgen de la Piedad, de San Lorenzo, del Carmen, del Rosario, del Resucitado y de María Santísima de la Alegría, de las Angustias, del Santísimo Cristo Despojado y Nuestra Señora de la Amargura, etc.

Otro núcleo en torno al cual se ha concentrado la devoción popular mariana lo forman las ermitas e iglesias dedicadas a la Virgen, diseminadas en la geografía religiosa de nuestra Diócesis y en torno a las cuales ha crecido la devoción ejerciendo como foco de atracción de pueblos cercanos. El mapa de los santuarios marianos y romerías a la Virgen es muy rico. Recuerdo algunos: Nuestra Señora de Sacedón, de la Casita, de la Peña, de los “Pegotes” en Nava del Rey, del Villar, de la Soterraña, y tradicionalmente han acudido de los pueblos próximos al santuario del Nuestra Señora del Henar, aunque está en territorio de la Diócesis de Segovia etc. No existe agrupación de parroquias que no tenga un santuario mariano particularmente visitado y referente de su piedad.

Hay, además, otro ámbito en que se ha desplegado la devoción mariana abundantemente; me refiero a las Órdenes, Congregaciones y en general fundaciones religiosas que llevan el nombre de una advocación de la Virgen y acentúan la correspondiente espiritualidad. Por ejemplo, los cistercienses y la Asunción de María. También podemos recordar las “capillas” de la Virgen que visitan las casas periódicamente y las familias la reciben como singular visita.

Todas estas manifestaciones y otras muchas son reflejo de la honda devoción a la Virgen la Madre del Señor y nuestra Madre. María ha acompañado a los fieles cristianos desde el nacimiento hasta la muerte, ha sido invocada y acogida en el hogar, ha jalonado la vida cristiana a lo largo del Año cristiano. Con esta carta quiero honrar la memoria de nuestros mayores, agradecerles la herencia que nos han legado e invitar a las nuevas generaciones a proseguir una tradición preciosa tanto desde el punto de vista de la fe como de las relaciones humanas y de la mirada convergente de muchos cristianos a estos focos de luz encendidos por la Virgen María.

La devoción mariana se ha desarrollado en la proximidad de las celebraciones del Señor. En torno a los misterios del nacimiento y de la manifestación del Salvador, nuestro Señor Jesucristo, y en torno a la pasión, la muerte y también la resurrección del Señor. Madre e Hijo están inseparablemente unidos; María y Jesucristo son inseparables. El cristianismo tiene su centro en Jesucristo, nacido de Santa María la Virgen. La fe cristiana es también mariana, ya que María es como la puerta de entrada del Hijo de Dios en la historia y también lo acompañó en su retorno al Padre. Lo esperó con inefable amor de María, lo dio a luz en Belén; lo mostró al pueblo de Israel y también a los magos venidos de Oriente como signo de ser el único Salvador de la humanidad entera (cf. Act 4,12).

Hoy quiero recordaros un aspecto que seguramente tuvo un relieve grande en nuestra infancia y continúa teniendo un bello y edificante sentido: Me refiero “al mes de mayo”. Un “mes de María” ha sido una práctica en las Iglesias de Oriente y Occidente. En Oriente, en el rito bizantino, el mes de agosto está dedicado particularmente a la Virgen teniendo como centro la fiesta de la Asunción o de la “Dormición”, celebrada el 15 de agosto. Esta tradición se remonta al siglo XIII; era un verdadero “mes mariano”. En el rito copto “el mes mariano” coincide sustancialmente con el mes de diciembre-enero, estructurado en torno a Navidad. En Occidente, los primeros testimonios de un mes de mayo dedicado a la Virgen se encuentran a finales del siglo XVI. Hasta esa altura podemos subir en esta manifestación de la historia de la piedad mariana. Nuestra niñez y hoy a través de nuestros padres y ascendientes conectamos con aquel lejano tiempo. Queremos recibir ese legado y darlo vida. Hace pocos días, el arzobispo de Cebú (Filipinas) recordando el V Centenario de la llegada del cristianismo a su pueblo aludía a las fiestas cristianas y recordaba con entrañable conmoción “las flores de mayo”, es decir “el mes de mayo” o el “mes de las flores”. La devoción popular tiene como ingredientes la sencillez de los creyentes y la pobreza evangélica, según han subrayado desde Pablo VI hasta el Papa Francisco.

Como el mes de mayo coincide con el tiempo pascual debe acentuarse en la oración la participación de María en el misterio pascual (cf. Jn 19, 25; y Act. 1, 14), que inaugura el camino de la Iglesia con la efusión del Espíritu Santo. Estos cincuenta días desde la fiesta de la Resurrección hasta la de Pentecostés son un tiempo propicio para la iniciación cristiana. Seguramente muchos recibimos la primera comunión en este tiempo litúrgico e incluso era muy frecuente la confirmación. Unamos fe y devoción a la Virgen con la iniciación de los niños, de los adolescentes y jóvenes. María acompañó a Jesús en los primeros pasos de su vida como madre y educadora; pedimos que también acompañe y esté al cuidado de nuestros pequeños. Es un bello gesto de piedad acercar a los niños a la Virgen de San Lorenzo, encomendándolos a su protección.

En este sentido quiero recordar hoy cómo debemos recibir a María en nuestras familias. Nuestras casas deben tener signos de la presencia de María, de la oración a María y de la confianza en María. Una representación de la Virgen, que sea bella e invite a la oración, debe estar presente en nuestros hogares. ¡Que cuando se visite una casa de una familia cristiana se perciban signos de que allí no viven cristianos olvidadizos, ni personas indiferentes a la fe, ni una familia pagana! La catequesis de los pequeños empieza y se afianza rezando ante la representación del Señor y de la Virgen. La iniciación a la fe se hace con palabras, con gestos, con acciones, con la participación en las fiestas de la fe. José y María llevaron primero y acompañaron después a Jesús al templo de Jerusalén, como una familia insertada vitalmente en las tradiciones religiosas del pueblo de Israel. Participar como familia en las romerías a los santuarios marianos de nuestra Diócesis deja un recuerdo imborrable en los niños, que el día de mañana puede convertirse en llamada de Dios a fortalecer y reavivar la fe. La fe cristiana y la piedad mariana unen la fidelidad y el gozo de la fe, la fiesta, las familias en descanso, la apertura a otras familias que con semejantes sentimientos participan en esas celebraciones religiosas.

Deseo que todos vayamos por la fe a la piedad popular y por la piedad popular a la fe. Purifiquemos en lo que sea necesario la devoción y al mismo tiempo que la fe cristiana arraigue en nuestra historia y en las formas populares de ser vivida. Todos, sencillos y cultos, deben encontrarse fraternalmente en torno a la Madre. Todos necesitamos ser cobijados en su regazo.

+ Card. Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)